Retratos de la niñez catastrófica

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Agustín Castro (1958) y Agustín Portillo (1960) son dos pintores que se caracterizan por imaginerías poco habituales en el arte mexicano actual. Nacidos ambos en la ciudad de México y vinculados por trabajos colaborativos desde hace más de cinco años, han desarrollado estilos contrastantes en sus trabajos individuales y se han arriesgado a una intensa colaboración en la que insisten en mantener sus estilos diferenciados logrando, sin embargo, una notable unidad de conjunto en sus obras al alimón.

Castro es un pintor que recrea en imágenes contemporáneas los temas de la gran pintura religiosa renacentista. Portillo se ha destacado por ser un artista que retrata con sarcasmo los excesos de las clases poderosas en México y Estados Unidos.

Ahora Castro y Portillo presentan en el Museo de los Pintores Oaxaqueños su serie al alimón Infancia interruptus, un sobrecogedor muestrario sobre la marginación, la vulnerabilidad y la violencia ejercida contra niñas y niños.

Integran la serie 18 pinturas al óleo y una escultura en resina polimérica. Todas parten de fotografías reales que los artistas hallaron en la red cuando se enfrascaron en retratar el lamentable panorama de las infancias vulneradas. Sus retratos arrojan a la conciencia del espectador situaciones ante las que usualmente desviamos la mirada: niñez migrante sin acompañamiento, prostitución y trata infantil, niñas y niños reclutados para la guerra o el crimen, escenas de drogadicción, abuso y desamparo extremo.

El doloroso tema de las infancias en riesgo es contrapunteado y comentado de manera cáustica por las imágenes de comic y publicitarias que Castro y Portillo hacen fungir como testigos y acompañantes de niñas y niños agraviados por la miseria, la violencia y el abuso.

Recorrer esta exposición es una experiencia infrecuente en un museo oaxaqueño. Por lo general, las muestras que se alojan en los recintos museísticos de esta ciudad suelen privilegiar lo vistoso, si no es que lo inane de ciertas propuestas muy locales. Pero el Museo de los Pintores Oaxaqueños, hasta ahora el único que se mantiene abierto con la pandemia, atraviesa por una etapa destacada en sus contenidos, que despliegan no sólo variedad de temas, sino que en sus contrastes extremos configuran una experiencia altamente formativa y catártica en el mejor sentido del término.

Castro y Portillo han logrado un conjunto de retratos que estremece a quien los observa, por su verismo perturbador. Los pintores no hacen concesiones en su descarnada relación de las desdichas que asedian a la infancia en distintos lugares.

El abuso sexual es un tema que particularmente señalan Castro y Portillo con imágenes lacerantes, como en La mano y Cuento de hadas, quizá las dos piezas más desoladoramente eficaces de la serie, al denunciar el matrimonio infantil. En este mismo asunto se perfilan con brutal verismo dos cuadros nombrados Sin título: uno, sobre los abusos sexuales cometidos por sacerdotes, y otro, sobre la prostitución de niñas. Toma 3 es una mirada sin ambages a la pornografía infantil.

Ahora que al fin ha sido aprobada la reforma de ley contra el Matrimonio Infantil (artículos 148, 156 y 265 del Código Civil Federal), cabe señalar la reflexión que hace la crítica Germaine Gómez-Haro sobre el cuadro Cuento de hadas: “El matrimonio infantil forma parte del abuso sexual y la explotación de menores; en la mayoría de los casos las víctimas suelen ser las niñas. Castro y Portillo denuncian este hecho en una pintura estremecedora que sacude a primera vista por la interacción de planos narrativos contrastantes que se despliegan simultáneamente. […]La intensidad dramática de esta pintura se acentúa en el choque brutal que provoca la superposición de la cruda realidad y la fantasía, creando un efecto escalofriante de sarcasmo visual matizado con la más ácida ironía. El tratamiento del paisaje del fondo remite a la tradición flamenca del siglo XV, y la exuberancia de detalles decorativos finamente pintados acentúa el contraste entre la las dos realidades antagónicas”.

A la migración forzada de niñas y niños se refieren Infancias en tránsito I y II, mientras que Sustraídos nos recuerda el cada vez más frecuente problema del secuestro de niñas y niños para fines criminales. Son recordatorios de la manera en que la infancia puede ser transformada en infierno por mudanzas no deseadas.

Castro maneja una pincelada “sucia”, de impastos evidentes, mientras que Portillo insiste en delinear con pulcritud y llaneza sus figuras. Aunque no pareciera posible conciliar esos estilos, ambos pintores han logrado una obra conjunta que mantiene sus aciertos individuales sin descuidar una composición unitaria, de efecto punzante que aumentan los toques sardónicos de la imaginería pop.

El crítico Erik Castillo señala sobre estas obras: “En sus pinturas colaborativas Castro y Portillo combinan referencias Pop con el Expresionismo que practican, a través de las citas al elenco de personajes de la industria del entretenimiento infantil. El resultado es altamente sugerente: los artistas ponen en escena una secuencia visual impactante, en la que el expresionismo turbulento y sofisticado de Agustín Castro coexiste con el efecto mediático de las imágenes del expresionismo manierista de Agustín Portillo”.

Un detalle llamativo dentro de la acuciante cantidad de aspectos hirientes en estos retratos es la mirada vacía de casi todas las víctimas. En estos cuadros no se trasluce el dolor en la mirada como en las obras de, por ejemplo, Jenny Saville (Cambridge, 1970), quien forma parte de la generación siguiente a la de Castro y Portillo. Acaso los artistas mexicanos decidieron vaciar de intensidad las miradas de sus personajes para señalar que ante el sufrimiento sostenido, el alma se aniquila. Pues los ojos, como escribió Leonardo Da Vinci, son el espejo del alma.

Es una feliz coincidencia que, después de recorrer Infancia Interruptus, el visitante al MUPO tenga la oportunidad de internarse por las exposiciones Biografemas, de Alessandra Parachini, y Orar, de Franz Klaisek. La muestra de meditativos dibujos de Parachini y la experiencia mística que aporta la instalación de Klaisek es un buen bálsamo para la sensibilidad exacerbada por el audaz cuanto severo recordatorio de Agustín Castro y Agustín Portillo sobre las infancias abandonadas a la catástrofe.

La muestra va acompañada de un sobrio catálogo con el sello de Quarentena Ediciones, con diseño de Javier Rosas Herrera. En él escriben sobre las obras los críticos Germaine Gómez Haro y Erik Castillo. Jesse Lynne Pitters Tomlinson tradujo sus textos al inglés. La fotografía de los cuadros es de Manuel Jiménez Juárez, Carlos Díaz Corona y Ernesto del Valle, y las fotografías de los artistas son de Norma Patiño. El cuidado de la edición estuvo a cargo de Proyecto Pandemia y Manuel García.

Escritor, promotor de arte y cronista aficionado de absurdos sociales.

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