Fiebre de agave: los costos ecológicos de la industria del mezcal

Fotografía: Adriana Chávez

El llamado boom del mezcal ha provocado la deforestación de grandes extensiones de áreas naturales en Oaxaca

Por: Vidal Pineda / Damián Lagunas

Un deslizamiento de tierra destruyó la casa de la señora Enriqueta en menos de 15 minutos. Una habitación y su cocina desaparecieron cuando las paredes de concreto de su casa se derrumbaron por el peso del lodo y las piedras que bajaron de los cerros con la repentina lluvia que cayó la tarde del 17 de mayo de 2021 en San Pedro Totolapam, ubicado a 80 kilómetros al sureste de la ciudad de Oaxaca. En la llamada región del mezcal.

Esa misma tarde, en la barranca “El Zapote”, un segundo deslave fracturó la carretera y una persona que pastoreaba en las laderas perdió la vida. Al final del día, las autoridades reportaron tres deslizamientos de tierra y afectaciones en por lo menos diez casas. Entre ellas, la de Enriqueta, quien se refugió en un pequeño corral elevado a unos metros de su hogar. Desde ahí, debajo de un pequeño techo de lámina y acompañada de los chivos que cría para su venta, vio cómo el alud de lodo cubrió sus muebles, la mitad de su hogar y toda una vida de esfuerzo.

Un día después, la Coordinación Estatal de Protección Civil de Oaxaca dictaminó que lo ocurrido en San Pedro Totolapam, un pueblo cuya economía subsiste por el cultivo de agave, la extracción pétrea y la minería, fue por causa del inicio del temporal de lluvias. También dijo que los terrenos inestables y laderosos suelen provocar deslizamientos y caídas de roca.

Campesinos del pueblo entrevistados para este reportaje sostienen otra versión sobre los deslaves. Aseguran que el desgajamiento del cerro que provocó la muerte de uno de sus vecinos es producto de la deforestación desmedida de los terrenos por la siembra de agave, la sobreexplotación de millones de litros de agua de manantial, para cultivo y minería, y la tala de cactus, espino verde y encinos de por lo menos 50 años de vida para convertirlos en leña. Estos son los principales ingredientes para la producción industrial de mezcal. La bebida de moda, con más de 500 años de existencia.

“Hay valor ahí en el maguey”

En San Pedro Totolapam el boom del mezcal, que en 2020 generó una derrama económica de 386 millones de dólares para Oaxaca, hizo que un número importante de campesinos dedicados a la siembra de frijol o maíz dejaran sus cultivos tradicionales para convertir sus terrenos en campos exclusivos de agave mezcalero, en su mayoría de la especie angustifolia que se utiliza para el mezcal espadín.

Adán Cortés es uno de los pocos productores locales que aún elabora su propio mezcal para venderlo a granel entre sus vecinos o algunos de sus clientes radicados en Oaxaca, la ciudad capital. Heredó de su familia la habilidad y el conocimiento para su producción. Su mezcal se llama Hormiguero. El agave que destila lo siembra y cosecha en las parcelas que le heredaron sus padres en el paraje Santa Rosa, a orilla de la carretera.

Adán, sin embargo, es consciente de que, ante el llamado boom del mezcal, muchos de sus vecinos se están “dedicando a esto porque hay dinero, hay valor ahí en el maguey”. Pero reconoce que eso ha afectado el entorno y la apariencia de los cerros.

El agave de Adán crece entre calabazas, plantas de chile, frijol y cactus de más de 100 años que forman parte del entorno natural del pueblo atravesado por el Arroyo Seco y el río Quiechapa. La siembra mixta es una técnica que heredó de su padre, campesino que le inculcó a él y a sus hermanos el respeto por la tierra y la naturaleza.

Por el conocimiento heredado sabe que la siembra intensiva y por monocultivo implica un riesgo, como lo advierte también el biólogo Ignacio Torres-García, doctor de la Escuela Nacional de Estudios Superiores UNAM Morelia. En entrevista, el experto reconoce que la siembra intensiva de maguey cansa y erosiona el suelo. Eso se debe, explica, al uso de fertilizantes químicos necesarios para su cosecha y los plaguicidas para combatir las plagas que lo atacan.

