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Cuando la ayuda se va al hoyo

septiembre 13, 2017 Comentarios (0) portada

Ni eran niños ni Juan Escutia voló con la bandera

niños heroes

Juan Manuel Alegría

Desde siempre los poderosos han escrito los hechos a su conveniencia; y no sólo en el mundo occidental; hoy sabemos que en 1428, Izcóatl, hijo de  Acamapichtli, el primer tlatoani, ordenó (gracias a Tlacaelel) la destrucción de antiguos códices que recogían la historia de los tolteca y tepaneca para sustituirlos por mitos azteca y así legitimar su dominio.

O se cambiaron fechas para satisfacciones megalómanas, como en el México Independiente: el día de la consumación de la Independencia iba a ser antes, pero Iturbide esperó hasta el 27 de septiembre para entrar a la capital, porque ese día era el de su cumpleaños (y Porfirio Díaz no nació un 15 de septiembre a las once con quince minutos —para coincidir con el “Grito”— como hizo creer el dictador). Más o menos ocurre eso con el mito de los Niños Héroes de Chapultepec.

El culto hacia los infantes héroes no tuvo mucho auge posteriormente a la guerra contra U.S.A. Fue en el último año de Juárez (1872) cuando se decretó su celebración. Desde aquí, por cierto, la ingratitud y la venganza con la historia, porque Miguel Miramón fue otro de los “niños héroes” (tenía 16 años), cayó prisionero (junto con Nicolás Bravo) y recibió medalla de honor. Un año después de la batalla, militares egresados del Colegio iniciaron la tradición de recordar los nombres de los cadetes muertos, en donde Miguel Miramón era de los primeros en ser mencionados; pero, sería un terrible enemigo de Juárez y los liberales, y apoyaría el Segundo Imperio, por lo que su nombre fue excluido después.

El general Sóstenes Rocha, que estudió en el Colegio Militar, y se hiciera famoso por vencer a Porfirio Díaz en su levantamiento con el Plan de la Noria, años después sería nombrado director del Colegio Militar y luego, como articulista, mantuvo en alto el sacrificio de los defensores del castillo, así como la promoción de la leyenda por la asociación de exalumnos del Colegio.

Mucho ayudó también el poema (1908) del amadísimo Amado Nervo: “Los niños mártires de Chapultepec”.

“Como renuevos cuyos aliños

un viento helado marchita en flor,

así cayeron los héroes niños

ante las balas del invasor”

SÍ HUBO UN ABANDERADO MUERTO

Días antes, el 8 de septiembre, hubo otra cruenta batalla, la del Molino del Rey. En esa batalla, “la más sangrienta de la guerra”, murieron más de mil soldados norteamericanos, por lo que, el general William J. Worth fue destituido por el general Scott.

Ese fue el escenario para el sacrificio del capitán Margarito Zuazo. Miembro del Batallón Mina, el capitán Zuazo fue de los últimos soldados mexicanos en caer bajo el ataque invasor. Ya sus jefes habían muerto, la batalla estaba perdida, porque otra vez, el execrable Santa Anna (quien se cree ayudó a los norteamericanos) cuando se esperaba que su tropas y la caballería de Juan Álvarez cargaran contra los invasores, con lo que se obtendría el triunfo, el dictador se mantuvo observando desde la hacienda de “Los Morales”.

Zuazo logró entrar al edificio principal, ahí se quitó la chaqueta y la camisa, y se enredó en el torso la bandera mexicana. Al regresar al combate fue atacado con bayonetas. Moribundo, logró retirarse y alejar el lábaro de los enemigos. Hoy, la enseña se encuentra, manchada con su sangre, en el Museo Nacional de Historia.

¿QUIÉN INVENTÓ EL VUELO DE ESCUTIA?

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Sobre el martirio de Juan Escutia, no hay evidencia en todo el resto del siglo XIX, según el doctor en Historia, Héctor Hernández Silva: “Pero ni en ese entonces ni aún en 1908, fecha en que el vate de Tepic pronunció aquel inolvidable poema, había noticia de tan inigualable hazaña”, afirma el estudioso.

La leyenda, indica Hernández Silva, se fraguó “en la segunda o tercera década” del siglo pasado (XX). “Su éxito ha sido memorable”. La gesta, como muchas otras, es sinónimo de amor patriótico, pero obstaculiza la objetividad histórica.

¿Por qué la historia oficial sólo señala a seis niños combatientes? En realidad el 13 de septiembre de 1847, había en el Castillo como cincuenta cadetes y más de 800 soldados (algunos historiadores varían el número) al mando de Nicolás Bravo, y que fueron apoyados, tardíamente (gracias a la estupidez de Santa Anna), por el batallón de San Blas con 400 efectivos (al mando de Felipe Santiago Xicoténcatl, quien murió en el asedio), que pelearon contra 7 u 8 mil, mejor armados, antepasados de los marines.

