Crónicas solitarias

Higo de Guadalupe. Parque El Llano, Oaxaca. Foto: Carmen Pacheco.

Juan Manuel Barrientos en Oaxaca

El bolero ilustrado me corrige cuando le digo que la enredadera del fresno del generalísimo José María Morelos y Pavón, ese árbol emblemático erguido a medio Paseo Benito Juárez de la ciudad de Oaxaca, también conocido como el Llano de Guadalupe, tiene como cien años.

—Más, tiene 204—me dice con mucha seguridad, pero también con recelo, mientras observa cómo le tomo fotos al fresno de Morelos.

—Y se cayó el higo de Guadalupe Victoria—digo, como para ver si me gano su confianza –era muy viejo ese árbol y estaba enfermo—agrego.

—Estaba viejo y enfermo, se tenía que acabar, como todo en esta vida—contesta con una resignación que no me acaba de agradar.

Tampoco me convencen sus datos, pues recuerdo que el libro Árboles emblemáticos de Oaxaca/ Patrimonio vivo de la humanidad, de Francisco Verástegui, registra a la enredadera solo como “centenaria”.

El fresno de Morelos está igual de maltratado que nuestra Independencia, pienso, y luego me acuerdo del higo del santuario de Belén o higo de Morelos, ubicado en el mismo Llano, pero en la esquina noreste del parque, exactamente en el límite con la calle Pino Suárez, el cual, según el gobierno, derribó en parte hace unos años una lluvia, aunque todos sabemos fue el abandono.

Un abandono evidente en su triste, endeble, disminuida figura. Igual que nuestra Independencia, me recalco.

Higo de Guadalupe Victoria/Foto: Alexei García

Peor siento cuando llego a ver los restos fúnebres del higo de Guadalupe Victoria —el cual cayó  recientemente por otra lluvia— que estaba en Calzada de la República, esa que sepultó al río Jalatlaco, es decir, la continuación del río San Felipe, afluente entubado para aguas negras desde el crucero de las calzadas Porfirio Díaz y Niños Héroes.

Pues es buena metáfora de nuestra Independencia: está por los suelos, concluyo, mientras veo a la historia hecha leña.

Camino por Calle de la Constitución, cruzo Los Libres, Pino Suárez y avenida Juárez. En la esquina con Reforma, me sorprende la fachada remodelada que ahora es el Mufi y ya no el letrero incompleto de Miscelánea en una pared descarapelada que evocaba la historia: ahora representa la gentrificación de Oaxaca, me digo.

Una ráfaga hace que me sienta tan deprimido como Juan Manuel Barrientos en Y retiemble en sus centros la tierra, la novela de Gonzalo Celorio, y me dirijo a una mezcalería: Bodega In Situ, la de Casa de Barro.

El mezcal blanco servido desde una botella Bonafont me recuerda los buenos tiempos. El efecto placebo funciona. Empiezo a sumergirme en el desánimo existencial.

Vuelvo al Llano. Evoco de memoria la gesta relatada en Árboles emblemáticos: como habían acordado, Morelos, Mariano Matamoros, Hermenegildo Galeana y demás insurgentes sonando las campanas de las iglesias céntricas de Antequera luego de haber tomado la zona, y José Miguel Ramón Adaucto Fernández y Félix, sin poder llegar al templo de Guadalupe porque no podía cruzar el río Jalatlaco crecido y enfrentar a las fuerzas realistas, gritando “va mi espada en prenda”, al tiempo de lanzarla al otro lado de la corriente para ir por ella –en el punto donde cayó su arma, el después primer presidente de México sembraría el célebre higo que llevaría su sobrenombre—, cruzar por fin con la tropa, vencer al enemigo, repicar las campanas y bautizarse ahí mismo como Guadalupe Victoria.

Como todos sabemos, ese día, el 25 de noviembre de 1812, se consumó la Independencia en Oaxaca, y con el paso de los meses fueron sembrados por orden de los insurgentes los árboles emblemáticos que hoy mueren viejos y enfermos.

La tarde se vuelve nostalgia con la lluvia. Dirijo mis pasos al zócalo, quiero ver cómo ha crecido el guaje de Francisco Verástegui, un árbol emblemático que el artista y ambientalista sembró en la Alameda de León unos años antes de morir.

Una anciana oaxaqueña que camina delante de mí me recuerda al Oaxaca viejo, lleva en su cabeza su tenate: “¿qué trae —le pregunta un vendedor ambulante de artesanías—, trae tamales?”; “traigo chapulines”, le responde sin voltear.

En el zócalo, porque es el “mes de la patria”, en un restaurante de los portales se escucha “México lindo y querido”, los turistas se toman la foto frente a un corazón naif decorado con tehuanas, una indígena joven vende collares y pulseras. ¿Será este el Oaxaca de moda? La tarde agoniza, igual que mi ánimo. Me voy, no quiero acabar como Juan Manuel Barrientos, junto al mástil de la bandera, muerto de podredumbre.

Después de 33 años en el oficio, me identifico como un informador, un periodista sin etiquetas. Concibo al periodismo como una vocación de servicio y responsabilidad social.

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