Esta deforestación es reconocida por las propias autoridades estatales. En su “plan (estatal) de inversión para el desarrollo rural bajo en emisiones”, reconocen que hay deforestación de terrenos forestales, como selvas medianas, selvas secas y bosques templados, donde se están sembrando cultivos comerciales como limón, papaya, maíz y agave.

Pero, aun con esas evidencias, al pueblo de Adán y doña Enriqueta siguen llegando empresas comercializadoras que le han apostado al negocio del mezcal. Vienen con maquinarias y sus propios insumos, que proporcionan a los campesinos. “Te rentan tu terreno, te dan el maguey, te dicen: siémbralo tú, cuídalo tú, nosotros te damos insumos, dinero para que lo cuides, y cuando esté lista la planta nosotros mismos lo acaparamos”, dice Jesús León, presidente municipal de San Pedro Totolapam.

Oaxaca actualmente es el principal productor de agave y mezcal de México. De acuerdo con el informe estadístico del Consejo Mexicano Regulador de la Calidad del Mezcal, (Comercam) el 75.5 por ciento de la exportación al extranjero sale de las comunidades mezcaleras del estado. El mismo informe indica que, en los últimos nueve años, el número de marcas exportadoras se incrementó en 360 por ciento. En 2021, la Secretaría de Economía reportó el registro de más de 700 marcas.

La gran popularidad que ha alcanzado el mezcal mexicano en la última década ha llamado la atención de consorcios de bebidas alcohólicas internacionales. Por ejemplo, Pernod Ricard, José Cuervo y Bacardí. Y también de personalidades como Bryan Cranston y Aaron Paul, protagonistas de la afamada serie televisiva Breaking Bad, quienes han invertido y creado marcas que comercializan este preciado líquido embriagador.

Lo cierto es que la popularidad del mezcal ha mejorado algunas situaciones. Hace 15 años el Coneval advirtió que el pueblo de San Pedro Totolapam tenía un bajo índice de rezago y marginación social. Más de la mitad de la población carecía de servicios básicos, pero hoy la mayoría de las casas son de concreto, cuentan con servicios básicos y sus pobladores, además de trabajar en la industria del mezcal, generan ingresos extras por la renta de sus tierras, como se pudo constatar en un recorrido hecho para este reportaje.

Es por ese boom que el gobierno del estado mantiene una campaña que promueve el destilado en el mercado internacional en búsqueda de nuevos inversionistas. La creciente demanda de la bebida se aprecia en los 2.6 millones de litros que, en 2019, cruzaron la frontera para llegar a las exclusivas barras de Estados Unidos. Dicho país degusta el 60 por ciento de la producción estatal de mezcal.

En la Región del Mezcal de Oaxaca se concentra el 88% de los productores de maguey y mezcal. Foto: Adriana Chávez.

“El mercado se cerró”

San Luis del Río es una agencia municipal de Tlacolula de Matamoros, muy cercana a San Pedro Totolapam, que también forma parte de la región de los Valles y la ruta del mezcal. El 22 de octubre de 2018, el gobernador Alejandro Murat Hinojosa dijo que esta pequeña población era responsable de destilar el 12 por ciento de las exportaciones de mezcal al extranjero.

Don Javier Nolasco y su sobrino Abel son maestros mezcaleros en San Luis del Río. Para llegar al pueblo se tiene que recorrer el único camino existente que se conecta con la carretera 190. Solo cuatro de los 16 kilómetros que conforman el serpenteado camino poblado de montañas de agave está pavimentado, aun cuando el gobernador Murat se comprometió a construirlo el mismo día que presumió las cifras económicas.

En San Luis del Río la magnitud de la siembra se distingue desde el primer kilómetro que conduce al centro del pueblo. Ahí viven cerca de 600 personas, todas productoras de agave y de mezcal, algunas como la Nolasco, con una tradición de 150 años que se ha heredado a lo largo de cuatro generaciones.

El río que baja de la Sierra Norte y atraviesa los pueblos mezcaleros de San Luis, San Juan y Santa Ana, los tres cuyos nombres lo acompañan con del Río, se extiende entre las montañas y flanquea el camino de tierra. A la distancia, y en contraste con el paisaje desértico de los cerros, se aprecian frondosos árboles que marcan su afluente y dan sombra a las fábricas de mezcal, más de 40, según el tío de los Nolasco, que se ubican en la rivera.

La familia Nolasco produce entre 300 y 400 toneladas de agave al año, que luego transforman en 50,000 litros de mezcal que esperan el arribo de alguna marca o inversionista interesado en hacer negocios, pero hasta finales del 2021 no había aparecido alguno. Mientras esperan no dejan de producir.

Como destiladores certificados por el Comercam, don Javier y sus sobrinos se turnan y organizan a lo largo de cada mes para realizar por lo menos dos horneadas de agave. En cada una de ellas son necesarias 15 toneladas de maguey y 15 más de leña. En un año la familia de Abel hornea 24 veces, en jornadas de más de 14 horas cada una.

Cada litro destilado lo venden entre 100 y 140 pesos, dependiendo del regateo del comprador. Pero la pandemia del covid-19 redujo las ventas en el 2021. “El mercado se cerró” dice Abel, por eso el mezcal que producen lo almacena en cisternas de 5,000 litros. En el patio tienen cuatro de estas cisternas azules y tres más reposan en un corredor, cerca de su cocina, dentro de la casa.

La situación es compleja, en seis meses no han vendido un solo litro, y del mezcal de los Nolasco dependen por lo menos diez familias de la sierra que esperan que el destilado salga pronto.

Los hermanos Nolasco fueron migrantes. En búsqueda de mejorar su calidad de vida dejaron San Luis del Río y cruzaron a Estados Unidos. Pero regresaron años más tarde por la muerte de su padre, hermano del tío Javier, y retomaron el pequeño palenque familiar.

El boom del mezcal los ha beneficiado. Volvieron a su comunidad, y ahora el trabajo que realizan da sustento a sus familias. Pero reconocen que la deforestación de los cerros se debe a la sobreproducción de agave y a la falta de capacitación y asesoría técnica para realizar una producción sustentable.

En San Pedro Totolapam, el presidente municipal, Jesús León, cuenta que como requisito para la siembra de agave las autoridades ejidales del pueblo que se rigen por usos y costumbres piden a cada productor dejar por lo menos el 5 por ciento de su producción total intacta y respetar los órganos y pitayales que se encuentren en sus terrenos. De no cumplir se impone una multa que oscila entre los 5,000 y 30,000 pesos por cada árbol talado.

Pero en San Luis del Río, el pueblo donde se destila el mezcal de Bryan Cranston, la situación es compleja. Acá hay cerros completos deforestados, y aunque hay intentos de impulsar programas de reforestación por parte de las mismas empresas mezcaleras, estas medidas no se han consolidado y el problema se extiende, se corrobora en la visita a la comunidad.

Para Abel Nolasco la deforestación por la siembra de agave es similar al impacto de la actividad minera. “A lo mejor ya no tarda Sagarpa en venir y decir: ¿qué están haciendo?”.

Para conocer los programas y proyectos que se impulsan desde el estado para regular los monocultivos de agave y la producción del mezcal, se solicitó una entrevista con la secretaria de Medio Ambiente, Energías y Desarrollo Sostenible (Semaedeso), pero no pudo concretarse “por falta de espacio”. También se buscó al presidente del Comercam, Abelino Cohetero Villegas, pero no hubo respuesta.

Fiebre de agave, los costos ambientales de la industria del mezcal. Realización: Alexia Zúñiga y Víctor Morales.

“Para el mezcal no existe norma”

Eduardo Ángeles, productor del destilado de agave Lalocura, que se produce en Santa Catarina Minas, Ocotlán, asegura que la denominación de origen impuesta y la norma de producción del mezcal abrieron las puertas para que la bebida se produzca en gran volumen, aun cuando su esencia es “de pequeña escala”.

En entrevista, critica que la norma establezca las características y especificaciones que debe cumplir la producción, envasado y comercialización del mezcal, porque considera que le están apostando al comercio desmedido del destilado sin tomar en cuenta su “identidad”.

