Autor

Renato Galicia Miguel

Después de 33 años en el oficio, me identifico como un informador, un periodista sin etiquetas. Concibo al periodismo como una vocación de servicio y responsabilidad social.
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Por costo político, legisladores federales no discuten legalización de marihuana: Litigio Estratégico

Ante la pasividad del  Congreso de la Unión y el cabildo del ayuntamiento de Oaxaca de Juárez para actuar respecto al consumo del uso lúdico de la marihuana en espacios públicos, surgieron distintas posturas, incluso polémica entre la sociedad oaxaqueña.

La situación se complicó luego que, el 28 de junio de 2021, ante la inacción de las cámaras de Diputados y Senadores para legislar en tiempo y forma sobre el tema, la Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) declaró inconstitucional la prohibición de ese consumo que establecía la Ley General de Salud.

En tanto que el 13 de abril de 2022, el ayuntamiento de Oaxaca de Juárez “coincidió” —según comunicado oficial— con integrantes del Plantón 4:20 —movimiento que lucha en favor del uso recreativo de la marihuana— en asumir esa Declaratoria de Inconstitucionalidad de la SCJN, resaltanto el punto de proteger el derecho de las personas sobre las que no se haya autorizado su consumo, especialmente niños, niñas y adolescentes.

También llamó a evitar el consumo de cannabis en sitios donde haya menores de edad  o exista inconformidad expresa de otras personas y exhortó a la policía municipal a que se abstengan de causar actos de molestia a los consumidores.

 Y dejó el asunto en suspenso.

A partir de esa fecha y ante el “hueco jurídico” federal y la ambigüedad de esa suerte de acuerdo municipal, integrantes del Plantón 4:20 establecieron un espacio de consumo en el parque El Llano de la ciudad de Oaxaca y celebraron ahí, el 20 de abril, el Día Mundial de la Marihuana.

Luego, el 22 de mayo, el cabildo de Oaxaca de Juarez dispuso un punto de acuerdo impulsado por  la concejal Mirna López Torres para declarar libres de marihuana  a los parques y jardines públicos de la capital oaxaqueña.

El dictamen permanece en revisión en comisiones unidas desde julio anterior.

De acuerdo con información de la reportera Lisbeth Mejía, del periódico El Imparcial, el 25 de agosto, el munícipe capitalino, Francisco Martínez Neri, expuso que no hay permisos para fumar marihuana en espacios públicos del municipio y que solo se ha procedido y procederá  conforme a la sentencia de junio de 2021 de la SCJN.

Aclaró que se espera que en menos  de un mes—a partir de ese 25 de agosto, se entiende— el cabildo tome una postura definitiva y también que en un momento dado haya una reglamentación federal que emane del  Senado.

Por su lado, la concejal López Torres especificó que no se pretende prohibir o reglamentar el consumo de cannabis, sino determinar el uso de espacios públicos, como se hace en el caso del comercio ambulante.

Posteriormente, a finales de julio pasado, un niño oaxaqueño, asesorado por la Asociación Litigio Estratégico Indígena, presentó un amparo ante el juzgado primero de distrito del estado contra el consumo lúdico de marihuana en El Llano. Sobre este punto en específico, Carlos Morales Sánchez, presidente de la instancia, respondió las siguientes preguntas:

—¿Dónde está el problema o en quiénes?

—En primer lugar, hay que aclarar que no existe la legalización del consumo de la marihuana, porque eso implicaría que hay una ley que permite el consumo de marihuana.  Lo que la SCJN estableció es que las personas que consumen aquella de manera lúdica no deben ser sancionadas penalmente en algunos casos y condiciones. Es decir, no es un discurso permisivo, sino uno no sancionatorio, pues la Corte determinó lo anterior declarando inconstitucional diversas normas de la Ley General de Salud que sancionaban la posesión de estupefacientes.

Para este abogado oaxaqueño, los legisladores federales deben adecuar la Ley General de Salud conforme a la visión de la SCJN e ir un poco más allá.  La Corte, precisa, solo se pronunció sobre el consumo lúdico, pero no ha dicho nada respecto de la adquisición de la marihuana por parte del consumidor.