Al final murieron cerca de 600, entre ellos seis jóvenes cadetes y desertado unos 400. Sin duda, fueron héroes, porque no tenían la obligación de quedarse y pelear porque eran eso, cadetes (y no estaban arrestados como algunos proponen), pero no eran niños.

En esas aciagas fechas, Juan Escutia tendría 20 años; Juan de la Barrera 19, Fernando Montes de Oca tenía 18; Agustín Melgar casi 18, y Francisco Márquez y Vicente Suárez andaban por los 14 años de edad; en esas épocas, estos últimos ya no eran considerados niños.

El más misterioso de todos es Juan Escutia —porque no se hallaron registros de su inscripción al Colegio—, quien podría no haber sido cadete sino miembro del Batallón de San Blas. La historia oficial indica que al ver perdida la batalla, Escutia toma la bandera, se envuelve en ella y salta al vacío, pereciendo entre las rocas. El primero que cayó muerto fue Juan de la Barrera, que no era cadete, sino oficial de ingenieros; Agustín Melgar fue herido y falleció después.

Nicolás Bravo mandó a los pocos que quedaban del batallón de San Blas (hecho trizas al pie del cerro), a que protegieran a los cadetes en su dormitorio, a los seis famosos se le sumaban Miguel Miramón y Teófilo Noris. Tuvieron la oportunidad de huir pero decidieron pelear.

Más tarde, sopesando la inminente derrota, los jóvenes se dividieron e intentaron escapar erróneamente por el jardín botánico: Juan Escutia, Suárez y Montes de Oca saldrían protegiendo a los cadetes más jóvenes, entre ellos Márquez y Miramón. Melgar se dirigió a la sala central del Castillo, defendiendo la entrada hasta que fue herido y rematado a bayoneta; murió al día siguiente

Juan Escutia, no murió por un salto ni envuelto en una bandera, cayó abatido a tiros cuando descendía de la fortaleza. Por eso ningún cadáver fue hallado al pie del cerro envuelto en una bandera.

En realidad esa bandera fue arriada del alcázar por los invasores e izada la de las barras y las estrellas, después, nuestro lábaro patrio fue enviado a U.S.A., donde permaneció más de un siglo y no fue sino hasta el gobierno de López Portillo que fue devuelto a nuestro país. Lo que no se sabe es quién inventó lo del héroe con la bandera.

EL ORIGEN DEL NUEVO MONUMENTO

La razón del incremento del fervor patrio hacia los héroes de Chapultepec, se halla en un incidente ocurrido en tiempos de Miguel Alemán. En marzo de 1947, en la conmemoración de los cien años de esa guerra, el presidente de U.S.A., Harry Truman, realizó una visita oficial a México.

El autor de que soltaran las bombas atómicas en Japón, queriendo quedar bien con México, colocó una ofrenda de flores en el antiguo monumento a los Niños Héroes en Chapultepec y dijo: “Un siglo de rencores se borra con un minuto de silencio”.

Eso ofendió mucho el corazón militar. Por la noche, los cadetes del Colegio Militar levantaron la ofrenda y la arrojaron maltrecha frente a la embajada estadounidense.

En el gobierno debieron sentir mareos. No hacía mucho los militares eran dueños del poder. Así que, poco después de la visita del genocida, una noticia ocupó las portadas de los diarios: ¡se habían encontrado al pie del cerro de Chapultepec, seis calaveras!, que, se aseguraba, eran de los niños héroes.

[Igual pasó cuando el dictador veracruzano, en una de esas, cuando el pueblo lo repudiaba, el populacho desenterró su pierna y la anduvo revolcando por la ciudad. Ya repuesto en el poder, uno de sus lacayos la “encontró” y la enterraron con mayor pompa que en la anterior ocasión. ¿Imaginan qué labor buscar los 26 huesos del pie jarocho, que seguramente no quedaron todos en el mismo lugar? Y Santa Anna lo creyó].

La autenticidad de las heroicas calaveras fue dictaminada por el Instituto Nacional de Antropología e Historia y apoyada por varios historiadores, por lo que se decretó que esos restos eran, sin ninguna duda, de los cadetes.

Pocos años después, en 1952, se inauguraría el nuevo monumento (obra del escultor Ernesto Tamariz y el arquitecto Enrique Aragón Echegaray) y depositados los huesos de héroes desconocidos, concretándose otro fraude más a la nación.

 

Texto publicado originalmente en la revista Etcétera

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