Desde hace cuatro generaciones la familia de Eduardo Ángeles produce mezcal en Santa Catarina Minas, comunidad asentada en los Valles Centrales, a una hora de distancia de la capital de Oaxaca. Desde el palenque La Candelaria, donde impulsa una producción orgánica, asegura que la alta demanda del mezcal ha incrementado el número de palenques en la comunidad, de tres que existían pasaron a 40. Algunos laborando bajo contratos de exclusividad y confidencialidad con marcas nacionales y extranjeras.

Ángeles actualmente es dueño de su propia empresa que produce destilado de agave con la certificación del CRM. A manera de protesta, en su envasado no usa la palabra “mezcal”. Esto porque la normativa que vigila el Comercam prohíbe a todo productor, incluidos aquellos de comunidades indígenas con una producción centenaria, a usar esa palabra si no pagan poco más de 71,000 pesos por un certificado que les permite, además del cultivo de maguey y la producción de mezcal, envasar y comercializar el destilado.

“Para el mezcal no existe norma ni institución gubernamental que proteja su historia y esencia”

Eduardo Ángeles.

Para el doctor Carlos Lucio, del Ciesas Occidente, los problemas bioculturales de las zonas mezcaleras están relacionados con la ampliación de la denominación de origen. Sostiene que esta denominación fue creada a partir de un criterio de propiedad industrial que busca explotar y no proteger el producto. “No tiene nada que ver en una protección, sino en la explotación de un producto”, dice en entrevista.

Lucio critica que la extensión territorial de la Denominación de Origen del Mezcal, que se creó en 1994, tenga 44 millones de hectáreas. “¡La más grande y estúpida del planeta!”, asegura.

Lo anterior porque dicha extensión ha obligado a incorporar nuevas especies de agave a la producción del destilado. Entre ellos, los silvestres que son extraídos de sus entornos naturales, además de que todo eso ha generado una sobreexplotación de los recursos naturales, explica el científico.

Luis Carlos Martínez, productor certificado y destilador de mezcal ancestral en Santa Catarina Minas, es el lado opuesto a Eduardo Ángeles. En entrevista, asegura que la llegada de las grandes compañías a las comunidades de la región del mezcal ha traído beneficios económicos y sociales a los pueblos. Martínez actualmente labora bajo un contrato de confidencialidad con una empresa internacional.

Luis Carlos Martínez dice que el surgimiento de nuevos palenques ha reducido la migración en su pueblo. Ahora hay más jóvenes y mujeres involucradas en la cadena de producción del mezcal.

Respecto al tema de la degradación ambiental a causa de la explotación de la siembra de agave, coincide con Eduardo Ángeles en lo siguiente. Es importante cuidar los campos. Considera que hay un uso desmedido de químicos en la producción de agave como fertilizantes, pesticidas y herbicidas.

En los pueblos recorridos para este reportaje se pudo constatar que los habitantes de la comunidad cuentan con servicios básicos. Sin embargo, en el informe 2020 del Coneval se aprecia que las condiciones plasmadas hace 15 años no han cambiado mucho. También se documentó un deterioro ambiental en una parte importante de los cerros.

El deterioro continúa pese a los esfuerzos “pilotos” como el de restauración de los paisajes que impulsa la Semaedeso, cuyas acciones no han logrado el impacto deseado. Además, los productores no las conocen, según reconocen en entrevista.

En tanto, los cerros que antes eran verdes hoy se resquebrajan, lo que ha generado la pérdida de vidas y viviendas. Como le ocurrió a Enriqueta, que a ocho meses de los deslaves no ha podido recuperar sus pertenencias.

Los derrumbes en San Pedro Totolapam están relacionados con la erosión de los cerros por la deforestación./Foto: Adriana Chávez.

La propuesta de este reportaje fue seleccionada en la Convocatoria 2021 del Programa de Apoyo al Periodismo de Investigación en México de la UNESCO. Su contenido es responsabilidad de los autores.Editor del Programa: Francisco Sandoval Alarcón.

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3 Comments

Ysenia Hernández

abril 24, 2022

Preocupante! Y eso que solo trabajaron en una cuantas comunidades. No quiero imaginar si sumamos los impactos de todos los sitios donde se produce el maguey y/o mezcal.

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