La venta de estupefacientes, explica, sigue estando tipificada en el artículo 194 del Código Penal Federal. Es decir, el criterio de la SCJN es que no se sancione el consumo lúdico de la marihuana, pero nada se dice respecto de la conducta de adquisición del estupefaciente.

Así, “cuando el usuario lúdico de la marihuana compre el estupefaciente estaría actualizandoel tipo penal de compra, y el que le vendió, el tipo penal de venta”.

— ¿Cuáles han sido las consecuencias?

—La inacción legislativa federal es evidencia de que el Congreso de la Unión no quiere entrarle al debate sobre el tema. Los diputados y senadores siguen pensando en los costos políticos que les podría acarrear en los votantes la aprobación de una ley que establezca con claridad las cantidades, condiciones y modos del consumo de marihuana en México. Entre otras cosas, porque aún existen en el país personas que satanizan el consumo.

Ahora, agrega, hay que decirlo con claridad: los municipios de México no pueden expedir reglamentación sobre el tema. La única autoridad que tiene facultades para legislar sobre estupefacientes es el Congreso de la Unión.

Pero, además, hay un punto preocupante: el narcomenudeo: “en relación con el amparo promovido por el niño indígena se establece que esta conducta está prevista como delito en la Ley General de Salud, por lo que el presidente municipal no consideró que al permitir el consumo en el parque también está permitiendo la venta del estupefaciente en ese espacio”.

— ¿A la discusión sobre cómo legalizar la marihuana le falta mucho más alcance y profundidad?

—Hay gente preparada en las cámaras legislativas para discutir el tema.  Lo que ha faltado es voluntad política. Por otra parte, la discusión deberá ser auténtica. La SCJN ha indicado que en casos como el que se analiza, la reforma de ley debe estar precedida por una auténtica deliberación democrática que incluya la celebración de foros de discusión con los sectores sociales interesados. Además, la Corte ha dicho que en estos casos, la reforma de ley deberá contar con una motivación reforzada que explique de manera clara y profunda las razones de la ley.

—¿Por qué se promovió el amparo a través de un niño, no sería más lógico que los padres de él lo interpusieran?

—En Litigio Estratégico Indígena hemos acompañado la lucha de varias niñas y niños. Trabajamos con infancias, personas con discapacidad, mujeres privadas de la libertad, comunidades indígenas. Y en todo los casos de manera gratuita a pesar de que no recibimos financiamiento de nadie.

“El niño tuvo conocimiento de nuestra lucha por los derechos de la infancia y se puso en contacto con nosotros con un familiar.  Acudió a nuestras oficinas con sus padres y nos explicó su preocupación y zozobra, que es legítima.  Escuchamos su narrativa y con base en lo expuesto elaboramos la demanda de amparo que fue presentada ante el juez primero de distrito en el estado.  Fui designado representante especial del niño”.

Para Litigio, la promoción de juicios de amparo presentados por niños, además de ser una herramienta de cambio social, tiene un propósito pedagógico: permite al infante ser sujeto de cambio social e incidir en los cambios sociales. Él seguramente será un adulto interesado en incidir en su entorno, dice.

Sobre este aspecto en particular, es decir, el que el amparo lo haya presentado un niño,  fue consultado el ex activista de la legalización del uso lúdico de la marihuana Fernando Lobo, escritor oriundo de la Ciudad de México que lleva residiendo muchos años en Oaxaca. Esta fue su respuesta íntegra:

Poco antes de la prohibición del cannabis en Estados Unidos, era común leer en ciertos diarios sensacionalistas, notas sobre crímenes cometidos por personas negras o mexicanas “embrutecidas por el efecto de la marihuana”. Estas notas sirvieron como pruebas para que la Asociación Médica Americana (AMA) informara que el consumo de THC produce alucinaciones, visiones y reacciones violentas, sin necesidad de realizar investigaciones científicas.

