Autor

Jorge Pech Casanova

Escritor, promotor de arte y cronista aficionado de absurdos sociales.
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Idioma reprendido

Un asunto que puede ser ilustrativo para México se dilucida por estos días en España. La educación en ese país se rige mediante la Ley Orgánica por la que se Modifica la Ley Orgánica de Educación (LOMLOE). Con base en esa norma general, un grupo de especialistas convocados por Editorial Casals preparó un conjunto de cuatro libros para la enseñanza de lengua castellana y literatura en escuelas de nivel bachillerato.

En la presentación de estos volúmenes, la editorial manifiesta que los autores Pedro Lumbreras, Azucena Pérez, Santos Alonso y Antonio López cuidaron de plantear una propuesta de aprendizaje que genere “alumnos más autónomos y críticos, con una opinión propia sobre diversas cuestiones que se le plantean”.

Más aún, la editorial puntualiza que, de acuerdo con la LOMLOE, mediante esos libros se fomenta “el aprendizaje reflexivo y la perspectiva de género, cuidando mucho la introducción de referentes femeninos de las distintas épocas literarias”. Algo que, por cierto, hace mucha falta en un país como México.

El esfuerzo para enseñar la lengua castellana con una perspectiva actualizada en España es llamativo, pero no ha dejado de causar críticas entre quienes consideran el idioma como un elemento básico de la hegemonía política española.

Por ejemplo, el diario hispano El Debate publicó el 6 de septiembre una afligida nota en la que reprocha: “Literatura señala al español como un idioma ‘impuesto’ y ‘dominador’”. Roberto Marbán, autor de la nota informativa, expone que el nuevo libro de Lengua Castellana y Literatura derivado de la LOMLOE “no tiene una buena opinión sobre el idioma oficial en todo el Estado español. El español es señalado, en el manual que se usará a partir de este curso en Primero de Bachillerato (Editorial Casals), como un idioma impuesto por la ‘monarquía borbónica’, que provocó ‘grandes conflictos sociales y culturales’ a lo largo de nuestra historia”.

Marbán cita un párrafo extenso del libro, que en su página 187 se refiere al bilingüismo social: “En España, la monarquía borbónica en el siglo XVIII, al imponer una lengua única para todo el Estado, acabó con la convivencia entre las lenguas peninsulares. Creció la situación de diglosia –fenómeno en el que una lengua goza de mayor prestigio social y político y domina a la otra con la que convive– entre el castellano y las demás lenguas, lo que ha producido graves conflictos sociales y culturales a lo largo de la historia de España”.

El periodista acusa que el texto escolar “parece haber sido realizado por alguno de los gurús del nacionalismo periférico actual. En vez de exaltar y valorar la importancia del español por todo el mundo, se dice que su ‘imposición’ a lo largo y ancho de España ha dejado en inferioridad a los otros idiomas cooficiales y dialectos que también se hablan en nuestro país. En consonancia con los separatistas, la acción pasa por presentar al español como una lengua que domina y se impone, en detrimento de otras que son, por tanto, dominadas”.

El malestar de este castizo castellano crecería si desde América le señaláramos que la misma situación provocó su idioma entre los numerosos pueblos con lenguas propias que los invasores iberos hallaron en el siglo XVI en el continente al cual sometieron mediante las armas, la religión católica y su lengua hegemónica.

Esto fue dispuesto por el rey Fernando II desde 1512 mediante las Ordenanzas Reales para el Buen Regimiento y Tratamiento de los Indios, documento que se conoce como Leyes de Burgos: “… ordenamos y mandamos que cada uno que tuviere cincuenta indios o más encomendados, sean obligados de hacer mostrar [enseñar] un muchacho, el que más hábil de ellos le pareciere, a leer y a escribir y las cosas de nuestra fe para que aquél las muestre [enseñe] después a los otros indios […] y que si la tal persona tuviere cien indios o más que haga mostrar dos muchachos, y que si la tal persona que tuviere los dichos indios no los hiciere mostrar como dicho es, mandamos que el visitador que en nuestro nombre tuviere cargo de ello los haga mostrar a su costa”. Desde luego, al buen rey Fernando el Católico jamás se le ocurrió disponer que sus invasivos enviados aprendiesen las lenguas de las naciones sometidas.

Al autor de la nota publicada en El Debate parece ofenderle la resistencia lingüística que oponen los catalanes y euskaros, entre otros, frente al castellano. Qué diría el periodista si le hiciéramos ver los americanos que aquí también el castellano causó estragos irreparables en las 420 lenguas originarias que aún subsisten (y están reconocidas en el Atlas sociolingüístico de pueblos indígenas en América Latina, elaborado por la ONU), sin contar las más de 250 lenguas indígenas que se hablan y sobreviven en América del Norte. En esa región, el castellano también hizo daños antes de que los estadounidenses se apoderasen de los actuales territorios de California, Nevada, Utah, Nuevo México, Arizona, Colorado y partes de las actuales Oklahoma, Kansas y Wyoming, donde impusieron el inglés.

En España, además del castellano, hay amplios sectores de población con sus lenguas propias, que pugnan por el reconocimiento oficial. Los catalanes ya lo consiguieron, pero en ese proceso están los gallegos, valencianos, euskeras y araneses u occitanos. Además, en ese mismo país se hablan nueve “lenguas minoritarias” que tienen en conjunto más de 600 mil hablantes: aragonés, asturiano, benasqués o patués, cántabro, eonaviego, extremeño, fala, leonés y murciano.

Con independencia de lo que piensen los españoles no castellanos, al periodista de El Debate habría que confirmarle que el nuevo libro de lengua castellana y literatura que emplean en su país dice una gran verdad: el castellano es un idioma impuesto por una monarquía a más de la mitad de un continente, con lo cual fomentó la diglosia y provocó grandes conflictos sociales y culturales a lo largo de la historia. Y no olvidemos mencionar los efectos que el idioma invasor tuvo en Filipinas, donde luego se impuso la lengua de los invasores estadounidenses en detrimento del tagálog.

Por otra parte, el castellano recibió una invaluable contribución de las lenguas originarias de América para dar origen al español, ese idioma amplificado que se habla en Latinoamérica, en porciones de Norteamérica y aun en la propia España, donde los hispanohablantes americanos son denominados despectivamente como “sudacas”.

Es saludable que el sistema educativo español comience a reconocer la deuda cultural que guarda con su propia población no castellana, y sería muy recomendable que los redactores del libro de lengua castellana y literatura recordasen que el español abarca también América, continente que ha dado a las letras hispánicas algunas de sus obras más importantes, comenzando por Sor Juana Inés de la Cruz y Juan Ruiz de Alarcón, pasando por Rubén Darío y Leopoldo Lugones, hasta llegar a autores y autoras como Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Julio Cortázar, María Luisa Bombal o Elena Garro.

Sin embargo, el pendiente cultural más importante que tienen los castellanos es reconocer el negativo y duradero impacto que su imposición lingüística tuvo sobre más de 500 pueblos que habitaban América, muchos de los cuales aún tratan de mantener vivos sus propios idiomas y literaturas, como es el caso de varias lenguas que se hablan y escriben en México (por no hablar de otros países, en los que el mapuche, el arahuaco o el quechua pugnan por pervivir).

Viene bien recordar algo que expresó Miguel León-Portilla en 2013: “Las lenguas indígenas han afrontado diversos problemas y prejuicios con el paso del tiempo. Por ejemplo, cuando personajes históricos como Justo Sierra llamaron a su desaparición. Justo Sierra, quien restauró la Universidad, dijo: Hay que identificar a maestros que hablen lenguas indígenas para que nos ayuden a borrar esos dialectos que están pulverizando la unidad de México. Él creía que si había muchas lenguas se pulverizaba la unidad de la lengua”.

León-Portilla, quien dedicó su vida a rescatar la literatura en lenguas originarias de México, señalaba: “en el país se tiene una literatura muy rica en náhuatl, maya, mixteco y zapoteco. El que habla otra lengua tiene otra perspectiva. Hay quienes llegan a decir que la manera de pensar está intrínsecamente relacionada con la lengua, y eso es un tesoro que no debemos dejar morir. Las distintas lenguas de México se deben salvar y defender, pues si mueren, la humanidad se empobrece”.

Esperemos que las subsiguientes ediciones en España de los libros de Lengua Castellana y Literatura que se apegan a la LOMLOE, reconozcan la deuda que el español y el castellano y sus hablantes en Europa tienen con las lenguas americanas. Es más, los europeos simplemente no podrían alimentarse con papas ni con tomates ni con chicles (ni con chiles, si se atreven a este pimiento por ellos tan temido), de no ser por las culturas agrícolas americanas, de las cuales sustrajeron esos alimentos.

Peor aún, los impugnadores de la reivindicación de lenguas nacionales quizá deban afligirse aún más con los señalamientos de intelectuales como Yásnaya Elena A. Gil, ensayista ayuujk jä’äy (mixe) nacida en Oaxaca y colaboradora de El País, medio informativo cuya inclusión en el libro de lengua castellana parece repeler al periodista Roberto Marbán, quizá porque él colabora en otro periódico.

La ensayista ayuujk jä’äy enuncia en su texto “Ëëts, atom. Algunos apuntes sobre la identidad indígena” (publicado por la Revista de la Universidad Autónoma de México en el dossier “Identidad”, en septiembre de 2017) una crítica radical contra los nacionalismos: “La creación de un mundo dividido en países, en estados nacionales, prefiguró una experiencia identitaria antes inexistente: la nacionalidad oficial. El mundo se dividió en poco más de 200 países, su creación se vio acompañada de la generación de identidades artificiales que casi siempre se contraponen o combaten experiencias identitarias nacionales que no sean las que han creado los estados. Miles de naciones y pueblos quedaron encapsulados dentro de poco más de 200 entidades legales que, más allá de su función administrativa, monopolizan la generación de experiencias de identidad. Se trata de ideologías convertidas en experiencias identitarias a través de discursos y prácticas nacionalistas”. https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/f20fc5ef-75e2-44d0-8d5b-a84b2a87b7e3/eets-atom-algunos-apuntes-sobre-la-identidad-indigena

La autora A. Gil cuestiona el nacionalismo porque en un país como México esa ideología sirve para velar la identidad de otras naciones, como la náhuatl, la maya, la mixteca o la zapoteca (para no insistir en la ayuujk jä’äy de la propia autora): “Soy indígena en la medida en que pertenezco a una nación encapsulada dentro de un Estado que ha combatido, y combate aún, la existencia misma de mi pueblo y de mi lengua, que niega la historia de mi pueblo en las aulas, que ha intentado silenciar los rasgos contrastantes de mi experiencia como mixe mediante un proyecto de amestizamiento que intenta convertirme en mexicana”.

Este argumento contra la imposición de una nacionalidad, puede asimismo hacerse contra la imposición lingüística. Cabe considerar los cuestionamientos de Yásnaya A. Gil sobre el problema que el nacionalismo ha creado en México, pues evidencia que la imposición de una lengua hegemónica —como la que propugna el texto de Roberto Marbán— tiene consecuencias más profundas que el menoscabo de otras lenguas: “Si definimos ‘pueblo indígena’ como una nación que no formó su propio estado nacional, quedó encapsulada dentro de uno y además sufrió colonialismo, podremos ver que el rasgo indígena se crea y se explica siempre en función de la existencia de un Estado”.

En ese Estado que pretende sólo entender el español, los “indígenas” quedan sometidos a la buena voluntad y a las determinaciones unívocas de quienes hablan un idioma distinto. Tal como sucedió en 1512 al imponer el rey Fernando el Católico sus ordenanzas de Burgos. Preocupante situación en un país al que le urge democratizarse y reconocer su pluralidad cultural y lingüística, porque han transcurrido ya más de quinientos años de imposiciones, abusos y exacciones dictadas desde un idioma hegemónico con el afán de atribuirnos una vacilante “identidad”.

REY

El hombre que no sería rey

Edward, príncipe de Gales, sacudió la cabeza al concluir el primer ministro del reino la lectura del informe que el Servicio Secreto rendía sobre las actividades del príncipe George, hermano y amigo más cercano del heredero al trono.

A las francachelas y excesos previsibles se sumaba en el informe el señalamiento sobre el alarmante consumo de cocaína y heroína del futuro duque. También estaba señalada su obsesiva relación con la adicta Alice “Kiki” Preston, emigrada de “las colonias americanas” a quien llamaban La Chica de la Jeringa de Plata, porque no ocultaba la constante aplicación de la hipodérmica en sus venas.

El semblante impasible de Stanley Baldwin al finalizar la lectura consternó al príncipe Edward aún más que si hubiese fruncido el ceño. Entendió que la situación estaba fuera de control. Le correspondía a él, a sus 34 años, intentar que su hermano, seis años menor, corrigiese su conducta antes de que su riguroso padre, el rey Jorge V, fulminase al joven por sus escándalos.

Edward pidió a lord Stanley que arreglara la inmediata salida de “Kiki” Preston de Europa. ¿A dónde la enviamos?, le consultó el ministro. A donde no haga daño, respondió el príncipe.

Sin demora, el ministro Baldwin expidió un pase para que la adicta estadounidense saliese de París, donde mantenía enloquecido al duque George, con rumbo a un sitio llamado Valle Feliz, en Kenia. El canciller tenía entendido que Miss Preston —doblemente divorciada a prematura edad— estaría a gusto en esa colonia donde se recluían nobles acusados de homicidios u otros crímenes, aristócratas arribistas, condesas drogadictas o ninfómanas, ricachones tan promiscuos como alcohólicos y varios personajes sospechosos de simpatizar con el caudillo de Alemania Adolf Hitler. Eran los años previos a la Segunda Guerra Mundial.

Más tarde, el príncipe Edward se reunió de nuevo con Baldwin para recibir otro informe. El primer ministro leyó en la hoja del Servicio Secreto que el duque George se mostraba profundamente desdichado, si bien no abandonaba su costumbre de pasar la noche con mujeres casadas o con apuestos jóvenes de la aristocracia. ¿Alguien más?, quiso saber Edward. Baldwin le respondió con desdén: Ese actor Coward, su majestad.

Noël Coward, el famoso dramaturgo de la época, había fascinado al duque George con su presencia y talento. No en balde George se distinguía de sus hermanos por su educación y aficiones artísticas. A Edward los estudios lo tuvieron sin cuidado: como primogénito de Jorge V, le tocaría portar la corona y gobernar. En nada le agradaba ese destino, pero Edward lo admitía con la resignada conciencia de su posición.

En cuanto a Albert, el segundo hijo del rey Jorge, la tartamudez indomeñable que padecía lo apartaba de toda preocupación por los estudios o por el gobierno. Henry, el tercer hijo del monarca, tampoco podía aspirar al trono, pero no por eso se esmeraba en la escuela. Mary, cuarta en la línea sucesoria, sólo podía aspirar a un matrimonio adecuado.

George, el quinto hermano en la familia real, se distinguió por su inteligencia e interés en los estudios, tras la muerte del sexto descendiente del soberano, John. Los dos años de diferencia entre ellos —George nació en 1902, y John, en 1904— los unieron en juegos y aficiones. Pero el último hijo de Jorge V, aquejado de epilepsia, falleció con apenas 13 años de edad, en 1919. Al adolescente príncipe George esa pérdida lo unió más con Edward, aunque éste ya era un joven adulto.

Después de padecer la obligatoria formación en la armada inglesa, el futuro rey Edward y su hermano George fueron comisionados por su padre para representar al reino en misiones alrededor del mundo. En esos viajes los hermanos descubrieron su profunda afinidad: ambos disfrutaban ataviándose con esmero, seduciendo a mujeres casadas y excediéndose en parrandas. Ambos sentían aversión por los protocolos y las ceremonias.

