Texto y Foto: Carlos Bautista

OAXACA, Oax. Esta historia empieza en 1992; en ese año la Ciudad de Oaxaca se encontraba tapizada de propaganda electoral ya que en el mes de agosto, seis candidatos se disputarían la gubernatura del estado. El tiempo nos mostraría que una vez más, esa guerra de presupuestos inflados y basura no reciclable sólo dejaría una estela de desesperanza que con cada nuevo gobierno se acrecentaría más y más.

En este contexto adverso, de cerrazón gubernamental, falta de espacios y una sociedad poco y mal informada (el internet aún no figuraba ni en las películas), tres jóvenes músicos decidieron canalizar sus energías y darle un uso creativo a su tiempo libre a través del lenguaje universal de la juventud, el rock.

Era el 15 de junio de 1992 cuando José Manuel García, David Morales y Alfredo Luna tocaron por primera vez juntos el repertorio que por poco más de un año, los llevaría a convertirse en una de las bandas de rock más entrañables de la década de los 90 en la Ciudad de Oaxaca, Ruina de Jade.

De aquellos tiempos, Alfredo recuerda “Ensayábamos tres o cuatro veces por semana, cinco horas o más. Nos juntábamos en la Sastrería Morales donde el padre de David nos levantó un tejaban de madera porque no cabíamos en su recámara. Una semana o dos antes de cada concierto, comprábamos pliegos de papel lustre y un buen puño de plumones para hacer la propaganda a mano y le pedíamos permiso a todos los negocios para pegarlos en sus vitrinas”.

23 años después de su primer tocada al lado de Riesgo de Contagio, Ruina de Jade se adelanta a las tradicionales fiestas de todos santos y resurge de su tumba, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Oaxaca 2015, para ofrecer a su público y a las nuevas generaciones, una versión renovada de los temas que los colocaron como parte del soundtrack de toda una generación.

Es la hora marcada para el regreso y en el foro se observan impacientes los jóvenes de corazón que veinte años atrás asistían religiosamente a las tocadas del grupo; ahí mismo, mezclados entre el público, los verdaderos representantes de las nuevas generaciones se asoman curiosos para escuchar, por primera vez,  a la icónica agrupación oaxaqueña.

En el escenario, los músicos se preparan para brindar a la banda lo mejor que tienen, su corazón y sus canciones; esta vez, acompañados de músicos invitados que con su energía darán a los temas clásicos un renovado impulso.

Los primeros acordes comienzan a escucharse y con ello la bienvenida del respetable, que con gritos y aplausos celebran a toda una generación; al micrófono Alfredo agradece la presencia del público, viejos y nuevos roqueros que en pocos momentos hacen lucir lleno el atrio de Catedral.

El concierto avanza y con cada nueva interpretación va quedando algo en claro, Ruina de Jade nunca se fue por completo, estuvo vigente en la memoria de quienes presenciaron sus presentaciones a mediados de los 90, de quienes aún recuerdan la letra de sus canciones y se emocionan al identificar la canción que recién empieza.

Al finalizar, arriba y abajo del escenario se siente un aura especial por el deber cumplido; Ruina de Jade ha demostrado que no importa el paso del tiempo, la pasión por la música corre por las venas de sus integrantes, sin que importen que los embates de la vida adulta puedan alejarlos de los escenarios nuevamente, en su memoria y en la de su público, hay Ruina de Jade para rato. La banda queda complacida.

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