El informe de la AMA sirvió como base para que el congreso de Estados Unidos prohibiese en 1937 la producción, el comercio, la posesión y el consumo de la hierba, prohibición que acabaría por extenderse a todo el mundo.

En México, los psiquiatras Leopoldo Salazar Viniegras y Jorge Segura Millán realizaron exhaustivos estudios formales sobre el consumo de marihuana, los cuales concluyeron que el THC no produce visiones, alucinaciones o reacciones violentas. Tales conclusiones coincidían con el Informe Laguardia elaborado por la alcaldía de Nueva York, o los estudios de la Indian Hemp Drugs Comission del gobierno británico. Ahora está claro que las alucinaciones eran pura invención de la prensa amarillista gringa, pero hasta la Organización Mundial de la Salud las aceptó (y además proscribió la investigación del THC en seres humanos).

Desde entonces, el consumo de la hierba está rodeado de prejuicios. Nuestras sociedades construyeron durante décadas esta imagen ficticia del marihuano embrutecido y delincuente. En cierto modo es sorprendente que ya estemos hablando del espacio público. Cuando participé en campañas a favor de la legalización en el año 2002, el debate era más rupestre. Políticos, funcionarios y opinadores eran incapaces de distinguir un “churro” de un rábano.

En México, aunque el Congreso ya votó por la legalización y la Suprema Corte instruyó su reglamentación, el gobierno ha determinado hacer caso omiso. Supongo que esto es producto de una pertinaz desinformación. Los activistas de la legalización tienen trabajo por delante. Resulta ilustrativo que la responsabilidad del amparo contra el consumo de hierba en el parque El Llano recaiga sobre un niño. Es el síntoma de una sociedad infantil, incapaz de asumir sus propias libertades.

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Época dorada, prisión, tortura, sobrevivencia y regreso de un artista comprometido socialmente

Es doloroso recordarlo. Ví cómo le tronaron lo dedos a un profe de educación física delante de mí: trac, sonó. Gritó. A él no —a mí, pues, relata el artista oaxaqueño Dionicio Martínez—, dijeron, a él llévenlo a un cuarto oscuro.

Sé dónde está ese sitio. Ahí, un güey me empezó a golpear: hey, qué pedo, dije. Dónde está el hijo de la doctora Escopeta, preguntaron, tú eres su amigo. No sabía, pero si hubiera sabido, por supuesto que no lo habría dicho, por supuesto que no.

Me siguieron golpeando. Sientes la muerte, todo lo oscuro cae en tu cabeza y baja. Me desmayé, pensé que había muerto. Cuando desperté, un güey me iba a golpear de nuevo. Salió mi dignidad: hey, hey, hey, no mames, qué más quieres de mí. Que se va. Me subieron a una camioneta.

Ya en la cárcel, nos dieron uniformes: cambiénse, ordenaron. Cuando me quité la playera, Uriel, que tenía 17 años, vio mi cuerpo morado por todos lados, excepto mi cara, estaba yo bien puteado, hinchado de tanto madrazo. Casi llora: oye güey, qué te hicieron, exclamó. Éramos tres en la celda, con Uriel e Ignacio, cuyo caso era peor porque tenía a su papá preso también en ese penal. Me subieron a la única cama de cemento. Ellos se dormían en el piso. Me cuidaron. Molieron la comida para que pudiera tragarla. Sobreviví.

Continúa su narración este pintor detenido por la Policía Federal Preventiva en el jardín El Pañuelito del centro de la ciudad de Oaxaca la tarde-noche del 25 de noviembre de 2006,  cuando trató de auxiliar a unas profesoras a las que estaban golpeando y le cayeron como mil policías, dice con humor, y puesto preso durante varios meses en el Centro Federal de Readaptación Social El Rincón, ubicado en el estado de Nayarit.

Se supone que [Francisco] Toledo abogó por mí y Juan de Dios… y  fui de los primeros en salir.

Es doloroso recordarlo. Para entrar o salir de la celda tenías que hacer nueve posiciones, a mí me dañaron dos costillas, sudaba frío del dolor, tenía que aguantar la humillación más terrible que puedes imaginar.

Hubo una licenciada que nos ayudó, y un día me dijo: oye, por qué no pintas algo sobre la tortura… Cuando me lo comentó, sentí un dolor en toda la columna. Pero lo hice, presenté una exposición de grabados en 2007.

Hoy me digo ya basta. Me he hecho güey, siempre he pintado, pero de forma madura solo últimamente: el próximo año montaré una exposición, quizá con Noel Cayetano, tal vez en Estampa.  Hay que superar todo, porque en la actualidad ni movimientos [sociales]  hay. Cuáles, respondo cuando me hablan de eso: ya no hay.

El artista habla desde su casa-estudio del municipio de Santa Lucía del Camino, situado a unos pasos del Centro Cultural y de Convenciones de Oaxaca. Entre el contraste de la suntuosidad de este inmueble y la populosa calle Lázaro Cárdenas, Dionicio Martínez nos hace recordar que lo que verdaderamente vale la pena es vivir. Vivir feliz.

—Estuviste en los inicios de las galerías más representativas de Oaxaca, dices.

—Estuve allá por 1989 en la que manejó Manolo Gómez a través de la asociación civil Culebra Pinta. Después en Arte de Oaxaca —creada por Nancy Mayagoitia, a quien trajo aquí Juan Alcázar—,  donde viví mi época dorada. También en la de Noel Cayetano.

—¿Cómo fue esa época dorada?

—Incluso económicamente me fue bien. Todos tuvimos chequera: Felipe Morales, Eddie Martínez, Rubén Leyva. Cuando no había dinero en la caja, firmaba un cheque, iba al banco y lo cambiaba.

—¿Qué tal los precios de las obras, era buen dinero el que recibían?, ¿cuánto valía un cuadro en ese tiempo?

—Era buen dinero… No recuerdo, mis cuadros eran baratos, quizá dos o tres mil pesos.

—¿Cómo comercializaban?

—Creo que Nancy ya había trabajado en una galería en la Ciudad de México, llegó con ese conocimiento, tenía contactos, una agenda de compradores, sobre todo de Estados Unidos. A todos nos iba bien.

Después, el primero de enero 1994, apareció el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) y a partir de ahí la pintura de este artista cambió radicalmente, dejó de ser lo que era y se volvió socialmente comprometida. Fue de los primeros pintores que se declaró zapatista, hizo una exposición en homenaje, donó obra. Pero se acabó su relación con Nancy —aunque sin ruptura, de manera sana.

—¿Cuál era tu temática antes de esto?

—Era costumbrista, con escenas del realismo mágico. Leí mucho a [Gabriel]  García Márquez. Monté una exposición que se llamó El amor en los tiempos del cólera. Fue una etapa álgida de mi trabajo que tenía que ver con la lectura, con mostrarla en la pintura.

—¿Te llegaron a calificar de naíf?

—Sí. A todos nosotros. Y creo que estaba en ese rollo, pero ¿sabes qué?, no hay problema, pinté lo que me gustaba y estuvo bien.

Dionicio Martínez nació en una rancho olvidado de apenas seis familias: Pueblo Viejo, se llama, está en San Antonio Huitepec, Zaachila. Procedo de una familia de campesinos pobres, cuenta, mi papá migraba por temporadas para darnos mejores condiciones de vida.  

Cuando la milpa estaba jiloteando y apenas iba a convertirse en elote, si se iban las lluvias, venía el drama, todos lloraban porque no habría cosecha. Mi abuelo lloraba y decía que alguien cometió pecado y que por eso había dejado de llover. Al otro día, sus hijas hacían tostadas para que los hombres se llevaran al Valle de San Quintín, Baja California, o a Tapachula, Chiapas. Mi mamá y mis tías se quedaban a cargo de los niños, a ver cómo sobrevivían. Sembraban maíz, frijol, calabaza, amaranto, este último lo tostaban cuando no había otra cosa y hacían atole para los niños. Después entendí que eso se llamaba sobrevivencia, la realidad de todos los campesinos.

A los nueve años lo mandaron a la ciudad de Oaxaca,  al internado Ignacio Mejía, ubicado entonces en El Llano. Empezó a modelar figuras, conoció a Kalimán en cuento, un bolero alquilaba esa y otras historietas por diez centavos. Entró a la secundaria de Reyes Mantecón. La maestra de artes plásticas Salustia Hernández, egresada de la Academia de San Carlos, lo formó a él, Eddie Martínez y Tomás Pineda. Era tan chingona, platica, que enseñó a chavitos de 12 años a hacer los bastidores con cola de conejo, blanco de zinc, al baño María. También tocó los teclados en un grupo que cantaba temas de Rigo Tovar y el Acapulco Tropical. Después se fue a la Escuela Normal Rural Mactumactzá, de Chiapas. Se convirtió en docente. Estuvo en la selva Lacandona. Tuvo una formacion socialista, le apostó a las armas.

Por el año 1992, aunque no como integrante oficial, estuvo en el taller Rufino Tamayo. Cuenta la historia: al maestro Toledo se le ocurrió hacer unas litografías ahí, en la sede de avenida Juárez. Llegó y se encerró, pero los chavos querían verlo trabajar. No quiso. Aquellos se encabronaron. Se enteró el gobierno, no pagó luz, agua y que cortan todo. Gonzalo Carreño pateó las puertas del Instituto Oaxaqueño de las Culturas (IOC), que dirigía Margarita Dalton. Vino la demanda.

Fue la “época de resistencia” en ese taller. Alguien le dijo  a Dionicio que podía asistir al Tamayo. Llegó, conoció a Hugo Tovar, Erasto García, incluso a Fernando Andriacci. Delia Contreras vivía frente a Santo Domingo, relata, ahí nos recibía, ahí comíamos. Hubo reuniones, protestas en la calle. El gobierno  pidió que se aceptara un director para solucionar el conflicto: llegó Juan Alcázar. Pero aquél  dejó de ir al espacio: ya había aprendido y hecho  lo que le tocaba.

—¿Qué sucedió a partir de 1994?

—Me dije: tienes que jugar tu papel histórico. Ya tienes dinero, pero ¿y los jodidos, los campesinos, tu familia? La realidad te rebasa. Me acordé de mis tías, una no habla español, otra lo entiende. Ellas criaron a una hermana mía que hoy es egresada de la UNAM.  A la goma todo, pensé, ahí cambió radicalmente mi pintura.

Allá por 1997 nadie le quería exponer en Oaxaca. Pero en San Miguel de Allende, Guanajuato, sí.  Le pagaron el viaje, montó un homenaje al EZLN. En ese tiempo obtuvo un premio en Japón que lo salvó, lo ganó con una mezzotinta sobre un niño zapatista con zapatos viejos en la selva.

—Se conjuntó en ti todo para que tuvieras esa tranformación como artista…

—Era una promesa, estuviera a la altura o me hubiera chingado a todos.  Dejé de vender, me volví entrenador deportivo.

—¿Te cerraron sus puertas las galerías?

—Imagínate que le presentes a un comprador de Estados Unidos el cuadro de un niño zapatista en un río. ¿Quién te lo va a comprar? Nadie me quiso exponer. No me arrepiento. Nunca he sido rico, pido prestado, pero soy un hombre feliz, reivindiqué a mis tías, mis tíos, gente bien jodida, campesinos pobres.

Se dedicó a hacer retratos, igual que ahora. Los vende a tres mil pesos, lo sacan de apuros. Vio cómo sus compañeros de generación empezaron a ganar millones. Y “dices, puta, pero si ese güey es un pendejo, pinta bien gacho. Lo admirable es que pintan feo y venden”.

—Con tu pintura social, ¿no has vendido nada?

—En San Miguel de Allende la compraban extranjeros… Mejor te doy un ejemplo: pinté a Lucio Cabañas, lo he dado en 500 pesos. Se supone que en Oaxaca se vendió en 12 o 15 mil, pero a mí me dieron 3 mil.  Es muy raro que alguien compre un Ricardo Flores Magón. Tengo grabados de la Liga 23 de Septiembre, un homenaje a un niño de 15 años que está bien madreado.  Quién me lo va a comprar, pues nadie, lo conservo. Me encanta lo que hago, sé que no se va vender, le aposté a eso y aguanto. Acabo de dar un grabado en cinco mil, y eso me da mucho gusto, tengo para pagar los 200 pesos que debo, comprar vino, chelas.

Y cuando de plano no hay, Dionicio Martínez decora botellas, por ejemplo. Sin problema. Recuerda a su papá —campesino, carpintero, inmigrante jornalero, de todo— cuando decía: lo que uno tiene que hacer para ganarse unos centavos. Y también a su mamá, quien tuvo su máquina Singer y se volvió  modista, diseñaba vestidos de novia, hacía blusas, faldas y camisas para sus hijos.

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Crónica solitaria: tarde insólita con dos chicas atrapagatos

La atrapagatos Sandra, enfermera de profesión ella, baja por la escalera metálica de la azotea con la jaula donde trae a la matriarca de la banda de unos 15 gatos que dominan la zona aledaña al comedor Las Jefas del barrio Xochimilco.

Raya la noche, la tarde ya no es parda, sino semioscura, y con la paciencia de varios años de experiencia, ha atrapado a la inteligentísima minina gris con rayas negras que lleva mucho tiempo sobreviviendo en techos de lámina y azoteas y soportando la tiranía del gandalla, grosero y astuto viejo macho que este día no se ha dejado capturar.

Un gato especial, sin duda, que sorpresiva e insólitamente orina a todos desde lo alto del techo.

Jazmín, la otra atrapagatos de esta dupla sensacional, una educadora de preescolar, se ha ido de avanzada con otros cinco felinos a la veterinaria Madero de Sonia, ubicada en la calle División Oriente, en el ex barrio del Marquesado, para su esterilización y posterior reinserción a su mismo ambiente.

Estas dos jóvenes que conformaron la organización sin fines de lucro Atrapa Gatos Oaxaca con el fin de capturar mininos en situación de calle y ferales, han ocupado casi tres horas para realizar su faena de este viernes.

La suya es una labor con una alta dosis de servicio social, humanitario.

La ciudad de Oaxaca es todavía comunitaria,  tal vida subyace y se manifiesta entre el turismo, los comercios que apuestan a la gentrificación y la carencia de políticas públicas de gobiernos de todos colores cuyos programas de esterilización de gatos y perros en situación de calle solo es discurso electorero.

Vecinos se han sumado a esta labor, en un viejo Datsun, una familia transporta a Jazmín y las tres jaulas donde lleva a dos parejas de felinos y uno más aparte, cubiertas con paños para evitar que se estresen en la medida de lo posible. Entre ellos va una gata en lactancia, la cual será esterilizada primero, haciéndole la escisión a un costado para que mañana mismo —es decir, este sábado 3 de septiembre— regresé con sus cuatro crías de solo 20 días de nacidas y pueda amamantarlas sin mayor daño.

Sandra se irá más tarde en la motoneta que de manera normal utilizan para transportarse ellas y sus jaulas, después que sigilosamente, sin que nadie se diera cuenta, se empeñara por atrapar a la matriarca del clan que ha vivido y se ha reproducido sin control en techos y azoteas de una zona del barrio de Xochimilco que, en la fachada, es ostentosa y culta.

—¿Cuándo y por qué iniciaron esta organización?

—Llevamos casi tres años —responde Jazmín—. Iniciamos, en primer lugar, porque nos gustan mucho los gatos. Después, porque quisimos rescatar a una gatita y sus gatitos que nacieron en una escuela. Con las crías fue fácil, pero la mamá era muy arisca. Investigamos la manera de atraparla, supimos que existían jaulas especiales, nos tardamos dos días en capturarla. Desde ahí nos dedicamos a esto y también a ayudarles a las personas que quieren esterilizar a sus felinos, pero que no pueden atraparlos.

—¿Cómo funcionan?

—Tenemos nuestra página de Facebook: Atrapa Gatos Oaxaca. Utilizamos el método CES (Captura-Esteriliza-Suelta).  Por lo regular, nos contactan en la página. A veces es muy rápido, otras, muy tardado. En algunas capturas nos llevamos 12 horas, pero, por ejemplo, si hay una colonia de diez gatos y solo atrapamos a unos cuantos, volvemos en los días siguientes por los restantes, y así. En una ocasión, en la colonia Alemán, nos tardamos meses con una gata muy arisca. Si se aparecía a las seis de la mañana, ahí estábamos, y si era a las diez de la noche, también. Hasta que cayó.

—¿Tienen gatos ustedes?

—Diez adultos, son gatos que ya no los quiso nadie; también tenemos ahorita tres pequeños que están en adopción.  

—¿Cómo se financian?

—Hacemos rifas y la gente nos ayuda con donaciones, que gastamos en alimento para los gatos . Por las capturas, pedimos una ayuda voluntaria, la que gusten, que también ocupamos para lo mismo.

—¿Por qué te dedicas a esto, Sandra?

—Porque me gustan los gatos. Antes no, tenía puros perros, pero hace como cinco años, Jazmín me dejó encargados a los suyos y me enamoré de ellos. Empezamos  a hacer las capturas, a auxiliar a la gente. Ver lo que sufren lo gatos de la calle, la verdad que conmueve, pero además, nos dimos cuenta que no hay nadie que se dedique a ayudarlos de lleno.

—¿Y qué tal te cae la gente que está alrededor de los gatos en situación de calle, tratar con ella quizá es la parte más difícil de su labor?

Ríe Sandra y responde: sí, me gustan más los gatos que la gente.

Y uno se queda pensando en el caso publicado en la página de Facebook Gatitos Oaxaca: el de la gatita Lili que cayó en el domicilio ubicado el número 314  de la calle Mártires de Tacubaya, de la zona centro de Oaxaca de Juárez, y que no se sabe si está viva o muerta porque la propietaria del inmueble no ha permitido su rescate.

Libros

Fábula oaxaqueña: las editoriales ahora venden imagen

De pronto se abre el bosque y aparece la visión, un trance que este reportero atribuye a su ingesta viciosa de nescafé: el sueño ha sido nítido, como cuando tomaba y en las peores crudas tenía aquellas pesadillas que luego supuse eran en realidad delirium tremens. ¿Cómo era posible que recordara el diálogo con tal precisión? Tanto, que me resultó imposible no transcribirlo, incluso a sabiendas de que no faltaría quien pensara que fue real:

—¿Para cuándo tu otra novela?

—Hola… jejeje.

—¿Qué onda? Es serio, te van a ganar todos, jajaja.

—Tengo una escrita, pero pues ya ves cómo es esto. La cosa es el financiamiento, imprimir con calidad es caro.

—¿La has propuesto?

—Sí, pero nadie la quiere, jajaja.

—¿Tan mala es? Jajaja.

—Sí, jajaja. Con la más recientemente publicada fue igual. Solo una persona creyó en mí.

—¿No le entras a concursos como esos de Amazon? Puedes ganar, por qué no.

—He mandado proyectos hasta el cansancio. Creo que depende de los respaldos.

—¿Valdrán la pena ese tipo de concursos, certámenes como los de Amazon?

—Mmm, pienso que la mayoría de premios ya están dados, los organizan las editoriales para premiar a autores de su propio catálogo.

—No seas envidioso.

—Jejeje. También he mandado a las convocatorias de instituciones de cultura, pero es lo mismo.

—Pero ahí qué puede haber. Las instituciones de cultura son invisibles, solo funcionan para los funcionarios, para que ganen un sueldo obscenamente alto. Me da la idea que el escritor no gana nada ahí, ni en un sentido económico ni de  promoción ni de nada.

—Es cierto, sólo gana en su ego. