El “Amo Juba”, bailador de jigas

Claqué

Escasean los monumentos a quienes inventan diversiones disfrutadas por millares de personas. Si bien bastantes nombres de esos innovadores se preservan, pocos los mantienen en su memoria, sobre todo cuando es fácil gozar de sus invenciones sin nunca mencionarlos. El destino de William Henry Lane, creador del baile que perdura con el nombre de tap o claqué, ilustra el hábito de postergar a estos modestos héroes.

Lane se hizo famoso con el irónico nombre de “Amo Juba” (Boz’s Juba) en Irlanda, en la década de 1840. Había nacido en alguna parte de Estados Unidos en 1825, acaso en Providence, Rhode Island. A los 15 años de edad, sin familiares conocidos, ya se le veía en calles neoyorquinas bailoteando por botanas o monedas que le arrojaban los peatones.

El adolescente Henry vivía en el Distrito de los Cinco Puntos, arrabal de Nueva York donde se codeaban emigrados irlandeses con descendientes de esclavos africanos. Las tabernas y cantinuchas del distrito, por divertir a sus clientes, admitían actuaciones de ministriles cuyo instrumento musical eran sus pies. Zapateaban en los pisos de tablas, convirtiendo en son sus pisadas, al ritmo que traían en la memoria. Al principio, como buenos irlandeses, los ministriles bailaban jigas. Después, cuando los hijos o nietos de esclavos se sumaron a sus jolgorios, los parroquianos comenzaron a descubrir ritmos que les recordaban algo remoto, insondable.

Algún orgulloso intentó proscribir a los morenos cuando sintió que los aplausos para ellos desmedraban a rubios o pelirrojos. Gritó ante un danzante: “¡Aquí nada de negros!”, alzando un tarro de altanera espuma. El bailador excluido se disimuló en el tumulto, esperó la salida del censor, lo siguió por callejones y, en el más infecto, jaló por detrás a su ofensor. Cuando el ebrio orgulloso le plantó cara, sólo pudo sentir en su cuello un tajo al ver los ojos muy blancos en el rostro indescifrable por la oscuridad.

La siguiente vez que comenzó una disputa por el baile de un moreno, consultaron a Paudeen McLaughlin, jefe de los Conejos Muertos. El cabecilla (famoso vencedor de una pelea en que su oponente le arrancó la nariz de un mordisco) caviló un poco, mirando a la chusma. Más entendido en romper cabezas que en bailes, sentenció: “Si los negros pueden bailar, que bailen. ¿Para qué tienen los pies?” Entonces florecieron bailadores como Tío Jim Lowe, requerido en los peores tugurios para entretener a la concurrencia, donde departían, sin confundirse, los asesinos, tahúres, ladrones y limosneros del Bowery vistos desde todos los ángulos por jovencitos sin oficio como William Henry Lane, quien, fascinado por los bailes, atesoraba en la memoria pasos y ritmos.

Para 1842, William Henry proveía entretenimiento con sus bailes en tabernas algo menos abyectas que las de su maestro Lowe. Le pagaban con botanas y contados dólares. Allí lo observó en su viaje a los Estados Unidos el famoso novelista Charles Dickens, quien dejó en Notas americanas constancia de su asombro ante un joven bailador moreno:

“El baile principia. Cuando todos languidecen, el vivaz héroe se lanza al rescate. Al instante el violín sonríe, hay nueva energía en el tamboril, nueva risa en los bailadores, nueva confianza en el anfitrión, en los candiles mismos nuevo brillo.

Un paso atrás, otros dos atrás, corte, corte y cruce, chasquea los dedos, rueda sus ojos, vuelto de rodillas, presenta al frente el dorso de las piernas, gira sobre pulgares y talones al son de los dedos que golpean el tamboril; danza con dos piernas zurdas, dos derechas, dos patas de palo, de alambre, de resorte, piernas de toda laya y sin piernas. ¿Qué más le da? En esa caminata vívida, o baile vivaz, ¿qué hombre gana más aplausos como truenos a su alrededor? Habiendo sacado de ritmo a su compañero, y él mismo también, salta glorioso a la barra y pide un trago, ¡con la risilla de un millón de falsos Jim Crows, de sonido inimitable!”