George era “el más interesante, inteligente y cultivado miembro de su generación”, asegura Christopher Warwick, autor que ha escrito la única biografía del personaje: George y Marina, el duque y la duquesa de Kent, aunque la familia real se negó a validar su libro. https://therake.com/stories/icons/the-forgotten-prince/

Además, el quinto hijo de Jorge V era guapo, glamoroso y más alto que el promedio de su familia; le fascinaban las artes, el teatro, la decoración de interiores, los automóviles deportivos. Con su hermano Edward, George compartía un exquisito gusto por la indumentaria. La primera sastrería del príncipe y el duque fue Davies & Co. El atuendo naval lo ordenaron ambos a Gieves & Hawkes. La casa Huntsman también vistió a Edward y George. Pero este último eligió a la sastrería Anderson & Sheppard para que le confeccionara sus característicos trajes de doble pechera.

El traje con doble pechera llegó a ser llamado “El Kent”, por el estilo que impuso George. Hawes & Curtis elaboraba sus camisas de cuello inglés, que complementaba con corbatas de patrones sutiles y nudo pequeño. El veterano peluquero Geo F. Trumper se hacía cargo del corte de cabello y peinado ducal, pegado al cráneo y con raya en medio.

Adicionalmente, el heredero del ducado de Kent tocaba el piano, hablaba francés e italiano, prefería esquiar y pilotear aviones antes que disparar armas de fuego, era narcisista y en ocasiones se dejaba llevar por su explosivo temperamento.

El exquisito aliño indumentario del príncipe desentonaba con la sordidez de sus relaciones íntimas. George de Kent era señalado por sus amoríos con mujeres y hombres. Inclusive se le acusó de cortejar a la estrella de cabaret Florence Mills, no sólo americana sino descendiente de ¡africanos! Entre las amantes del noble se apuntó a Jessie Mathews, figura de la música inglesa; Helen “Poppy” Baring, heredera de un banquero; Ethel Margaret Whigham, socialité que daría escandalosa fama al ducado de Argyll, y hasta la novelista Barbara Cartland. En cuanto a hombres, George fue relacionado con su primo lejano el príncipe de Prusia Louis Ferdinand, y con Anthony Blunt, historiador de arte y más tarde espía para los soviéticos.

La relación sostenida por George durante 19 años con Noël Coward alimentó chismes de toda clase. Se aseguraba que el Servicio Secreto confiscaba informes de la policía sobre ocasiones en que duque y actor fueron arrestados por salir a las calles vestidos como mujeres o inclusive por practicar la prostitución. En París, un puñado de cartas tuvo que ser adquirido a un trabajador sexual para que cesara de chantajear al príncipe. Después de la muerte de George, se rumoró que cartas de amor suyas a Coward fueron robadas de casa del actor.

Una pasión de George que alarmó sobremanera a la familia real fue la desaforada Alice “Kiki” Preston. A su toxicomanía se unió el rumor de que la relación incluía intercambios sexuales con Jorge Ferrara, hijo del embajador argentino en Londres. Otro rumor que persistió durante años sobre “Kiki” y George fue que tuvieron un hijo, Cass Canfield, quien se convirtió en un exitoso editor y se casaría con la autora Lee (Bouvier) Radziwill, hermana de Jacqueline Bouvier (más tarde, viuda de Kennedy, y más tarde aún, viuda de Onasis).

Todavía en 1928, Edward tuvo ocasión de ver a su hermano seducido de nuevo por “Kiki” Preston y su jeringa, cuando viajaron a Kenia. Allí se les unió “Kiki” con parte de la pandilla emigrada a Valle Feliz. Alentado por su amante, George volvió a inyectarse morfina y después de la visita africana el príncipe fue sometido por su hermano a una intensa desintoxicación.

A George se le atribuyeron varios hijos e hijas no reconocidos. La popular novelista Barbara Cartland aseguraba que su hija Raine lo era asimismo del duque. Esta última señora, con el apellido McCorquodale, se convertiría muchos años después en la madrastra de la trágica princesa Diana de Gales.

George incomodó a su familia aún más en 1929 al renunciar a su carrera en la armada real, que detestaba, para entrar al servicio civil. Estuvo un breve tiempo en la Oficina de Asuntos Extranjeros, pero se cambió a la de Asuntos del Interior, donde lo nombraron inspector de fábricas. Se convirtió, así, en el primer integrante de la familia real dedicado al servicio civil. Era, además, un competente piloto de aviones de combate, como su hermano Edward, pues ambos se habían entrenado en la Real Fuerza Aérea.

George conoció en uno de sus viajes a su prima segunda Marina, princesa de Grecia y Dinamarca y mujer muy atractiva que, sin embargo, aparece poco agraciada en sus fotografías. Formada en el exilio, Marina creció entre privaciones, lo cual motivó que la familia real de Inglaterra la tratase con desdén o franco desprecio.

A George de Kent, sin embargo, la princesa Marina le pareció espléndida compañera. Demostraba espíritu independiente; no gemía cuando él la transportaba a toda velocidad en algún automóvil deportivo. Al pueblo inglés le encantó el talante democrático de Marina.

En 1934 George fue investido duque de Kent, conde de Saint Andrews y barón Downpatrick. A las siete semanas contrajo matrimonio con Marina y ambos se convirtieron en la pareja más popular del reino. Christopher Warwick escribió en la biografía no autorizada de George y Marina: “La deslumbrante pareja dominó la sociedad de Londres, reunió a su alrededor a algunas de las personalidades más brillantes de las artes, las recibió con suntuosidad y generó un interés en su estilo de vida que no volvió a darse en la historia de la familia real”.

En 1936 murió el estricto rey Jorge V y lo sucedió su primogénito con el nombre de Eduardo VIII. Fue el reinado más corto de la historia inglesa, pues a las pocas semanas Edward abdicó para poder casarse con su prometida Wallis Simpson, estadounidense divorciada. El jerarca de la iglesia anglicana y un grupo muy conservador del gobierno inglés aprovecharon esa decisión de Edward para forzar la dimisión del nuevo rey, cuyas reformas políticas temían. El propio Jorge V había dicho antes de morir: “Ojalá Edward no tenga hijos para que Bertie y Lisbetina se ocupen del gobierno cuanto antes”.

Bertie, el tartamudo príncipe Albert, era el padre de la actual reina Isabel II. Ascendió al trono como el inesperado Jorge VI. Se vio forzado a afrontar la Segunda Guerra Mundial iniciada por Adolf Hitler, plebeyo canciller alemán al cual una parte de la nobleza consideraba como aliado deseable a causa de sus delirios de pureza racial. Ante el conflicto que no pudo evitar, al apremiado Jorge VI le tocó cambiar de primer ministro tres veces: Stanley Baldwin fue sustituido por Neville Chamberlain, y éste por Winston Churchill.

La entrada de Inglaterra al conflicto hizo que el duque George de Kent retomara el servicio militar en la Real Fuerza Aérea, como vicemariscal. Se convirtió en instructor de vuelo y estuvo dos años realizando misiones de entrenamiento con pilotos. Se daba tiempo para continuar sus relaciones sexuales fuera del matrimonio, pese a su apego por Marina.

Vuelo fatal

El 25 de agosto de 1942 George y otros 15 tripulantes abordaron el barco volador Sunderland Mark III, número 25 de la Real Fuerza Aérea. El alegado destino del avión era Islandia, pero sólo llegó a una colina escocesa cerca de Dunbeath, Caithness, donde se estrelló. De los 16 ocupantes únicamente sobrevivió el sargento artillero Andrew Jack, de 20 años de edad.

La investigación del caso culpó del accidente al piloto de la aeronave, el teniente Frank Goyen. El duque de Kent fue sepultado con honores. Luego de un periodo de 450 años, se convirtió en el primer miembro de la familia real que moría en acción. Marina y sus tres hijos guardaron luto por el duque. La familia real, con alivio, olvidó al incómodo pariente.

En 2003 la sobrina del sargento Andrew Jack reveló que su tío mantuvo durante toda su vida un secreto atormentador. En el vuelo en que perdieron la vida el duque de Kent y sus 15 compañeros, el duque mismo había tomado el puesto del piloto, aseguró el único sobreviviente. Después de que el avión se estrelló, el joven sargento había sacado el cuerpo del príncipe, apartándolo de los controles. Además, en el barco volante iba un pasajero desconocido que no tenía por qué estar allí. Jack nunca quiso revelar si era hombre o mujer esa misteriosa persona.

El sargento Jack, antes de morir en 1978 a los 56 años de edad, le dijo a su hermano que lo devastó dejar que culpasen al piloto Goyen por el accidente, pero fue presionado para que nunca hablara de lo sucedido. Cuenta su sobrina Margaret Harris: “No le dejaron duda de que debía guardar el secreto. Estaba en el hospital, pero con las manos quemadas y vendadas tuvo que firmar un documento, posiblemente el Acta de Secreto Oficial”.

Debido a la ausencia de registros formales sobre el accidente en Dunbeath, los aficionados a la conspiración han tejido diversas teorías. Unos achacan al primer ministro Winston Churchill la orden de derribar el avión, por sus sospechas de que el duque George simpatizaba con Hitler. Otros aducen que el príncipe iba en realidad a Suecia para establecer con los nazis falsas pláticas de paz que frenaran los bombardeos a Londres. El embargo que aún pesa sobre los papeles personales del duque alimenta las fantasías de los conspiracionistas.

Algo de base hay para acusar al difunto duque de pro-nazi. Era una tendencia compartida por otros nobles y hasta por personajes supuestamente democráticos como Charles Lindbergh y Walt Disney, entre otros. Cuando se recuerda el desplante del imbécil príncipe Harry (hijo del heredero al trono Charles y de la malograda Diana), al ataviarse como oficial nazi en una fiesta de disfraces a finales del siglo XX, queda claro que entre la familia real inglesa las añoranzas hitlerianas no se han apagado.

Marina, la duquesa desdeñada, fue como viuda del duque una activa representante del reino. Quedó momentáneamente desprotegida, pero la reina Mary la hizo su representante en actividades caritativas. Fomentando obras sociales, Marina dio su nombre a hospitales, bibliotecas y otras instituciones. Conservando el afecto del pueblo, falleció en 1968.

George y Marina tuvieron dos hijos y una hija: Edward, el actual duque de Kent, tiene los rasgos de su progenitor; a Michael se le reconoce su sentido de la indumentaria; Alexandra se casó con el empresario Angus Ogilvy. El difunto padre de esos tres príncipes está sepultado en el Terreno Funerario Real de Frogmore, detrás del mausoleo de la reina Victoria. Desde hace algunos años se le recuerda como “el tío perdido de la reina Isabel II”.

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El naturalista que vino del Tirol

En el México porfiriano, los privilegiados que ejercieron altos cargos en el gobierno fueron llamados “los científicos”, denominación que no fue gratuita. En efecto, muchos entre quienes ocuparon importantes puestos gubernamentales porfirianos destacaron en diferentes ciencias y artes, además de en los negocios, la política y la estrategia militar: Justo Sierra, Emilio Rabasa, José Yves Limantour, Olegario Molina Solís, José López Portillo y Rojas, Bernardo Reyes y varios otros.

Hubo altos funcionarios, sin embargo, que pasaron directamente de los campos de batalla al ejercicio del poder, luego de las numerosas guerras y sublevaciones que se sucedieron de 1853 a 1876. Fue el caso de Manuel González Flores, quien, distinguido por la pérdida de un brazo en combate, recibió el nombramiento de secretario de guerra y marina al ocupar su compadre y colega Porfirio Díaz la presidencia en 1876. Al terminar el primer mandato de Díaz, su compadre Manuel ocupó la presidencia de la república en 1882, para que el general (quien reclamó a Benito Juárez la “no reelección”) pudiese guardar apariencias de demócrata.

González Flores fue presidente de 1882 a 1886 y le tocó un periodo de crisis económica, además de frecuentes escándalos por corrupción (denunciados por su propio compadre “para que no le tomara gusto a la silla”). Sin embargo, el mutilado general logró restablecer relaciones diplomáticas con Francia e Inglaterra, promovió el Ferrocarril Central Mexicano, la comunicación telegráfica y submarina, instauró el Banco Nacional de México y el uso del sistema métrico decimal, entre sus logros.

En lo personal, González se distinguió por el cruel trato dado a su primera esposa, la oaxaqueña Laura Mantecón Arteaga, a quien las notorias infidelidades del general la obligaron a presentar el primer juicio de divorcio en México, tras lo cual su esposo la persiguió y hostigó por el resto de su vida. Arruinada y repudiada por su familia, Laura Mantecón falleció en 1900. Logró sobrevivir siete años a su feroz ex marido, muerto en 1893.

Por otra parte, González, como la mayoría de los poderosos de su tiempo, estaba convencido de que la población campesina era un lastre para México, por la ignorancia y la pobreza en que los mantenían los sucesivos gobiernos a partir de la Colonia, además de un supuesto apego a la pereza. Nunca se les ocurrió dar incentivos a los campesinos indígenas para que pudiesen cultivar y aprovechar debidamente sus tierras.

González Flores prefirió fomentar desde el inicio de su presidencia la llegada de colonos extranjeros, porque estaba seguro de que elevarían el nivel cultural y económico del país. González creía que los campesinos extranjeros —“más activos, organizados y trabajadores que los mexicanos”— incrementarían la producción agrícola.

Como señaló Octavio Paz en El laberinto de la soledad, “esos grandes señores amantes del progreso y la ciencia no son industriales ni hombres de empresa: son terratenientes enriquecidos por la compra de los bienes de la Iglesia o en los negocios públicos del régimen. En sus haciendas los campesinos viven una vida de siervos, no muy distinta a la del período colonial. […] En realidad, el porfirismo es el heredero del feudalismo colonial: la propiedad de la tierra se concentra en unas cuantas manos y la clase terrateniente se fortalece. Enmascarado, ataviado con los ropajes del progreso, la ciencia y la legalidad republicana, el pasado vuelve, pero ya desprovisto de fecundidad. Nada puede producir, excepto la rebelión”.

Pero antes de ocasionar la enorme rebelión de 1910, el régimen porfirista intentó “mejorar la raza” con la recepción de colonos europeos. “Los italianos que arribaron entre 1881 y 1882, como resultado de contratos entre empresas privadas y el gobierno mexicano, fueron establecidos en las siguientes colonias del país: Manuel González, en Huatusco, Veracruz; Porfirio Díaz, en Tlaltizapán, Morelos; Carlos Pacheco, en Tlatlauquitepec, Puebla; Manuel Fernández Leal (ahora Chipilo), entonces en Cholula (hoy parte del municipio de San Gregorio Atzompa), Puebla; Díez Gutiérrez, en Ciudad del Maíz, San Luis Potosí, y Aldana en Azcapotzalco, Distrito Federal”, cuenta la historiadora Rebeca Inclán Rubio en su artículo “La colonización italiana en México”, publicado en la revista Relatos e Historias en México.

A la colonia Manuel González (actual Zentla, Veracruz) llegó la familia del joven Cassiano Bartolameotti-Conzatti. Eran la madre y sus dos hijos, nacidos cerca de Trento, Italia, en el pueblo de Civezzano. Por lo tanto, estos emigrados eran ciudadanos del imperio austrohúngaro, al cual pertenecía entonces la parte del Tirol de la cual eran originarios. 

Cassiano tenía sólo 20 años cuando desembarcó del vapor Atlántico, junto con su madre y su hermano, en Veracruz. El joven no se resignó a vivir como agricultor en la colonia italiana de Huatusco. Aunque había tenido que interrumpir sus estudios en el Gymnasium Roveretano desde la muerte de su padre, ocurrida en 1877, Cassiano se propuso ser maestro en México. Dejó a su madre al cuidado de su hermano para hacerse asistente en el Colegio Ateneo Veracruzano. En 1885, pasó a ser asistente de enseñanza en la escuela cantonal de Coatepec que dirigía el profesor Enrique Rébsamen. Éste designó después a Conzatti como administrador de la Escuela Práctica, rama del colegio cantonal.

Para 1889, Casiano (con nombre castellanizado) se convirtió en director de la escuela Modelo de Orizaba. Poco después fue a Jalapa para ser ayudante del innovador Rébsamen, a quien llegó a sustituir temporalmente como director de la Escuela Normal Veracruzana. En ese periodo comenzó a preparar una obra monumental dedicada al estudio de la botánica: Flora Taxonómica Mexicana, que en total abarca 17 volúmenes en 14 tomos, aunque sólo dos de ellos se han publicado hasta la fecha.

Un botánico en Oaxaca

En 1891 el profesor Conzatti fue llamado a Oaxaca por el gobernador Gregorio Chávez para dirigir la Escuela Normal de Profesores. En el centro educativo oaxaqueño el profesor permaneció dos décadas dando las clases de educación y antropología. Además de su labor pedagógica, el aún joven maestro continuó realizando exploraciones y recolecciones de plantas para su ambiciosa Flora Taxonómica Mexicana. No sólo formó su propio herbario, sino que contribuyó con especímenes para otras colecciones de plantas.

Para el Instituto de Ciencias y Artes del Estado de Oaxaca, Conzatti inició la construcción del Jardín Botánico, previsto desde 1875. Una fuente indica que este Jardín probablemente se trate del que años después recibió el nombre de Jardín Botánico “Mociño” en honor al médico y botánico José Mariano Mociño. La Biblioteca “Fray Francisco de Burgoa” de la UABJO resguarda en su acervo un cuaderno de 1898 con la clasificación de las plantas del Jardín “Mociño”.

En 1902, el gobernador interino del estado, Miguel Bolaños Cacho, indicó que el jardín botánico del Instituto era utilizado por los alumnos para el “cultivo de las plantas más interesantes de la comarca y que de algún modo se relacionen con los productos industriales no explotados como son: plantas fibrosas, medicinales, etcétera.” Una fotografía de 1902 muestra el Jardín Botánico, el Museo y la Biblioteca del Instituto, antes de que la restauración llevada a cabo por el ingeniero Rodolfo Franco Larráinzar (siguiendo órdenes del gobernador Emilio Pimentel) acabaran en 1906 con el jardín del profesor italiano.

Como parte de los “científicos” que se repartían los altos cargos, Conzatti no estuvo a salvo de críticas. Ricardo Flores Magón, escribiendo con el seudónimo “Anakreon” para el número 63 del periódico El Colmillo Público, asentó el 20 de noviembre de 1904 que el autoritarismo del gobernador Emilio Pimentel vulneraba iniciativas democráticas de la Asociación Juárez, fundada en 1901. Relató Flores Magón que, al proponer el abogado Heliodoro Díaz Quintas que la asociación participase en las elecciones municipales con un candidato opositor al oficial, Díaz Pimentel maniobró para que los empleados de gobierno que integraban la agrupación frenaran la propuesta.

Entre los 13 miembros de la Asociación Juárez que renunciaron a ella para complacer al gobernador, Flores Magón se refirió así al profesor emigrado de Civezzano: “Renunció Casiano Conzatti, quien hasta que vio que la Asociación no era juego de chiquillos, sino algo serio, se fijó en que el imbécil Reglamento de la Escuela Normal le impide inmiscuirse en la política, lo que no obsta para que cuando se presenta la ocasión, festeje a Pimentel. Conzatti es un pésimo director de la Escuela Normal”.

Los signos adversos se acumulaban para el investigador. En 1909 tuvo que dejar la dirección de la Escuela Normal de Profesores. Una enfermedad lo obligó a apartarse de la enseñanza. Sin embargo, aprovechó ese retiro para dedicarse a organizar el Jardín Botánico de la Escuela Experimental Agrícola de San Antonio de la Cal, con apoyo de la Secretaría de Agricultura y Fomento. Si bien se quejaba de recursos insuficientes, en ese proyecto estaba embarcado cuando estalló la revolución de 1910. Sin embargo, el conflicto tardó todavía algunos años en afectar a Oaxaca y eso le sirvió a Conzatti para continuar trabajando cinco años más en el proyecto, como lo demuestra su artículo de 1915 para la revista Anales del Jardín Botánico de Missouri.

Ese año, Conzatti pasó a la ciudad de México y al Departamento de Agricultura del Instituto Nacional de Medicina, para trabajar en su Dirección General de Estudios Biológicos, recién fundada por Alfonso L. Herrera. Con el apoyo de sabios como el italiano, la Dirección de Herrera se convirtió en el centro más importante de investigación biológica del país. Conzatti colaboró en la organización de estas instalaciones, y aprovechó su gran biblioteca para continuar sus estudios. Al crear en 1922 el Jardín Botánico de la Ciudad de México, Herrera contó asimismo con informes de Conzatti, al igual que para el establecimiento del Zoológico de Chapultepec.

Para 1919, la dirección de Herrera comisionó como naturalista explorador al investigador italiano, a fin de efectuar expediciones para recolectar plantas en el interior del estado. Al año siguiente, aprovechando los conocimientos adquiridos, Conzatti publicó Oaxaca y sus recursos naturales.

Con el apoyo de la Dirección de Estudios Biológicos Conzatti publicó también el libro Una expedición botánica a la costa oaxaqueña del suroeste. En ese libro, el naturalista narra que el 24 de noviembre de 1921 salió de Oaxaca rumbo a la costa, haciendo escalas en Sola de Vega, Juchatengo, Juquila, Jamiltepec, Minizo, Chacahua y Tututepec.

Según refiere una publicación de la Biblioteca Fray Francisco de Burgoa, durante el viaje de 38 días, el explorador colectó diversas especies de plantas, como el Mentzelin conzattii, con grandes flores utilizadas para tratar enfermedades urinarias y epidérmicas. Otras plantas que estudió fueron la “manita de león”, el guarumbo, y el “palo colorado”, también llamado zopilote o caoba. Además, el italiano recogió semillas de café mareño y especímenes de coquito baboso y de la flor “murciélago”, de color avinagrado y olor “cadavérico”. Conzatti no dejó de registrar paisajes que llamaron su atención, como playa Minizo y la laguna de Chacahua, a la que —comenta— llegó en canoa desde el embarcadero de Las Salinitas.

Para completar su retorno a Oaxaca, en 1922 el mentor fue nombrado por la Secretaría de Educación Pública su delegado estatal. En 1924 el educador se desempeñó como inspector escolar hasta su retiro, en 1927.

Retirado de la enseñanza, Conzatti continuó sus estudios botánicos. En 1945 la Sociedad Mexicana de Historia Natural lo eligió como miembro honorario, y en los dos años siguientes esa institución publicó dos volúmenes de los 17 que componen la Flora Taxonómica Mexicana. En 1946, asimismo, el retirado profesor recibió la medalla magisterial “Ignacio Manuel Altamirano”.

En homenaje al naturalista, su nombre le fue impuesto en 1951 al parque Conzatti, en la ciudad de Oaxaca, así como a la Escuela Normal para Profesores. Ese mismo año falleció el sabio venido de Civezzano.

Un legado de publicaciones e intentos de despojo

A partir de 1897 Conzatti empezó a difundir sus estudios y hallazgos botánicos. Flora sinóptica mexicana fue su primera obra publicada, en colaboración con Lucio C. Smith. En 1889 dio a la imprenta Clave analítica para la determinación de las familias de las plantas fanerógamas que nacen silvestres y son cultivadas en México. En 1905, Los géneros vegetales mexicanos, y en 1910, Las criptógamas vasculares de México.

Desde 1911, el naturalista comenzó a preocuparse por la deforestación en el Cerro del Fortín y otras elevaciones con las cuales colinda la ciudad de Oaxaca. En 1914 publicó La repoblación arbórea del valle de Oaxaca. Otras publicaciones del naturalista fueron Monografía del Árbol del Tule, en 1921, y Las regiones geográfico-botánicas del estado de Oaxaca, en 1926.

En 1915, para el número 1/2 (volumen 2) de la revista Anales del Jardín Botánico de Missouri, Conzatti escribió en inglés el artículo “El Jardín Botánico de Oaxaca”, en el que describe el Jardín de la Estación Experimental de Agricultura, que se encargó de diseñar y establecer en 1910.

Casiano Conzatti publicó 32 trabajos sobre la flora local mexicana, describió 92 nuevas especies de plantas y reunió alrededor de diez mil especímenes. Estos incluyen el material tipo para la especie de Rutaceae Amyris conzattii Standl.

Los especialistas en botánica conmemoran los hallazgos de Casiano Conzatti mediante el género que denominaron conzattia: Pinguicula conzattii Zamudio & van Marm (Lentibulariaceae), Russelia conzattii Carlson, Saurauia conzattii Buscal, Sophora conzattii Standl., Waltheria conzattii Standl., Vallesia conzattii Standl., Tephrosia conzattii (Rydb.) Standl., Portulaca conzattii P. Wilson, Schoenocaulon conzattii Brinker, Drymaria conzattii Duke, Passiflora conzattiana Killip y muchas otras variedades.

Casiano Conzatti estableció su residencia en Rancho Quemado, una zona que hasta 1950 estaba en las afueras de la ciudad de Oaxaca y hoy es el límite norte del centro histórico de la capital oaxaqueña. Parte de esos terrenos los ocupa en la actualidad el jardín público que lleva el nombre del botánico.

En el número 106 de la calle Andrés Quintana Roo, el especialista estableció su residencia. Esa propiedad pasó al dominio de su hija Victoria, quien tiene en la actualidad 103 años de edad. En 2021, medios informativos dieron a conocer que la señora Victoria denunció a una persona llamada Caleb Herculano López Martínez, cómplice de un grupo delincuencial asentado en instituciones oficiales que se dedica al despojo de inmuebles.

La señora Conzatti acusó que López Martínez —con un acta de nacimiento falsa en la que se ostenta como su nieto con el nombre de “Caleb Gómez Conzatti”— intenta apoderarse de la casa del botánico y de otra propiedad ubicada en el número 900 de la avenida Morelos, la cual asegura la heredera que adquirió su difunto marido, Manuel Gómez Hernández.

Al comparecer ante el congreso estatal el 30 de agosto de 2022, el Fiscal General de Oaxaca, Arturo Peimbert Calvo, reveló la existencia de un grupo que despoja a propietarios de sus inmuebles, mediante extorsión, amenazas, suplantación de personalidad y posibles homicidios. Peimbert Calvo expuso a los legisladores que en esos delitos participan “fedatarios, abogados, corredores públicos, autoridades comunales y ejidales, autoridades registrales, autoridades municipales y en ocasiones el propio crimen organizado”. La captura de ese grupo delincuencial sigue pendiente.

También está pendiente que algún historiador de la ciencia realice un amplio recuento biográfico sobre Casiano Conzatti, quien pasó en México 69 de sus 89 años de vida, investigando la variadísima flora de nuestro país.

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Soledad Velasco devela su proceso creativo

Hace aproximadamente 35 años, desde mediados de la década de 1980, que el territorio de la ciudad de Oaxaca se transformó con la aparición de diversas galerías y espacios públicos para la exhibición de arte. A partir de 1987, la coincidencia de diversas iniciativas propició que la capital oaxaqueña se convirtiese en un enclave estratégico para la exhibición de obras de arte, principalmente pictóricas y gráficas.

Desde 1974 se había establecido el Taller Estatal de Artes Plásticas “Rufino Tamayo”, con un grupo de artistas que para fines de la década de 1980 había adquirido un importante círculo de coleccionistas y promotores a nivel nacional e internacional, el cual se consolidó con la exposición El hechizo de Oaxaca, llevada en 1991 y 1992 a las ciudades de Monterrey, Nuevo León, y Palo Alto, California.

En 1985, el gobierno municipal construyó en las calles de Macedonio Alcalá el andador turístico que lleva el nombre del músico decimonónico. Un año antes se había establecido sobre esa calle el centro cultural “Ricardo Flores Magón”, del Instituto Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, con galería pública de arte. Con las mejoras que se hicieron al centro histórico de la capital de Oaxaca, el 8 de diciembre de 1987 la ciudad y la cercana zona arqueológica de Monte Albán fueron declaradas Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO.

A partir de 1988 el artista, promotor cultural y activista social Francisco Toledo se estableció en la capital oaxaqueña para impulsar sus proyectos de espacios públicos de arte y lectura, el primero de los cuales fue el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca. En 1992 a este espacio se sumó el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca, establecido en la antigua sede del Museo de la Ciudad de Oaxaca por iniciativa de varios pintores, entre ellos Toledo y Rodolfo Morales. En 1998, después de un extenso trabajo de remodelación, se abrieron el Centro Cultural Santo Domingo, el Jardín Etnobotánico y la Biblioteca “Fray Francisco de Burgoa”, integrados al Museo de Historia y Antropología del estado en el antiguo convento de Santo Domingo de Guzmán. Todas estas instituciones se ubican sobre el andador turístico, donde asimismo se hallan la Biblioteca Pública Central “Margarita Maza”, que periódicamente exhibe muestras de artes visuales, y el edificio central de la Universidad Autónoma de Oaxaca, donde algunas muestras de arte han tenido lugar. Cabe señalar que el andador está delimitado, en un extremo, por el ex convento de Santo Domingo, y en el otro, por el edificio central universitario. Todos los edificios de estas instituciones son históricos, construidos entre los siglos XVII y XIX, lo cual ha dado lugar a una ecléctica mixtura de elementos arquitectónicos en dichas edificaciones.

Por esa acumulación de instituciones de arte con sede en edificios históricos, la zona a que nos referimos puede ser vista de manera apresurada “como un escaparate por su andador turístico, donde cada punto significa un monumento; ya sean edificios antiguos, templos y jardines”, según el Diagnóstico para identificar áreas de potencial turístico en el estado de Oaxaca 2019, elaborado por Corporativo 68mil S. A. de C. V. para la Dirección de Comercialización Turística, dependiente de la Subsecretaría de Operación Turística de la Secretaría de Turismo del Estado de Oaxaca. Por cierto, este documento (que aparenta ser un encargo muy costoso del gobierno estatal) no es capaz de detectar al Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca como área con potencial turístico, pues lo identifica así: “El Museo Histórico Urbano de la Ciudad que esta (sic) en el andador turístico, en la casa de Cortés, (sic) y que presenta una exposición permanentes originales (sic) y reproducciones de pintores oaxaqueños”. Quien eso escribió, ignora que la llamada “Casa de Cortés” no está en el andador turístico, sino frente al mercado “Benito Juárez”, y que el Museo de la Ciudad desapareció en 1991.

Hay que señalar que el andador turístico ha sido aprovechado desde 1987 para ubicar, asimismo, galerías de arte privadas, a partir de que La Mano Mágica se estableció en esa vialidad peatonal. Previamente, las galerías Quetzalli, en 1986, y Arte de Oaxaca, en 1987, se habían establecido muy cerca de esa vía. Después, diferentes empresas dedicadas a la comercialización de arte han ocupado edificios y locales a lo largo del andador turístico Macedonio Alcalá con suerte muy variada, pero el éxito de algunas ha motivado que los alrededores del andador se vayan poblando de galerías pertenecientes a particulares, e inclusive la habilitación de un espacio informal para que diversos artistas comercialicen personalmente sus obras en la plazuela Antonia Labastida, denominada “Jardín del Arte” a partir de la década de 1990.

Esa sobreabundancia de sitios para conocer y observar obras pictóricas, gráficas y fotográficas, e inclusive piezas escultóricas artísticas y artesanales, ha dado lugar a un régimen escópico peculiar en la ciudad de Oaxaca. Es una de las pocas ciudades donde la constante exhibición de producciones artísticas ha generado un régimen escópico distintivo.