Hay quien debate si fue a William Henry Lane a quien admiró Dickens en la taberna. Para cuando el novelista publicó sus observaciones, el joven bailador era conocido como “Amo Juba” y se presentaba en mejores escenarios, con los más hábiles ministriles. Aspirando a un puesto entre los freaks de P. T. Barnum, el muchacho de Cinco Puntos venció al famoso John Diamond con su rutina preferida: imitó los pasos de su rival, los mejoró conforme cambiaba de ritmo y remató con sus propias creaciones. Henry obtuvo así un premio en efectivo y empleo con Barnum. Con todo, los prejuicios del día le cobraban su actuación: para bailar y vencer a sus competidores blancos, tenía que fingir que él mismo era pálido, embadurnándose cara, cuello y manos con pasta oscura: un falso Jim Crow.

Al cumplir 24 años “Juba” (apócope de Júpiter) viajó a Londres al frente de los Serenateros Etíopes y otros ministriles blancos. En la capital británica fue recibido con admiración. Pudo prescindir de maquillajes. Viajó a otros puntos del reino donde lo elogiaron. No faltó, pese a todo, el periodista que lo retratase como atracción de feria. El éxito de Juba, con ser tan cuantioso, no le redituó fortuna.

Para 1850 el “Amo Juba” estaba de vuelta en Nueva York. Al público local no le bastaron los aplausos que el joven recibió en las islas británicas. Las ejecuciones, cada vez más exigentes, lo extenuaban. Algún crítico no dudó en demeritarlo: “está saltando muy rápido en el Coliseo, pero demasiado rápido es peor que demasiado lento, y le aconsejamos medir su tempo. Es más fácil saltar para abajo que para arriba”.

Como nadie pudo filmar los bailes de Juba, y los relatos sobre su estilo son contradictorios, apenas puede describirse con certeza su gran ejecución. Hay acuerdo en que dominaba la danza percusiva —de tempo variado, a veces relampagueante—, expresiva como nunca se había visto. Mezclaba pasos europeos con los de los esclavos de las plantaciones. Logró bailar ante sus compatriotas sin maquillaje de “negro”, logró enseñar a los ministriles blancos pasos que luego se retomaron en el jazz, el tap y el step dancing. No consiguió, sin embargo, subsistir mucho tiempo.

Juba volvió a Inglaterra en 1850. Fue aplaudido en Yorkshire, pero su rastro se perdió en Dublín en 1851. Su fama decayó. Para 1852 se veía obligado a trabajar más que antes, cobrando menos. Padecía hambre, además de agotamiento. A principios de 1854 el exceso de trabajo y la desnutrición lo redujeron a un camastro en el sanatorio de Brownlow Hill, donde pereció el 3 de febrero. Tenía, a lo más, 29 años de edad. Su historia quedó en el olvido hasta un siglo más tarde, cuando la autora Marian Hannah Winter rememoró en 1947 sus éxitos y su infortunio final. En la actualidad no le faltan biógrafos a Boz’s Juba. Gracias a ellos podemos leer a un reseñista anónimo que, en 1848, celebró la prestancia con que el arduo bailador se desvivía en escena:

“Nunca hubo risa como la de Juba… distinta, aparte, una risa por sí misma, clara de timbre, resonante, armoniosa, llena de regocijo, poderosa de animación y ferviente euforia; podías oírla como el continuo bullir de la naturaleza impregnando todo: entra en tu corazón y ríes en consonancia, se desliza en tu oído y ahí se aloja, y todos los sonidos parecen imbuirse en carcajadas. Y con ser maravillosa la risa de Juba, ¿qué no decir de su baile?”

Escritor, promotor de arte y cronista aficionado de absurdos sociales.

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