Cabe aclarar que el concepto de régimen escópico fue propuesto por el teórico cinematográfico Christian Metz en su libro de 1982 El significante imaginario; posteriormente, el concepto fue retomado por Martin Jay en 1988 para el simposium Discusiones sobre la Cultura Contemporánea, que dio lugar a la gran exposición “Visión y Visualidad”, presentada en Nueva York por la Fundación de Arte Dia (nombrada como la diosa romana de la fertilidad Dīa).

Daniel Chao explica que un régimen escópico es el modo de ver de una sociedad, ligado a sus prácticas, valores y otros aspectos culturales, históricos y epistémicos o, en términos de Martin Jay, “la particular mirada que cada época histórica construye consagra un régimen escópico, o sea, un particular comportamiento de la percepción visual”. Por su parte, Antonio Somaini ahonda en que un régimen escópico “sería mucho más que un modo de representación o una manera de comprensión. Ha de ser entendido como el complejo entramado de enunciados, visualidades, hábitos, prácticas, técnicas, deseos, poderes… que tienen lugar en un estrato histórico determinado. Para entender lo que significa un régimen escópico, habría que atender, como ha intuido Mitchell, no sólo a la ‘construcción social de lo visual’, es decir, a lo manera en que lo que vemos, lo que nos queda de una época responde a unos parámetros culturales concretos, sino también y, sobre todo, a la ‘construcción visual de lo social’, al modo en el que se visualizan los propios esquemas y diagramas culturales e históricos”.

De modo que el desarrollo de los museos, galerías de arte privadas y otros espacios públicos para la exhibición de arte han generado en Oaxaca un modo de presentación y una manera de comprender el arte infrecuente en otras ciudades de México. Valga señalar que parte de esa mirada peculiar fue generada por la sostenida presencia de algunas personas que controlaban la museografía en instituciones como el MACO y el IAGO, intervenidas con gran talento por Francisco Toledo, cuyos montajes marcaron pautas para que otros espacios públicos y privados normasen sus procedimientos y maneras para mostrar obras de arte.

¿Cuál es el montaje “tipo” de esas instituciones? De acuerdo con las exigencias que planteaba Francisco Toledo a sus museógrafos y montadores, cada obra tiene que exhibirse con un marco sencillo, y deben dejarse amplios espacios entre pieza y pieza para resaltar cada obra exhibida. El abigarramiento, la saturación y los elementos “perturbadores” son proscritos en este régimen escópico.

Por otra parte, la eclosión de galerías privadas que se dio a partir del año 2000 en Oaxaca y que sólo se ha visto interrumpida por las crisis sociales de 2006 y 2020 (una generada por la revuelta social y la otra por la pandemia de Covid-19), ha introducido en la ciudad variantes y aun maneras discrepantes que le han dado diversidad al régimen escópico vigente en los espacios artísticos de la urbe. Se puede hallar, así, desde la manera dictada por las instituciones museísticas, hasta la generada por galerías cuya idiosincrasia determina montajes que se apartan de la formalidad del MACO, el IAGO y otras instancias.

Inclusive estas mismas instituciones han apelado a rupturas del régimen escópico determinadas por obras que requieren dicha “desviación”. En el MACO, por ejemplo, las exposiciones Los latidos del objeto, del colectivo A La Mexicana conformado por Boris Spider, Miriam Ladrón de Guevara y Lalo Garza, y La forma fiel, de Álvaro Santiago, determinaron en 1999 y en 2000 sendas discrepancias museográficas —muy refrescantes— con respecto a la norma del museo.

Esta ruptura del régimen escópico se extendió en 1999 a una propuesta independiente encabezada por el escultor y pintor Hugo Tovar en la entonces semiderruida casa que ocupaba el número 110 de la calle de Crespo, en el centro histórico de Oaxaca. Ese predio era una residencia abandonada, en litigio entre diversos herederos. La construcción presentaba paredes abatidas, ventanales hechos añicos, puertas salidas de sus marcos: era un esqueleto de cemento donde crecía la maleza, se acumulaba la basura. Pero con esas desventajas, la estructura de la Casa de Crespo, con sus dos plantas que ninguna escalera comunicaba entre sí, y con su estacionamiento subterráneo, permitió a los artistas aplicar en habitaciones y otros espacios muy diversas propuestas conceptuales, que iban del graffitti ingenuo a la instalación inquietante.

En el Museo de los Pintores Oaxaqueños, en 2009, la exposición En riesgo de Fernando Aceves Humana marcó asimismo una saludable ruptura del régimen escópico, con la curaduría de Michael Smythe, basada en el radical oscurecimiento de las salas antes que en su iluminación. El resultado fue sobrecogedor y fascinante.

Desde luego, la proliferación de propuestas curatoriales y museográficas en distintas ciudades de México ha tenido repercusiones en el régimen escópico de los espacios oaxaqueños. Los montajes en galerías privadas y espacios independientes, sobre todo, hacen eco de propuestas que rompen con el régimen “oficial” para exhibir arte, e introducen la sana disidencia curatorial (así como el abigarramiento, la saturación y el franco desafío) en el ámbito urbano.

Una propuesta que abre el prevaleciente régimen escópico de manera llamativa, es la que se despliega en la exposición Y te salieron alas, de Soledad Velasco, presentada de agosto a septiembre por Nodo Estudio Visual. De entrada, es necesario puntualizar que Nodo no es propiamente una galería, sino una instancia de experimentación que, al tiempo que ofrece obras de arte para su adquisición, no es un espacio con prevalencia comercial, sino de convivencia con obras específicas, que sus cuatro fundadores —Mercedes López, Soledad Vásquez, José Canseco y Cruz Vargas— han abierto a la comunidad artística.

En el caso de esta muestra de la pintora Soledad Velasco, nacida en Oaxaca en 1964, la disposición de las obras en el espacio de exhibición busca romper con las convenciones de los sitios oficiales, al tiempo que con las orientaciones que se consideran propicias para la venta, porque las obras en sí mismas no se planearon para ser ofrecidas con preponderante afán mercantil. Según explica la autora, su interés es mostrar el proceso de creación de una obra específica, en torno a la cual despliega el sketch book o cuaderno de apuntes que la condujo a crear la obra principal: el óleo en gran formato titulado precisamente Y te salieron alas. Además, al acordar con los cuatro responsables de Nodo Estudio Visual la presentación de su obra, todos resolvieron “trasladar el taller a la sala de exhibición”, imitando la forma en que la pintora pegaba en las paredes de su estudio sus dibujos preparatorios mientras pintaba su cuadro al óleo.

Si bien el cuadro es el relato de la resiliencia de su autora ante una situación adversa con la que se ha enfrentado durante dos años, y que le ha enseñado las virtudes de la resistencia pacífica pero no pasiva, el objetivo de la exposición no es solamente destacar esta experiencia retratada en una obra compleja y ambiciosa. La artista ha rodeado su cuadro con los apuntes dibujados durante un intenso proceso creativo, con el deseo de mostrar cómo la práctica del dibujo con modelo va moldeando un proyecto para pintar autorretratos que le permite modificar sobre la marcha sus planes para la composición de la pintura.

De acuerdo con el régimen escópico vigente en los espacios oficiales, lo único que tendría que mostrarse es la obra concluida y aislada del contexto de su producción. Pero gracias a que Nodo no es un espacio oficial ni estrictamente comercial, la propuesta de exposición difiere saludablemente de propósitos ortodoxos y mercantiles. Se ha aprovechado el espacio para rodear a la obra de los diferentes estadios y estudios iconográficos que la hicieron posible, de manera que quienes observan el cuadro concluido puedan dialogar con el proceso de su elaboración. Por otra parte, la fuerza de los dibujos seleccionados para esta exhibición permite que cada imagen pueda ser apreciada por la calidad de su trazo, el tema que explora y el ánimo con que fue ejecutada cada pieza. No es frecuente que un creador o una creadora visuales se atrevan a mostrar ese aspecto de su trabajo.

Los artistas que animan Nodo Estudio Visual hicieron un espléndido trabajo para presentar esta muestra en su recinto. Después de deliberar con la pintora el modo de presentar las piezas, determinaron una museografía austera. Prescinden de los previsibles marcos sin sacrificar la estética de la presentación, apelando a la fuerza de cada imagen para que el conjunto irradie, en su concentración, un ritmo visual sostenido, atrayente en su frugal despliegue.

En este montaje de Y te salieron alas, es posible objetar la proliferación de obras en las restricciones que impone el espacio, pero la colocación de las piezas sobre papel en torno a la tela pintada permite un flujo iconográfico que puede equipararse a una melodía. La coloratura de la obra mayor también permite dar orden y concierto a los colores y líneas de los dibujos, planteando un arreglo semejante a la disposición de los elementos sonoros en una obra orquestal. El leit motiv de la obra mayor va dando el tono a cada variación en papel. La sensualidad de las imágenes es importante para el ritmo de forma y color que impone una armonía figurativa diestramente planteada por Soledad Velasco en su manejo iconográfico. Al afrontar el movimiento de las efigies, de los retratos obtenidos bajo las restricciones que dicta cada sesión de modelado, la artista va definiendo en la obra principal un tempo que arregla y distribuye con sabiduría compositiva para establecer un tono predominante al cual se ajustan las variaciones que se desprenden de las piezas que precedieron al momento conclusivo del proceso. El resultado es el concierto de todas las figuras cuya ejecución queda determinada no tanto por la cronología, como por la sagaz disposición de los elementos compositivos, como en una interpretación melódica, que en este caso es una manifestación de resonantes imágenes.

Gracias a los fundadores y animadores de Nodo Estudio Visual, el disfrute de este sugestivo concierto con solo de óleo sobre tela, y acompañamiento de tinta y acuarela sobre papel, concebido y ejecutado por Soledad Velasco, está al alcance de nuestras sensibilidades y nuestra curiosidad hasta el 7 de septiembre de este año. Vale la pena acercarse a esta muestra que desafía el consabido régimen escópico oaxaqueño atendiendo a la propuesta de una pintora expresionista que, después de una larga confrontación con su materia pictórica, nos invita a examinar su oficio creativo y adentrarnos en una obra pletórica de sensualidad, contención colorística y diestra sutileza expresiva.

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Soledad Velasco: el arte como resiliencia

Dos años de inesperada residencia en México han conducido la obra de Soledad Velasco (nacida en la ciudad de Oaxaca en 1964) por caminos que la artista visual no podía prever, pero que han dado a su creatividad motivos de reconfiguración para el ahondamiento en temas que la han interesado durante sus más de treinta años de carrera en las artes plásticas y visuales.

Con dos premios obtenidos en España en 2016 (el de la Fundación Barcelona Olímpica y el del Certamen Ciudad de Tomelloso, galardón que otorga la Diputación de Ciudad Real), la pintora no planeaba residir de nuevo en su ciudad natal, pues se había afincado en Ciempozuelos, cerca de Madrid, desde hace 25 años.

Sin embargo, al viajar a Oaxaca para visitar a su familia a finales de 2019, la artista se vio detenida por la pandemia de Covid-19 en su tierra natal, y durante dos años ha pugnado por convertir su pintura en un medio para explicarse las vicisitudes que le ha tocado afrontar en México, un país que —después de 25 años de vivir en España— le resultaba desconocido pese a ser su lugar de nacimiento.

Durante los dos años que ha pasado forzosamente en Oaxaca, la pintora ha retomado la relación con su entorno social y artístico. Prueba de ello la dan su participación en tres exposiciones colectivas originadas en Oaxaca: El sendero de los espejos (en el Museo de los Pintores Oaxaqueños, en 2019), El principio de la revolución celeste. Solve et Coagula (en el Museo de Arte Contemporáneo de Oaxaca en 2021) y Arte de la Tierra. Subir a la montaña, subir al cielo, efectuada simultáneamente en el Cerro Mogote de Humo, en el municipio de San Agustín Etla, y en Canadá, en 2022. Además, Soledad Velasco presentó en 2019 su exposición individual La proporción de la nostalgia en la galería Noel Cayetano.

El 12 de agosto de 2022 la pintora inauguró su nueva exposición Y te salieron alas, centrada en una pintura al óleo de gran formato en torno a la cual despliega 60 obras sobre papel a la tinta y la acuarela, en Nodo Estudio Visual, que se ubica en la calle de Matamoros número 402, en el centro histórico de la capital de Oaxaca. Nodo es una de las galerías más interesantes de la escena artística oaxaqueña, gracias a la actividad que despliegan los artistas José Canseco, Mercedes López, Cruz Vargas y Soledad Vásquez.

En cuanto a la obra principal de la exposición de Soledad Velasco, alude a la resiliencia, cualidad que su autora ha debido cultivar durante su estadía de dos años en México. Residente en España durante largo tiempo, la artista vino de visita a su país natal, sin imaginar que la pandemia de Covid le impediría el retorno a su nación adoptiva, como ya se ha explicado. A partir de esa prueba, su arte pasó por distintas transformaciones.

Esa metamorfosis responde a su concepción del papel que desempeña como mujer en la sociedad: su noción de cómo una persona se desenvuelve dentro de una comunidad, fue sometida a duras pruebas por las diferencias culturales, económicas y ecológicas existentes entre la nación europea y el país americano.

El complejo funcionamiento de las instituciones y las relaciones humanas en México —que la artista sigue descubriendo conforme se reintegra a la república tras de una larga ausencia— le ha enseñado una lección de supervivencia: las mujeres pueden resistir las adversidades de manera similar a como árboles y vegetación mayor subsisten en zonas de vendavales o de periódicas inundaciones; en esas circunstancias, la flora no se quiebra ni se ahoga, pese a la violencia de los elementos. Afrontando corrientes desfavorables o adversas, la flora se adapta y, en virtud de su flexibilidad, crece a pesar de los rigores con que la acucia el medio. Las mujeres —considera la pintora— se desarrollan, así, inclusive en situaciones límite como las que suelen observarse en tierras mexicanas.

Además, en torno a la obra pictórica mayor, la artífice presenta 60 obras en tinta y acuarela sobre papel. Son otras tantas reflexiones en cuanto a las posibilidades que las mujeres tienen para habitar el mundo. En estas piezas sobre papel, Soledad Velasco retoma su interés en la figuración como recurso estético, y en el dibujo con modelo como fuente de estímulo creativo. No se conforma con hacer retratos de mujeres, sino interviene con su imaginación las figuras (a partir de percepciones sociales y culturales muy definidas en su trayectoria) para establecer propuestas imaginativas de existencia, fuera de las convenciones que suelen agobiar o restringir a las mujeres en diferentes sociedades a lo largo del mundo.

Para aludir a las muchas posibilidades que cada mujer tiene de hacer la diferencia en su vida, la pintora recurre a máscaras, a posturas inusuales, a combinaciones y símbolos de transgresión sugeridos por los apéndices y las formas de diferentes especies animales. Abundan los pulpos, el gran emblema erótico empleado por el japonés Hokusai. En estas obras, Soledad Velasco visibiliza que lo imposible puede instalarse en el ámbito cotidiano y modificar —para mejor— vidas que de otro modo pudieran estancarse en la rutina, o ser tronchadas por la furia de torrentes hostiles. Mantiene en su obra, además, una sutil alusión a episodios de su vida reciente, que acaso aluden a una frase escrita por Wassily Kandinsky en De lo espiritual en el arte: “Su contemplación gozosa es semejante a su inconmensurable tristeza interior”.

Con estas obras melancólicas y a la vez elocuentes que añaden carnalidad a la espiritualidad, Soledad Velasco demuestra en su labor otro precepto del gran pintor: “El artista tiene una vida compleja, sutil, y la obra surgida de él [de ella] originará necesariamente, en el público capaz de sentirlas, emociones tan matizadas que nuestras palabras no las podrán manifestar”.

Por su parte, Soledad Velasco lo explica así: “Siempre me han llamado la atención esos árboles que no crecen verticales, más bien lo hacen muy inclinados. Recientemente vi en Mitla un gran árbol de tronco grueso crecer horizontalmente, agarrado con sus raíces a un ‘muro’ de tierra. Majestuoso. No lo creía posible. Me incliné para cerciorarme si alguna de sus enormes ramas estaba bien sujeta al suelo. Para ver si hacía ‘trampa’. No, se sostenía inexplicablemente. ¿Cómo era posible? ¿Cómo se extendían sus raíces para provocar ese milagro? Raíces fuertes es lo que se necesita ante cualquier vendaval. En la exposición hablo sobre esa fuerza interior”.

Aunque nació en la breve capital de Oaxaca, la pintora ha pasado su vida en dos grandes capitales del mundo: la Ciudad de México y Madrid. Su aprendizaje estético en esas metrópolis lo evidencian las cualidades de su obra plástica: en ella no sólo apela a la forma y la técnica resueltas con sagacidad; también hay reflexiones e interrogaciones trabajadas con vehemente inteligencia, incorporación de plegarias atendidas y conjuros contra congojas inexorables.

Hay, ante todo, en la obra de Soledad Velasco, una irreductible fe en las posibilidades del arte como amuleto contra las acometidas del desamparo, de la enajenación, de la insondable tristeza en una época que redunda en rituales cuyo significado cayó en olvido. En un tiempo de penuria, la pintora desentierra con cada trazo la memoria de talismanes que son bálsamo contra la oscuridad de apariencia perenne, pues, al cabo, la tiniebla se resolverá en luz.

Y te salieron alas es, así, una declaración no sólo de perplejidad ante lo imprevisto, ante lo imposible convertido en praxis existencial; es, sobre todo, la constatación de que la naturaleza, cuando imita al arte, se perfecciona cumpliendo la encomienda que Píndaro enunció en su Tercera Oda Pítica, hace dos mil quinientos años: “Alma mía, no aspires a vivir eternamente, mas agota el ámbito de lo posible”.

Cabe señalar que en 2018 la pintora y dibujante ha impartido un taller sobre su trabajo artístico en la Universidad de Bellas Artes de Tetuán, Marruecos, y presentó una conferencia sobre su experiencia en el ámbito editorial en el Instituto Cervantes de la ciudad de Fez. 

Además, Soledad Velasco fue seleccionada como finalista en numerosos concursos en España, entre los que destacan IX Salou de Recerca pictórica (2016); los premios MAPAMA que concede el ministerio de Agricultura del gobierno de España (2016); el IV Certamen Nacional de Pintura Parlamento de la Rioja (2014); y los premios Villa de Madrid (2000) entre otros. Obra suya forma parte de las colecciones del Museo Contemporáneo Universitario de Arte, UNAM, México, UGT Madrid España, la Fundación Francisco Carretero y la Fundación Barcelona Olímpica.

De sí misma, la artista comenta que cursó estudios en la Escuela Nacional de Pintura, Grabado y Escultura La Esmeralda, y es pasante de la carrera de Historia (UNAM). Reside en Madrid, España. Asienta que mediante su pintura refleja las inquietudes que le motiva la observación del mundo en su día a día, y tiene muy claro que la pintura no es un panfleto político, pero también considera que cada artista debe aspirar a transmitir la realidad que vive.

Y te salieron alas, la exposición pictórica de Soledad Velasco, estará en exhibición en Nodo Estudio Visual hasta el 7 de septiembre de 2022.

FPrice

La resonancia de Florence

Entre los muchos lugares que desconozco, figura con prominencia el territorio a lo largo del cual fluye el río Mississippi. Nunca he estado allí, pero no puedo evitar que la narrativa de Faulkner y de Mark Twain, así como numerosas películas, vinculen mi imaginación con ese paisaje.

El mundo descrito en melodías por una descendiente de esclavos, no se manifiesta cautivo ni servil en esa y otras obras de Price. Como señala Omar Anguiano Lagos para otra clase de composiciones —en su libro Jazz y marxismo. Modelo para armar: “en cierta forma es un ‘hecho maldito’ que la esclavitud absoluta pueda manifestarse en forma de música, y que la belleza de la música salga a escena”.

Antonin Dvorak, el compositor de la sinfonía Nuevo Mundo, proclamó en 1893 que la música de América debía ser escrita con un lenguaje afroamericano, sin saber que seis años antes, en 1887, una mujer nacida en la ciudad de Little Rock, Arkansas, cumpliría ese postulado: Florence Beatrice Price (nacida Smith).

Hija del dentista James H. Smith y de la maestra de piano Florence Irene Gulliver, la niña fue iniciada por su madre en la ejecución pianística. Después, Florence Beatrice ingresó en el Conservatorio de Música de Nueva Inglaterra, institución que, a diferencia de la mayoría de su tipo en Estados Unidos, admitía estudiantes “de color”. De todas maneras, para ocultar su ascendencia, la madre de Florence la registró como “nacida en Puebla” y alegó “herencia hispánica” (es decir, mexicana).

George Whitefield Chadwick, profesor de composición musical, alentó en Florence el empleo de sus conocimientos en spirituals (himnos religiosos afroamericanos) para sumarlos a las enseñanzas de Dvorak. Así, la estudiante pudo aprender el repertorio romántico europeo para órgano y piano, asimilando a esas obras giros de los himnos afroamericanos.

Florence se graduó del conservatorio en 1906 con los títulos de organista ejecutante e instructora de piano. En el recital de graduación ocupó el primer lugar de su clase. El programa de ese concierto la identificó como “Florence Beatrice Smith, originaria de Puebla, México”.

Para 1910, Florence Smith ya estaba a cargo del departamento de música en la Universidad Clark de Atlanta, en Georgia. Poco después, en 1912, Florence conoció a Thomas J. Price, se casó con él y retornó a Little Rock. Ahí vivieron tranquilos hasta 1927, cuando la violencia racista remontó. Tras de presenciar un linchamiento público en el pueblo, los Price se mudaron a Chicago.

Las dificultades económicas acabaron con el matrimonio de Florence y Thomas, si bien ella retuvo el apellido Price. Para mantenerse durante la Gran Depresión económica posterior a 1929, la pianista daba clases, tocaba el órgano en anticuadas funciones de cine silente, inclusive escribía música para anuncios bajo el seudónimo Vee Jay.

En Chicago, Florence conoció y se hizo amiga de la compositora y pianista Margaret Bonds. Ella presentó a Florence con el poeta Langston Hughes y la contralto Marian Anderson. Eran los tiempos de la Gran Depresión, pero también los del Renacimiento de Harlem, el primer gran movimiento cultural afroamericano en Estados Unidos.

Animada por ese ejemplo, Florence ahondó sus conocimientos junto con Margaret. Ambas emprendieron composiciones más serias para remitirlas a concursos. Florence ganó varios premios. El mayor lo recibió en 1932, cuando su Primera Sinfonía, en Mi Menor, triunfó en el certamen de composición Wanamaker, en la categoría orquestal. Florence también obtuvo el tercer premio con su “Sonata para piano” y un total de quinientos dólares en efectivo por ambas obras.

La Sinfonía en Mi Menor fue seleccionada por el director Frederick Stock para estrenarla con la Orquesta Sinfónica de Chicago el 15 de junio de 1933. Florence B. Price se convirtió, así, en la primera compositora afroamericana cuya obra interpretó una orquesta formal importante en Estados Unidos. En ese mismo concierto, su amiga Margaret Bonds fue la solista al piano para interpretar el Concertino de John Alden Carpenter. https://www.bbc.com/news/entertainment-arts-56322440

Crear desde la marginación

Después de ese importante acontecimiento, Price fue marginada de los escenarios musicales. Sin embargo, en 1939 la contralto Marian Anderson cerró su histórico concierto en el Lincoln Memorial, en Washington, con el arreglo que Florence Price realizó al himno My Soul’s Been Anchored in De Lord (Mi alma está anclada en el Señor).

En 1943 la compositora le escribió al conductor Frederick Schwass para pedirle que interpretara su obra: “Mi Sinfonía Número 3 pretende ser negroide en carácter y expresión. En ella, sin embargo, no hice intento alguno de proyectar tan sólo la música negra a la manera puramente tradicional. Ninguno de los temas son adaptaciones o derivaciones de canciones populares. La intención tras la escritura de este trabajo fue un intento no deliberado de ilustrar el cruce de la presente existencia y el pensamiento negros con el legado del cual es tránsito, paralelo o influencia por contactos con la actualidad”.

Hacía diez años que la Sinfónica de Chicago estrenara la Sinfonía en Mi Menor de Price y, desde entonces, poco había logrado avanzar la autora en el ámbito de la música de concierto, dominado por hombres caucásicos.

Ese mismo año la compositora le escribió dos cartas a Serge Koussevitzky, director de la Orquesta Sinfónica de Boston, para que considerase ejecutar una de sus piezas. Las respuestas a esas misivas, si es que las hubo, se desconocen. En ellas, la autora explicaba: “Desafortunadamente, la obra de una compositora es prejuzgada por muchos como ligera, sin consistencia, carente de profundidad, lógica o virilidad. Añada a eso la cuestión de la raza —llevo sangre de color en mis venas— y entenderá algunas de las dificultades que una confronta en tal posición”.

Sin perder su capacidad creativa, Florence Price continuó escribiendo música, enseñando piano, componiendo jingles. Hizotoda clase de trabajos musicales para mantenerse. Logró que sus composiciones llegasen a salas de concierto en Detroit, Michigan, hasta Nueva York (pero sólo en Brooklyn).

Florence reunió dinero en 1944 para rentar una casa de verano en las afueras de Chicago. Ahí escribió numerosas obras que remitió a orquestas. Si bien le fueron rechazadas, siguió intentando hasta su muerte, ocurrida en 1953, llevar su música a salas de concierto.

Olvidada por medio siglo

La casa donde la esforzada autora veraneaba quedó abandonada. Muchos años después, en 2009, al reparar esa vivienda, los nuevos dueños descubrieron en una habitación varias cajas cubiertas de polvo. Contenían partituras musicales con la obra casi completa de Florence B. Price, que se creía perdida. La Biblioteca de la Universidad de Arkansas preserva desde entonces los manuscritos y otros documentos que la compositora acumuló en esas cajas.

El hallazgo generó una entusiasta y laboriosa recuperación de las composiciones de Price. La musicóloga Samantha Ege, quien conocía un fragmento de la Fantasie Nègre, se dedicó dos años (entre 2018 y 2020) a estudiar las partituras halladas, a fin de reconstruir las obras para piano de la autora. El resultado fue el disco Fantasie Nègre. The Piano Music of Florence Price, publicado en 2021. El año previo, 2020, la BBC Radio 3 le dedicó a la vida y obra de Price un documental en cinco partes.

En 2018, los Conciertos para Violín 1 y 2 de Price fueron grabados por la solista Er-Gene Kahng y el director de la Orquesta Filarmónica de Janacek, Ryan Cockerham, para el sello Albany.

Marquese Carter, estudiante afroamericana de doctorado en la Universidad de Indiana, al comentar en 2018 esos conciertos para violín, explicó: “Florence Price es la representación, en música, de lo que significa ser una artista negra viviendo inmersa en un canon blanco y tratando de crear dentro del reino clásico. ¿Cómo crear, así, un sonido en que resuenen nuestra cultura, nuestra experiencia, nuestras vidas y cuerpos?”

Añadió Carter que los conciertos para violín de Price ofrecen la respuesta a ese reto. El primer concierto, de 1939, demuestra la completa comprensión de la compositora sobre la orquestación y la armonía del siglo XIX, al retrotraer ecos de la famosa obra de Tchaikovkski para ese instrumento. El segundo concierto de Price para violín, escrito en 1952 con un solo movimiento, aunque es altamente lírico aún, presenta mayor concentración y aventurada armonía. l

En 2018, asimismo, la Sinfónica de Fort Smith, en Arkansas, comenzó un proyecto para ejecutar las cuatro sinfonías de Price, arregladas por el compositor James Greeson, en una grabación para el sello Naxos. Y diferentes investigadoras de la música afroamericana han retomado las obras de Price para revalorarlas en el canon de Estados Unidos.

Así, entre 2018 y 2021, las obras de Florence B. Price, relegadas durante más de medio siglo en su vieja casa, tomaron el camino desde una biblioteca a las orquestas y a la historia musical de su país y del mundo. Fue un largo trayecto, pero el esfuerzo de esta artista no se perdió. Resuena gracias a su constancia creadora, pese a su injusta postergación.

Alarmas por la violencia y saña contra mujeres y menores en Bolivia

Feminicidios con fuego y autoridades omisas

Margarita Ceceña Ramírez y Laura Raquel Padilla eran madres independientes que trataban de proveer a sus hijos de una vida digna. Ambas fueron asesinadas por intentar que sus hijos tuvieran una vida mejor. Ambas fueron quemadas vivas.

El 25 de julio de este año falleció en Cuautla, Morelos, Margarita Ceceña Ramírez a sus 30 años de edad. No fue por accidente ni por enfermedad, sino por las lesiones de segundo y tercer grado que le ocasionó un ataque con fuego. El 1 de julio su concuño, de nombre Primitivo Rangel Atempa, la roció con gasolina y le lanzó un cerillo encendido.

La tía y dos primas de la víctima, junto con otros dos hombres, azuzaron a su bestial pariente a quemarla viva, mientras una vecina trataba en vano de frenar el ataque. La mamá de Margarita, Andrea Martínez, y un hijo de la joven mujer fueron también rociados con gasolina, pero lograron huir. Los agresores de Margarita quemaron, además, la tiendita que fue la causa del pleito familiar que terminó en un asesinato particularmente atroz.

El terrible fin de Margarita no fue un suceso repentino. La joven ya había denunciado a sus familiares el 27 de mayo por una agresión tumultuaria a golpes. Las autoridades que recibieron su queja la desestimaron, alegando que sus lesiones no eran graves. La negligencia oficial alentó el siguiente ataque de los parientes, con resultado mortífero.

Margarita había llegado a vivir a Cuautla con sus tres hijos y su madre después de divorciarse en Ecatepec, Estado de México, donde residía. Un primo suyo le cedió una casa para que ella la habitara. Pero tanto Margarita como su primo ignoraban que la familia de éste consideraba suya esa propiedad. Su tía, sus primas y los maridos de éstas no estaban dispuestos a cederle la vivienda, porque la rentaban a otras personas.

Ahora, nadie podrá rentar ese predio, escenario de un crimen absurdo y salvaje. Los pocos pesos que motivaron el asesinato de Margarita, a nadie beneficiarán. La Fiscalía General de Morelos ha revelado los nombres de seis atacantes, todos prófugos: el agresor directo Primitivo, y quienes lo instigaron: la tía María de la Cruz Martínez Cervantes, las hermanas Nataly Carreño Martínez y Karen Carreño Martínez, así como Leobardo Celón Cortés y Ramiro Vega Cruz. Por si fuera poco, hay una menor de edad implicada en el ataque.

La muerte de Margarita por quemaduras, luego de que agonizó durante 26 días, ocurrió a los cinco días de que otra agresión similar aniquiló en Zapopan, Jalisco, a Laura Raquel Padilla, de 35 años de edad, madre de un hijo enfermo de autismo y epilepsia.

Inicialmente, la versión sobre la muerte de Laura Raquel expuso que un vecino, azuzado por al menos cuatro personas más, roció con alcohol a la joven madre y le prendió fuego el 16 de julio de 2022. La víctima —torturada por quemaduras de tercer grado— falleció el 21 de julio siguiente.

Después de la muerte de Laura Raquel, las legisladoras jaliscienses del PAN y del PRI se apresuraron a manipular políticamente la tragedia: acudieron a denunciar omisiones de las autoridades en la investigación del caso, aprovechándose de que la familia, la agrupación Yo Cuido México y los medios de comunicación ya habían señalado esas omisiones.

Esas diputadas de la oposición (algunas, recientemente cuestionadas por proveer al dirigente nacional del PRI con fotografías procaces de sí mismas) se apresuraron a capitalizar políticamente el atroz crimen contra Luz Raquel, en vez de hacer lo más urgente y que les corresponde: legislar para que los feminicidios cometidos con fuego o sustancias corrosivas reciban penas más severas que las actualmente establecidas para esos crímenes.

Quizá por esa laxitud en la legislación, el vecino señalado por ser el posible responsable agresor letal de Luz Raquel, un hombre llamado Sergio Ismael, se apresuró a entregarse a las autoridades, las que lo acusan, no de asesinar a la víctima, sino de “lesiones, amenazas y delitos cometidos en contra de la dignidad de las personas”.

Esto, porque el 5 de mayo Sergio Ismael, después de un altercado, agredió a Luz Raquel arrojándole cloro industrial en el pecho. La víctima denunció ese ataque el 6 de mayo, pero la Fiscalía General de Jalisco se negó a investigar el delito hasta que el propio agresor se entregó el 23 de julio. Aprovechando el cargo menor, la instancia investigadora omite acusar al sospechoso de agresión letal o feminicidio.

El fiscal general de Jalisco, Luis Joaquín Méndez Ruiz, presionado por los señalamientos públicos, tuvo que investigar los sucesos. Sus señalamientos apuntan, de entrada, a cuestionar la versión del feminicidio de Luz Raquel Padilla. Dado que la difunta no puede aportar elementos para su defensa, la autoridad da credibilidad preferente a las pruebas aportadas por el presunto victimario.

Basándose en videos que proporcionó la familia de Sergio Ismael, y que aseguraron provienen de una cámara de seguridad que el mismo indiciado instaló a la entrada de su domicilio, el fiscal Méndez Ruiz informó que tienen evidencias de que el 8 de mayo Laura Raquel movió la cámara instalada por su vecino. Al día siguiente, en la escalera del edificio donde ambos convivieron, apareció pintada una amenaza de muerte: “Te voy a quemar viva”. El fiscal Méndez Ruiz añadió que otros dos videos de la misma cámara muestran a una mujer que prende fuego a un objeto y lo arroja a la puerta de Sergio Ismael.

Según los datos arrojados por el fiscal jalisciense, el día en que a Luz Raquel la hallaron con quemaduras en el parque de la colonia Arcos de Zapopan, ella había comprado en una farmacia dos botellas de alcohol; además, en una licorería adquirió un encendedor. El fiscal añadió que esos objetos fueron hallados en el parque, junto a las pertenencias de Padilla.

De acuerdo con los informes del funcionario, varias personas intentaron auxiliar a la mujer antes de la llegada de los servicios de emergencia, y esos mismos testigos declararon que la mujer pedía ayuda “y refería que se había quemado”. El fiscal recalcó que un paramédico que atendió a la víctima dijo que Luz Raquel le manifestó asimismo que “se quemó”.

El informante dijo carecer de evidencias de que el indiciado Sergio Ismael estuviera en el parque. Insistió en que “hasta el momento, de la investigación y de lo que llevamos, no lo tengo posicionado [a Sergio Ismael] en el lugar en el que sufrió la posible agresión Luz Raquel”.

Al conocer los dichos del fiscal, vecinos que presenciaron el ataque condenaron la versión oficial como un intento de culpar a la víctima de su propia muerte.

La nota que informa de la indignación vecinal refiere: “un grupo de sujetos iba siguiendo a Luz Raquel mientras la insultaban de manera verbal. Posteriormente, se acercaron a ella, le rociaron una sustancia inflamable y le prendieron fuego. […] un hombre se quitó su saco y se lo puso encima para que no pudieran verlo, mientras Luz Raquel gritaba que la estaban quemando”.

La testigo, cuya identidad se reserva el medio informativo, reprochó: “No sabemos por qué están tergiversando la situación, están cambiando todo, dicen que ella fue la que compró el alcohol, realmente siento que se están burlando de nuestra inteligencia”.

Previamente a las declaraciones del fiscal, la víctima había presentado una denuncia contra su vecino, quien se quejaba de que el hijo de Luz Raquel hacía demasiado ruido durante sus crisis por las enfermedades que padece.

Como parte de la agrupación colectiva de mujeres #YoCuidoMéxico, Luz Raquel había denunciado las agresiones de su vecino y sus constantes amenazas, pero las autoridades se negaron a darle protección.

A estos casos se suma el de Liliana Torres, de 24 años de edad, secuestrada en Salinas Victoria, Nuevo León, el 26 de marzo de 2022. La víctima ha declarado que sus captores, cuatro hombres, la violaron, la golpearon hasta dejarla inconsciente, para luego quemarla viva. Liliana se despertó en llamas, pero sobrevivió; estuvo en coma durante un mes, salió de la postración, si bien por sus lesiones no pudo declarar sino hasta junio de este año. Para entonces, las autoridades habían armado una narrativa sobre el caso para culpar a la propia víctima de lo sucedido.

Mientras Liliana Torres se repone lentamente de sus graves quemaduras, la Fiscalía General de Nuevo León (ya cuestionada por sus fallos al investigar el asesinato de Debanhi Escobar Bazaldúa) omite asimismo perseguir a los cuatro hombres que intentaron acabar con la vida de Liliana, madre de tres hijos.

Estos brutales asesinatos e intentos de asesinato mediante quemaduras no son nuevos en México. En el estado de Oaxaca comenzaron a sucederse sin que ninguna autoridad reaccionara ante la gravedad de los crímenes.

El primero de que se tuvo noticia ocurrió el 27 de febrero de 2017, cuando Edgardo Romero Álvarez roció con gasolina y quemó viva a su pareja, Jennifer Antonio Carrillo, de 18 años de edad. El hijo de ambos presenció el cruel ataque. Jennifer murió por las quemaduras el 2 de abril de 2017. El agresor Edgardo Romero estuvo prófugo durante más de dos años antes de que lo capturaran y procesaran. El 26 de junio de 2021 fue condenado a 80 años de cárcel.

Dos años después del asesinato de Jennifer, en la ciudad de Oaxaca, un individuo identificado como Eliseo “El Marinela” C. C. quemó viva a Wendy Armendáriz Bustillos, de 26 años de edad, el 11 de enero de 2019. Wendy era mesera en un bar a donde llegó Eliseo a reclamar que le habían robado pertenencias. Como la joven desestimó los reclamos, el hombre regresó con un bidón de gasolina, roció con el combustible a la víctima y le prendió fuego, ante el horror de otras empleadas del bar. Wendy falleció por las quemaduras el 20 de enero de 2019. El agresor fue capturado el 12 de noviembre de 2020. Permanece sin sentencia.

Quizá alentado por el horrible ejemplo de los incendiarios de mujeres, el 9 de septiembre de 2019 el empresario y ex diputado priista Juan Antonio Vera Carrizal, entonces de 56 años de edad, se vengó de la intérprete musical María Elena Ríos Ortiz, de sólo 25 años de edad, por negarse ella a continuar su relación sentimental con el hombre casado, padre de un hijo y tres hijas, dueño de varias gasolineras.

En complicidad con su hijo, el despechado Vera Carrizal mandó a dos empleados suyos, Ponciano y Rubicel H., al domicilio de la joven en la ciudad de Huajuapan de León, para arrojarle ácido. La víctima sufrió quemaduras graves en la cara y el torso.

Atrapados los dos agresores materiales el 23 de diciembre de 2019, el fiscal general de Oaxaca, Rubén Vasconcelos Méndez, destacado priista, se negó a perseguir a su compañero de partido hasta que la reportera Patricia Briseño difundió el caso en Excelsior en enero de 2020. Entonces, el gobierno del también priista Alejandro Murat Hinojosa tuvo que ofrecer una recompensa millonaria por la captura de Juan Antonio Vera Carrizal. El autor intelectual del crimen se entregó el 6 de abril de 2020. Su hijo y cómplice Juan Vera Hernández sigue prófugo, pese a que hay otra millonaria recompensa por su captura.

El 2 de abril de 2021, cuando estaba por cumplirse un año de que Vera Carrizal ingresó al penal de Tanivet, uno de los agresores materiales, el albañil Ponciano, convenientemente falleció en la cárcel. Su hijo, Rubicel, sigue preso junto con Juan Antonio Vera Carrizal, pero ninguno de los participantes en este crimen recibe sentencia todavía, mientras la víctima reclama en vano a las autoridades dictar condena a sus agresores.

En esta historia de intento de feminicidio también intervienen mujeres: Soledad Hernández y las hijas que ha tenido con Juan Vera Carrizal: Ashley, Elvia y Guadalupe Vera Hernández. Las cuatro intentaron difamar a la víctima María Elena para frenar la investigación del caso. Organizaron una marcha ¡de mujeres! para exigir la liberación de su familiar preso. Después trataron de culpar a otras personas del ataque. Por último, la familia del autor intelectual de la agresión fue señalada por el ahora fiscal Arturo Peimbert de intentar sobornar a los jueces del caso para conceder la libertad al empresario gasolinero. Gracias a la presión pública, los jueces se abstuvieron de liberar a Vera Carrizal.

El episodio más reciente de esta injusticia ocurrió en el auditorio de la Rotonda de las Azucenas, el 25 de julio de 2022, durante el espectáculo titulado Guelaguetza. En medio de los bailes festivos, María Elena Ríos desplegó ante el gobernador Murat Hinojosa y sus acompañantes una manta con las palabras “Oaxaca feminicida”. La joven fue sacada a golpes y empujones del auditorio por la policía.

Cinco días más tarde, en desagravio, la cantante y compositora Lila Downs incluyó en su concierto en el mismo auditorio a María Elena como saxofonista, el 29 de julio. No tardaron en multiplicarse las muestras de apoyo a la joven agredida en las calles de la capital oaxaqueña, y de repudio a la figura de Alejandro Murat, quien se hizo publicar en la costosa revista Líderes una fantasiosa entrevista para promover su candidatura a la presidencia de la república. Para subrayar su abuso, el mandatario hizo convertir en estacionamiento de camiones de Televisa el andador turístico a un costado del emblemático templo de Santo Domingo, con tal de que un show frívolo lo exaltara como “gobernante ejemplar”.

Como el gobierno de Murat Hinojosa en Oaxaca, el de Enrique Alfaro en Jalisco, el de Cuauhtémoc Blanco en Morelos y el de Samuel García en Nuevo León se han distinguido por dejar en la impunidad los feminicidios e intentos de feminicidio. En los casos de Oaxaca, Jalisco y Nuevo León, las autoridades cuestionadas no sólo son omisas, sino que, probablemente por complicidad con los atacantes, responden con acciones que revictimizan a mujeres cruelmente agredidas. Mientras tanto, Televisa festeja el desgobierno con sus tráileres y camiones estacionados en zona de monumentos que son patrimonio de la humanidad.

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La masacre de Xochicalco

En mayo de 1962, Rubén Jaramillo Ménez y Epifania Zúñiga García esperaban el nacimiento del primer hijo de ambos. Rubén tenía 60 años, quizá algunos más, pues ignoraba la fecha exacta de su nacimiento. Epifania, a sus 45 años de edad, ya había tenido cuatro hijos de otro matrimonio: Ricardo, Enrique, Filemón y Raquel.

Los Jaramillo vivían en Tlalquitenango, Morelos. El padre adoptivo de los cuatro hijos de Epifania (más el que pensaban nacería pronto) se había retirado de una larga lucha armada. Viejo combatiente de la revolución, se inició militando con los zapatistas en la campaña contra Victoriano Huerta. Después se había enfrentado con las fuerzas de Venustiano Carranza, y más tarde con los grupos armados de gobernadores y caciques en Morelos, donde vivía desde niño.

En 1962 Jaramillo estaba escribiendo su autobiografía, que no llegó a concluir. La intentó terminar por él un periodista combativo, Froylán C. Manjarrez, sin conseguirlo, porque a su vez murió prematuramente, a escasos 30 años de su edad. Esos testimonios inconclusos —Autobiografía y Matanza en Xochicalco— los publicó en un solo volumen la editorial Nuestro Tiempo en cuatro ediciones sucesivas: la primera, en 1967; la última, en 1981.

Rubén Jaramillo intentó una y otra vez hacer realidad el plan zapatista de dotar con tierras (luego con créditos y maquinaria), a campesinos morelenses para que dejaran de vivir en la situación de miseria que los agobiaba desde antes de la revolución de 1910.

Jaramillo vio sucederse a los hombres en la presidencia de la República sin que nada cambiase en el estado de Morelos: tras los asesinatos de los atroces Carranza y Álvaro Obregón, el no menos mortífero Plutarco Elías Calles omitió, por medio de sus presidentes Emilio Portes Gil y Pascual Ortiz Rubio, cumplir las promesas de reparto agrario y apoyo a los campesinos.

Todo ese tiempo, cerca de 15 años, Jaramillo se mantuvo en pie de guerra contra caciques que buscaban asesinarlo mediante tropas militares o gavillas de sicarios. Con la amenaza pendiendo sobre él y sus seguidores, el jefe guerrillero aprendió a convertirse en un líder social. Intercedía por los campesinos cultivadores de arroz y caña de azúcar para que obtuviesen pagos justos por sus cosechas, maquinaria para procesarlas, factorías para llegar a ser productores integrales.

Con Lázaro Cárdenas como presidente de la república, en 1934, Rubén Jaramillo recibió al fin el apoyo oficial que buscaba para sus iniciativas. Cárdenas protegió los proyectos de Jaramillo, en especial el de producción de azúcar mediante ingenios que pertenecían a cooperativas supervisadas por el Estado.

Aun con el apoyo del presidente Cárdenas, Jaramillo no dejó de tener problemas con los supervisores estatales, los gerentes: burócratas empecinados en expoliar a los obreros del ingenio y a los campesinos cultivadores de caña. El que más problemas ocasionó fue el oaxaqueño Guillermo Maqueo Castellanos, cuya familia prosperó bajo la dictadura de Porfirio Díaz y sirvió al usurpador Victoriano Huerta.

Cuando Cárdenas estaba por terminar su mandato, pidió a Rubén Jaramillo apoyar la candidatura de Manuel Ávila Camacho a la presidencia. El cañero aceptó a regañadientes las instancias de Cárdenas, desconfiando de aquel general cuyo hermano Maximino era famoso por su corrupción.

Ávila Camacho, ya presidente, ofreció a Jaramillo mantener el apoyo que le diera su antecesor. Sin embargo, en Morelos el líder campesino se enfrentó a la soberbia del gobernador Elpidio Perdomo, con quien tuvo tantos choques que el mandatario ordenó al sicario Teodomiro “El Polilla” Ortiz perseguir y matar al dirigente cañero.

Jaramillo se ocultó de nuevo en los poblados donde tenía partidarios, a esperar el cambio de gobernador. Sin embargo, el sucesor de Perdomo, su secretario Jesús Castillo López, continuó persiguiendo al activista durante 1943.

Lázaro Cárdenas, entonces secretario de la Defensa Nacional, expidió un salvoconducto para que las fuerzas militares y policiales de todo el país respetaran la vida de Rubén Jaramillo. Castillo López, al recibir la salvaguarda, alardeó: —Aquí mando yo, no Cárdenas. Soy el gobernador del estado y nadie podrá estorbar que yo mate a Rubén Jaramillo.

El resto del año 1943 Jaramillo se enfrentó a los sicarios de Castillo en diferentes poblaciones. En ese año se le unió la joven Epifania García Zúñiga, quien lo acompañaría el resto de su vida, peleando contra los enemigos de Rubén.

En junio de 1944 el líder campesino se entrevistó en la Ciudad de México con el presidente Ávila Camacho. El general le ofreció un puesto en el entonces territorio federal de Baja California. El guerrillero rechazó ese disimulado destierro. El mandatario le ofreció luego un puesto de administrador en un mercado, el cual Jaramillo tardó en ocupar porque el jefe del Departamento Central, Javier Rojo Gómez, le dio muchas largas. Al fin, un funcionario presidencial instaló al dirigente en el mercado “2 de Abril”.

Jaramillo trabajó en el mercado hasta que el gobernador Castillo López lo hizo arrestar. Enviado a Morelos, el líder agrario estuvo preso en Cuernavaca. En julio de 1945 fue puesto en libertad por gestiones de varios simpatizantes suyos, incluyendo al presidente del Tribunal Superior de Justicia y al procurador de Justicia del estado.

De vuelta en el “2 de Abril”, Jaramillo fue solicitado por sus seguidores para ser candidato del Partido Agrario-Obrero Morelense a la gubernatura de Morelos. El caudillo agrarista logró atraer a miles de campesinos y obreros a su campaña, pero en las votaciones fue impuesto el candidato oficial, Ernesto Escobar Muñoz.

Sin descorazonarse, Jaramillo trabajó para consolidar al PAOM. Eso determinó a sus enemigos a buscar un pretexto para culparlo de algún delito y justificar el exterminio del líder popular junto con sus seguidores. Aprovecharon un mitin del líder en el pueblo de Panchimalco, el 27 de agosto de 1946.

Jaramillo llegó a ese lugar para dar un gran discurso, en el que dijo: “Creo que los campesinos y los obreros debemos enseñarnos para qué es la política y nuestra intervención en ella. Quiero que piensen que la política que practican los políticos del gobierno consiste en pago de dinero, bebidas embriagantes, tacos de barbacoa, viajes en camiones y cigarros, para que griten en favor del candidato que proporciona esas dádivas, las cuales al llegar ese candidato al poder cobra caro todo lo que dio y el pueblo no tiene más que soportar esa pesadilla”. Como hasta la fecha sucede.

Mientras Jaramillo arengaba en la escuela del pueblo a 300 personas, un tropel de la defensa rural federal irrumpió disparando sus fusiles. En la balacera que siguió, Maximino Casales, Epifania Zúñiga y Rubén Jaramillo derribaron a balazos a tres reservistas, incluido el comandante de la agresión, Serafín Dorantes. Los asaltantes huyeron.

Tras de ese tiroteo, Jaramillo y su gente emprendieron otra campaña guerrillera en Morelos. Algunos años les tomó alcanzar una tregua. Para 1952, el líder agrario intentó de nuevo ganar las elecciones para gobernador de Morelos, como candidato de la Federación de Partidos del Pueblo Mexicano. Tampoco esta vez alcanzó la gubernatura el opositor.

Pasó el agrarista algunos años tranquilo hasta que en 1957 proclamó el Plan de Cerro Prieto, exigiendo una nueva repartición de tierras, la expropiación de la industria básica, el desarrollo de la industria pesada y la expropiación de las fábricas. En este movimiento se le unió el Partido Comunista Mexicano.

De nuevo, el gobierno estatal persiguió y trató de exterminar a Jaramillo, hasta que Adolfo López Mateos ascendió a la presidencia de la república y amnistió al guerrillero en 1959.

Sin importarles el perdón presidencial, diferentes caciques de Morelos se unieron para eliminar a su principal enemigo. Ante los numerosos atentados en su contra, Rubén Jaramillo dio a conocer un manifiesto en el que denunciaba el acoso y anunciaba otro plan de lucha. Al parecer, ese plan —conocido como El último manifiesto de Rubén Jaramillo— determinó a López Mateos para ordenar la ejecución del líder agrario.

El 23 de mayo 1962, en Tlalquitenango, mientras Rubén y su esposa aserraban una viga, cuatro pelotones de soldados al mando del sargento Manuel Justo Díaz, elementos de la Policía Judicial Federal y pistoleros no identificados asaltaron su vivienda, en el número 10 de la calle de Mina.

Hacia las tres de la tarde, la tropa de asalto halló a toda la familia Jaramillo Zúñiga reunida: Rubén, su esposa Epifania, sus hijos Ricardo, Enrique, Filemón y Raquel, además de Rosa García Montesinos, madre de Epifania, y María de Jesús Sánchez Palma, esposa de Filemón.

Rubén Jaramillo fue rodeado. Los soldados le apuntaron con sus rifles. Raquel, la única hija del líder, corrió a interponerse ante los fusiles, abrazando a su padre.

El joven Filemón intentó frenar el ataque mostrando la amnistía que firmara el presidente López Mateos. Un individuo vestido de civil le arrebató los documentos para decirle: —No compliques más las cosas. A Rubén Jaramillo nos lo vamos a llevar para que hable con el general y estará de regreso en Tlaquiltenango en una media hora, a más tardar.

Raquel Jaramillo acudió al presidente municipal, Inocente Torres. Le exigió frenar a los armados, pero un grupo de ellos exhibió papeles. Torres, después de mirarlos, dijo: —Nada se puede hacer. Llevan orden de la Procuraduría General de la República para aprehender a Rubén Jaramillo.

Mientras Raquel y Torres alegaban con los portadores de la orden, Rubén, Epifania, Ricardo, Enrique y Filemón fueron subidos a golpes a dos automóviles sin insignias. Cuando la hija del líder volvió a su casa, los vecinos le dijeron cómo se llevaron a sus familiares. Nadie volvió a ver con vida a los Jaramillo Zúñiga.

Wikipedia, de los pocos sitios electrónicos con detalles sobre este crimen de Estado, informa que Raquel Jaramillo denunció al capitán del ejército José Martínez y al delator Heriberto “El Pintor” Espinoza como los principales ejecutores de su familia. Ambos, dijo la joven, actuaron por órdenes del general Pascual Cornejo Brun, jefe de la 24ª Zona Militar C. Wikipedia añade que el historiador y biógrafo de Rubén Jaramillo, Raúl Macín, afirma que el nombre completo del capitán secuestrador era José Martínez Sánchez.

El nombre en clave para ese asesinato múltiple fue “Operativo Xochicalco”. Cuando se conoció la masacre, diversos medios informativos, como la revista Política y la agencia informativa Prensa Latina, señalaron que el presidente López Mateos ordenó ese el crimen.

La Comisión Nacional de los Derechos Humanos confirma: “… gracias a los estudios académicos y al periodismo de investigación que practica en la revista Contralínea el comunicador Zósimo Camacho, está establecido que la ‘Operación Xochicalco’ fue ejecutada por el Ejército Mexicano por órdenes del presidente Adolfo López Mateos”. https://www.cndh.org.mx/noticia/asesinato-de-ruben-jaramillo-militar-politico-revolucionario-y-guerrillero-mexicano-de

Ese 23 de mayo, hacia las cinco de la tarde, en las inmediaciones de la zona arqueológica de Xochicalco, Severiano Analco Tezoquipa y dos de sus diez hijos, Andrés y Rodrigo Analco Ramírez, conducían algunas reses al corralito de su propiedad cuando se toparon con tres jeeps militares. Los hijos se ocultaron, el padre se quedó mirando. https://contralinea.com.mx/ocho-columnas/militares-autores-de-la-masacre-de-ruben-jaramillo-en-1962-testigos/

Una veintena de soldados con rifles rodeó a Severiano. Le gritó uno de los uniformados: —¡Qué haces aquí, pinche indio pendejo! ¡Órale, lárgate y no regreses; ni te asomes porque te carga la chingada!

Antes de huir, Severiano vio que los soldados empujaban a unas personas que parecían gente de campo. Después, el testigo y sus hijos corrieron hacia su jacal. Al bajar una loma escucharon disparos. Cuando estaban a punto de entrar a su casa, sonaron más descargas. Poco después, hubo ruido de motores alejándose. Severiano, además de criar sus reses, trabajaba como vigilante en la zona arqueológica de Xochicalco, entonces poco visitada.

Lentamente, el padre y sus dos hijos retornaron al sitio donde vieron los jeeps. Sobre una loma descubrieron los vehículos a la distancia, retirándose a toda velocidad. Llegando al llano hallaron los tres hombres, con espanto, cuatro cuerpos tendidos: una mujer, tres hombres jóvenes. En el suelo, un rastro de sangre indicaba que los habían arrastrado hasta el punto donde yacían.

En una barranca, a diez metros de distancia, yacía el cuerpo de un hombre mayor. Los campesinos no podían saberlo, pero a Rubén le habían dado nueve balazos: siete en el cuerpo, dos en la cabeza, todos de calibre .45A, de uso exclusivo del ejército mexicano. Severiano, con sus hijos, regresó a donde estaban la mujer y los jóvenes baleados. Se preguntaban qué hacer con los cuerpos cuando casi los arrolló una camioneta violentamente salida de algún recoveco.

Zósimo Camacho, reportero de Contralínea, entrevistó a los sobrevivientes de la familia Analco Ramírez. Descubrió que Severiano y sus hijos Andrés y Rodrigo fueron obligados por el Ministerio Público y los policías judiciales llegados de Tetecala a levantar los cuerpos de Jaramillo y su familia para subirlos a una camioneta.

Enseguida, Severiano y Andrés fueron a su vez subidos a la camioneta. Se los llevaron junto con los cinco cadáveres. Rodrigo pudo librarse porque suplicó que lo dejasen ir a su casa para ayudar a su mujer, quien estaba en labor de parto.

Los dos testigos quedaron detenidos e incomunicados en la Policía Judicial del estado. Los obligaron a dar testimonio a agentes de la Dirección Federal de Seguridad, la policía secreta. Cuando los soltaron, padre e hijo fueron amenazados: si contaban lo que supieron, los asesinarían o los culparían de participación en la matanza.

El reportaje de Contralínea afirma que su reconstrucción de los hechos, basada en entrevistas con integrantes de la familia Analco Ramírez, “coincide con lo registrado por los espías de la DFS, información que se encuentra ahora en la Galería 1 del Archivo General de la Nación, área bajo custodia del Centro de Investigación y Seguridad Nacional”.

El reportaje añade que las tarjetas de los agentes de la DFS, fechadas un día después de la matanza, refieren: “Severiano Analco, vigilante de las ruinas de Xochicalco, observó ayer como a las 18:00 horas la llegada de dos carros negros y un jeep a ese lugar y que cuando se dirigió a los visitantes para ver qué se les ofrecía, un elemento en mangas de camisa lo encañonó con una ametralladora ordenándole que se retirara del sitio”.

Durante sesenta años, la familia Analco se abstuvo de revelar lo que sus hombres sabían. “Algunos de los sobrevivientes no lo comentaron siquiera con sus esposas e hijos. Y actualmente no todos están dispuestos a platicar sobre esos hechos”, escribe Zósimo Camacho.

Heriberto “El Pintor” Espinoza, señalado por Raquel Jaramillo como el delator que entregó a la familia masacrada, apareció muerto en septiembre de 1962, en Guerrero. Del capitán José Martínez no se volvió a saber más.

El llano terregoso donde quedaron tirados Epifania Zúñiga y sus tres hijos fue empedrado para volverlo estacionamiento de la zona arqueológica de Xochicalco.

Al filo de la barranca donde los ejecutores tiraron el cuerpo del dirigente agrario, bajo la sombra de huizaches y parotas, una columna ostenta una placa que dice: “Los campesinos y el pueblo de Morelos, en homenaje a los luchadores sociales Rubén Jaramillo Ménez, Epifania Zúñiga García y sus hijos Enrique, Filemón y Ricardo, asesinados en este lugar el 23 de mayo de 1962”. El hijo nonato de ambos agraristas, también asesinado, no pudo nunca recibir un nombre. Tampoco sus asesinos recibieron condena alguna.

Expedition La Perouse

El destino de La Pérouse

—¡Ah! ¡Qué hermosa muerte la de aquel marino! —exclamó el capitán Nemo—. ¡No hay tumba más tranquila que esta tumba de coral, y Dios quiera que ella sea la de mis compañeros y la mía!

Julio Verne, Veinte mil leguas de viaje submarino

Doscientos veinte hombres se embarcaron junto con el capitán de navío Jean-François de Galaup, conde de La Pérouse, y el capitán Paul Fleuriot de Langle, cuando ambos fueron enviados a explorar el Pacífico sur, en 1785, comandando las corbetas La Boussole y L’Astrolabe (La Brújula y El Astrolabio). El rey Luis XVI de Francia consideró que era el momento de sumar su reino a las brillantes expediciones exploradoras que Inglaterra encabezaba en la parte aún inexplorada del Pacífico.

Además de marineros, entre los más de dos centenares de navegantes que se enlistaron con La Pérouse y Fleuriot iban tres naturalistas, un astrónomo, un matemático, un médico y tres dibujantes, además de cuatro o cinco sacerdotes con interés en las ciencias.

Atendiendo los consejos de su ministro de marina, el rey Luis esperaba superar las hazañas del capitán James Cook en aquel océano. Dotó a las corbetas (navíos de guerra ligeros, a tres velas) con los máximos adelantos tecnológicos de la época, y las abasteció con bastimentos para un viaje de tres años.

En la primera etapa los barcos llegaron a Alaska, donde La Pérouse acopió un cargamento de pieles. Luego pasó a las Californias. Ningún francés había puesto pie en ese territorio. La Pérouse —tras de visitar las fortalezas-presidio de San Francisco y Monterrey— escribió un informe para censurar el trato que los franciscanos daban a los indígenas.

Cien días después, La Brújula y El Astrolabio atracaron en Macao, donde el conde vendió las pieles y repartió las ganancias entre su tripulación, con notable generosidad. De allí, La Pérouse enfiló sus naves a Manila, y luego a Corea. En esa ruta descubrió la isla Moneron.

Para septiembre de 1787 la expedición francesa alcanzó la península de Kamchatka, en Rusia. El conde hizo un alto para dar descanso a sus marinos, esperando instrucciones del rey. Le llevó las órdenes el vicecónsul Jean-Baptiste-Barthélemy de Lesseps (tío del futuro constructor del canal de Suez). A La Pérouse se le indicó indagar qué hacían los ingleses en Nueva Gales del Sur, Australia.

En el trayecto, un accidente mató a 21 marineros de La Brújula. Luego, al hacer escala en Samoa, los buques fueron atacados por nativos. En El Astrolabio, el capitán Fleuriot de Langle, un científico y otros diez tripulantes perdieron la vida. Veinte marinos más salieron con lesiones del combate. La Pérouse, pese a todo, logró conducir su expedición hasta llegar a la bahía de Botany, en Australia, a fines de enero de 1788.

La llegada del navío francés ocurrió cuando las primeras flotas procedentes de Inglaterra descargaban a los convictos que poblarían Sidney hasta convertirla en ciudad, y que se extenderían por el resto de Australia. Por ello, las autoridades inglesas recibieron con gran amabilidad a La Pérouse. El conde, cumpliendo sus secretas órdenes de vigilancia, informó que los ingleses estaban trasladando a sus “colonos” de la bahía de Botany a la cala de Sidney.

El conde La Pérouse estacionó sus naves en Botany para que sus veinte heridos reposaran. Lo mismo hizo el resto de la tripulación. Los científicos y artistas aprovecharon el alto para hacer observaciones astronómicas y recolectar minerales, así como muestras de plantas y de fauna. Entregaron estas colecciones al mercante inglés Alexander para su traslado a Europa.

Cuando las tripulaciones de La Brújula y El Astrolabio acumularon suficiente agua dulce para continuar viaje, su comandante anunció la ruta que seguirían antes de retornar a Francia. Ambas naves debían recorrer Nueva Caledonia, los archipiélagos de Santa Cruz y Salomón, hasta el de las Luisiadas en Papúa-Nueva Guinea. De allí, las corbetas volverían a Francia.

El 10 de marzo de 1788, los reos ingleses y algunos indígenas residentes en la bahía de Botany fueron los últimos en ver a los dos ligeros buques alejándose hacia los confines del Pacífico. Mucho después se supo que un tifón arrojó ambos barcos contra un arrecife de coral en junio de 1788, en el límite de los archipiélagos Salomón y Santa Cruz. La Brújula fue el primer navío en hundirse y no tardó en seguirle El Astrolabio. La mayoría de los tripulantes perecieron. Sin embargo, algunos marinos lograron salvarse y alcanzar la cercana isla de Vaníkoro, en el archipiélago de Santa Cruz.

Aunque al parecer los sobrevivientes de la expedición intentaron llamar la atención de barcos europeos mediante fogatas, no consiguieron que los rescataran. Se sabe que en noviembre de 1790 la fragata Pandora de la Armada inglesa, mientras se dirigía a capturar a los famosos amotinados de la Bounty, avistó señales de humo en Vaníkoro, pero no se detuvo a investigar.

En Francia, el rey Luis XVI seguía esperando noticias de La Brújula y El Astrolabio. Al monarca lo sorprendió el asalto a las Tullerías en 1789. Aun cuando fue apresado por los revolucionarios poco después, siguió pidiendo hasta 1791 a la Asamblea que enviase una misión de rescate. Ésta le fue confiada al almirante Antoine Bruni d’Entrecasteux, quien siguió la ruta de La Pérouse. En 1793 Entrecasteux pasó ante Vaníkoro sin detenerse, aunque denominó el punto como Isla de la Recherche (de la Búsqueda). La misión no pudo hallar rastros de La Brújula ni de El Astrolabio. Se cree que en ese momento aún sobrevivían allí dos marinos de La Pérouse.

Ese año de 1793, mientras Entrecasteux llegaba a Australia, Luis XVI tuvo que someterse a la guillotina de los revolucionarios (la mayoría de los cuales no tardarían en sufrir violentos fines). Al salir de la prisión para conducir al cadalso a su antiguo soberano, los guardias lo escucharon referirse, no a su infortunio, sino al del explorador: “¿Tenemos noticias del señor de La Pérouse?”, dijo el prisionero antes de subir a la carreta fatal.

Con la caída de los ejecutores de Luis XVI, Napoleón Bonaparte no tardó en encaramarse al poder en Francia. A sus 16 años de edad, el corso había pedido un puesto (que no obtuvo) en la expedición de La Pérouse. Después, durante los años que el emperador mantuvo en guerra a su país, de 1804 a 1815, todos olvidaron a la infortunada expedición. Napoleón también cayó, volvió a hacerse fugazmente con el poder y terminó sus días en la isla de Santa Elena en 1821.

La suerte de La Pérouse, sus hombres y embarcaciones siguió sin conocerse hasta 1826. Al atracar su mercante en una isla del archipiélago de Santa Cruz, el irlandés Peter Dillon vio que los nativos portaban espadas francesas, a juzgar por las inscripciones. Una de las armas era de plata. Admirado, pues en aquella zona sólo circulaban manufacturas locales o inglesas, el capitán indagó de dónde procedían las espadas. Los nativos le dijeron que las habían obtenido intercambiando objetos con habitantes de la cercana Vaníkoro.

Dillon quiso llegar a esa isla pero el clima lo obligó a seguir viaje por otro rumbo. No olvidó el misterio de las espadas, con todo, e insistió ante sus jefes de la Compañía Inglesa de las Indias Orientales para que le dejaran conducir una embarcación a Vaníkoro. Ahí llegó en septiembre de 1827 para interrogar con la ayuda de un traductor a los nativos. Le contaron que dos naves fueron destrozadas por los arrecifes, que los náufragos habían permanecido en la isla hasta que construyeron un bote y partieron todos, menos dos que murieron en tierra.

Había rastros de los náufragos que Dillon recolectó. Después de ver hendiduras de hachas europeas en ciertos sitios, se ocupó de localizar los lugares donde los navíos encallaron. Compró a los indígenas cuanto objeto le pareció que pertenecía a los infortunados viajeros y los llevó a París. El vicecónsul De Lesseps acudió a ver los objetos. Al examinarlos, dijo que sin duda provenían de La Brújula o de El Astrolabio.

Julio Verne aprovechó las noticias de Dillon para recrear los hallazgos del irlandés en su novela Veinte mil leguas de viaje submarino:

Allí pudo recoger numerosos restos del naufragio, utensilios de hierro, áncoras, estrobos de poleas, cañones, un obús del dieciocho, restos de instrumentos de astronomía, un trozo del coronamiento y una campana de bronce con la inscripción: «Bazin me hizo», marca de la fundición del arsenal de Brest hacia 1785.

En 1818, el diario The Madras Courier publicó la historia del náufrago hindú Shaik Jamaul, quien al recalar en las islas Murray, al norte de Australia, notó que los indígenas portaban algunas armas “diferentes de las inglesas”. Además, le mostraron un reloj de oro y una brújula. Preguntando a los isleños sobre esos objetos, Jamaul averiguó que treinta años antes unos náufragos habían llevado consigo los artefactos, después de que su barco se hundió en una isla cercana. Los indígenas los mataron a todos, excepto a un muchacho al que permitieron quedarse en la isla. Para el momento en que el hindú vio las armas e instrumentos, el jovencito ya no vivía.

La historia de Shaik Jamaul quedó olvidada hasta el año 2017 cuando Garrick Hitchcock, antropólogo de la Australian National University, leyó el relato y lo relacionó con los náufragos de La Brújula y El Astrolabio. Así, aumenta la certeza de que los sobrevivientes de la infortunada expedición acabaron sus días en aquellas comarcas.

En 1826, Jules Dumont d’Urville se lanzó a dar la vuelta al mundo en la corbeta Astrolabio (bautizada así en honor a la nave de La Pérouse). Famoso por haber llevado a Francia la estatua de la Venus de Milo, Dumont d’Urville siguió la ruta del conde y su tripulación desaparecidos. Llegó en 1827 a Vaníkoro. Allí extrajo de los arrecifes un ancla y cañón; además, halló restos de botes salvavidas. El capitán del nuevo Astrolabio hizo construir un cenotafio a la memoria de sus compatriotas en Vaníkoro. Continuó su viaje hasta retornar a París, donde sorprendió a los franceses con sus numerosas muestras y anotaciones científicas, que incluían los pecios de La Brújula y El Astrolabio original.

Pese a sus contribuciones a la marina francesa, Dumont d’Urville cayó en desgracia ante los inestables gobiernos post napoleónicos. Pasó siete años en comisiones baladíes, de 1830 a 1837, hasta que consiguió ser asignado en nueva misión: con su Astrolabio, exploraría la ruta hacia el Polo Sur. En 1838 y 1840 llegó a la Antártida. En esos viajes conoció al comandante inglés John Franklin, quien años después, en 1846, desaparecería en el ártico junto con los 129 tripulantes de sus naves Erebus y Terror. Dumont d’Urville, muy enfermo, se estableció al fin en Francia con su esposa e hijos. No pudo disfrutarlos mucho, porque falleció en el primer accidente ferroviario de la historia de Francia, en 1842. Iba en el tren de Versalles a París, que se volcó en Meudon; al estrellarse con la locomotora, los vagones de pasajeros se incendiaron. Las puertas iban selladas con cerrojos desde afuera. Sin poder salir de esa trampa, Dumont d’Urville pereció junto con su esposa.

En 1869 Julio Verne aprovechó la historia de La Pérouse para uno de los capítulos más emotivos de Veinte mil leguas de viaje submarino. En ese fragmento, Verne urdió que su antihéroe, el capitán Nemo, había resuelto el enigma de la expedición:

—El Boussole, que iba delante, tocó en la costa meridional. El Astrolabe, que acudió en su ayuda, encalló también. El primero quedó destruido casi inmediatamente. El segundo, encallado a sotavento, resistió algunos días. Los indígenas dieron una buena acogida a los náufragos. Éstos se instalaron en la isla y construyeron un barco más pequeño con los restos de los dos grandes. Algunos marineros se quedaron voluntariamente en Vaníkoro. Los otros, debilitados y enfermos, partieron con La Pérouse hacia las islas Salomón, para perecer allí en la costa occidental de la isla principal del archipiélago, entre los cabos Decepción y Satisfacción.

—¿Cómo lo sabe usted? le pregunté.

—Encontré esto en el lugar del último naufragio.

El capitán Nemo me mostró una caja de hojalata sellada con las armas de Francia y toda roñosa por la corrosión del agua marina. La abrió y vi un rollo de papeles amarillentos, pero aún legibles. Eran las instrucciones del ministro de la Marina al comandante La Pérousse, con anotaciones al margen hechas personalmente por Luis XVI.

La auténtica exploración submarina, a partir de 1964, ha rescatado otros restos de La Brújula. Reece Discombe, al mando de una expedición francesa, extrajo varios objetos del fondo del mar: los principales, la campana de La Brújula, un cañón y un cuadrante. En 2005 otras investigaciones submarinas lograron el rescate de miles de objetos, entre ellos un sextante con la inscripción Le Mercier, registrado en el inventario del buque. En tierra, la búsqueda arqueológica descubrió rastros de un asentamiento de náufragos del siglo XVII, llamado ahora El Campamento de los Franceses.

En 2007 otros buzos hallaron dentro del barco hundido un cráneo y algunos huesos. Se examinaron esos restos para saber si eran de La Pérouse, pero resultó que eran de un hombre de no más de 35 años. El comandante de La Brújula tenía 47 años al hundirse su nave. Así, continúa siendo un misterio el destino final de Jean-François de Galaup, conde de La Pérouse.

Laura Itandehui Augusto Bracho (1)

Evocan, renuevan, encantan

Augusto Bracho, cantante venezolano, vive en México y en otros países. Migrante, su errancia lo ha llevado a interesarse por la música nueva sin perder la capacidad de que en sus composiciones resuenen sones tradicionales: bolero, bambuco, candombé, clave, chilena. Su talento como intérprete de la guitarra y cantante le permite dar su propia voz a las canciones que compone a partir de su experiencia como transterrado. En sus melodías y letras esa vivencia suena a destierro, a doliente recordatorio de las dificultades para ser en tránsito sin perder la identidad.

Laura Itandehui es una cantante mexicana de ascendencia oaxaqueña y tamaulipeca. Aquí no se le escucha, pero no le hace falta. Ha hecho su carrera entre las capitales de México y España. Compone e interpreta jazz y canciones mexicanas, con una voz clara y armónica que debiera resonar en el auditorio Guelaguetza, en lugar de que ahí se reciclen seudocantantes con antecedentes criminales o se dé espacio preferente a algunas débiles vocesitas de moda.

Pero estos dos notables intérpretes y compositores, Laura Itandehui y Augusto Bracho, no se presentaron en un gran auditorio de Oaxaca, sino en un espacio íntimo, aunque de muy adecuada resonancia para sus canciones tan pronto melancólicas, tan pronto cómicas e irónicas, que demuestran la versatilidad de sus intereses y conocimientos musicales.

El Foro 8 Temblor, del restaurante El Humito en la Panorámica del Fortín, fue el escenario para que Augusto Bracho y Laura Itandehui presentaran sus melodías y letras el 9 de julio último, cobijados por la hospitalidad de la gran cantante y compositora Lila Downs y su pareja, el excelente jazzista, arreglista y director musical Paul Cohen.

En el Foro 8 Temblor, Bracho presentó las canciones de su disco Música moderna, magnífica recuperación del bolero, el son, el candombé, la clave y el bambuco, más otros ritmos que dieron al concierto del guitarrista un sabor cubano y colombiano, sin olvidar toques mexicanos y venezolanos.

Laura Itandehui, por su parte, abrió el concierto con sus temas mexicanos, con apasionamiento no despojado de ironía o malicia, además de acompañar algunas de las mejores piezas de Bracho con su voz tan dulce como enérgica.

Como letrista, Augusto Bracho es prolijo, recurre al lenguaje coloquial, pero es capaz de hilar largos poemas melodiosos que exigen memoria y atención cuando los desenvuelve ante los oídos habituados a las reiteraciones de intérpretes actuales que obstruyen los escenarios con composiciones inanes. Acaso por eso, la primera producción melódica de Augusto Bracho, Mercado de los Corotos, apareció no en una disquera convencional, sino en la editorial literaria Malpaís, que dirige en la Ciudad de México el poeta oaxaqueño Iván Cruz Osorio.

Laura Itandehui, como letrista, es muy directa y elocuente, en la tradición de la canción ranchera, con esa tranquila desesperación que explicitan las mejores canciones de, por ejemplo, Vicente Garrido o Juan Záizar. Su voz, dulcemente modulada, cálida, capaz de repuntar a capella con el solo acompañamiento de dos claves de madera, establece una diferencia fundamental en el canto a que estamos acostumbrados.

No es la de Laura Itandehui la muy poderosa voz de Lila Downs, pero tampoco es la casi inaudible y escuálida emisión de cantantes de moda extranjeras que, para paliar sus limitaciones, pintan y de vez en cuando se desnudan de la cintura para arriba en pleno escenario. No, esta cantante de ascendencia oaxaqueña —nacida en 1993— es una voz distinta y sugerente, aunada a un talento categórico en la composición.

El concierto de Augusto Bracho y Laura Itandehui en el Foro 8 Temblor fue un acontecimiento artístico en una ciudad aún privada de manifestaciones musicales importantes. De hecho, en el Foro ya mencionado han florecido desde hace meses magníficas muestras de música popular, con músicos locales como Paul Cohen y su ensamble de jazz, Alberto Revilla, Chacombo, Ana Díaz, Caboclo, Arquetipo, Steven Brown, Amadeus Trío y otros grupos de gran calidad.

En cuanto al cantautor Augusto Bracho, antes de convertirse en solista se llamaba Gustavo Guerrero y comenzó su carrera musical con el trío Cunaguaro Soul, para después convertirse en director musical y guitarrista de Natalia Lafourcade, con quien colaboró en tres álbumes: Hasta la raíz y los dos titulados Musas.

En una entrevista con la revista Vice, el cantautor informó que “se le conoce como El Soldador de los Ritmos por su capacidad de fundir elementos de un sinfín de tradiciones del continente en su ilimitado repertorio: puede cantar con el mismo entusiasmo un merengue, una ranchera, una cumbia, un son cubano, un golpe tuyero o una gaita zuliana”.

Augusto Bracho ha recorrido diferentes países de Iberoamérica con sus canciones. En el concierto del sábado 9 de julio en el Foro 8 Temblor, el intérprete anunció que está realizando una gira por todo México, luego de haber permanecido en la costa oaxaqueña durante la pandemia.

En esta gira nacional lo acompaña la cantante y compositora Laura Itandehui Velasco, quien estudió en la Escuela Superior de Música de la Ciudad de México y comenzó su carrera en la Orquesta Nacional de Jazz de México. En 2021 lanzó su primer disco, Laura Itandehui, de cuyas ocho piezas la artista destaca Ojalá me olvides, “un bolero tal cual debe ser un bolero, con órgano, guitarra y una letra dolorosa”, así como Queriéndote en silencio, vals peruano “que combina el sabor sensual con el pasional, inspirado en el sentimiento que se vive cuando una persona te gusta, pero no estás realmente seguro si tú le gustas”.

A los temas que la propia Laura Itandehui destaca, cabe añadir Yo no necesito de mucho, canción sostenida por la pura voz de la cantante, de la cual surgió un videoclip en 2020.

La presentación del cantautor venezolano y la cantautora oaxaqueña en el Foro 8 Temblor es un afortunado encuentro que debiera repetirse en otros espacios de Oaxaca, no sólo para desplegar el talento de una intérprete mexicana cuya trayectoria merece reconocimiento sino, sobre todo, para que los públicos locales recuperen la sana convivencia con melodías que parten de la tradición americana, la renuevan y encantan con su contundencia poética y melódica.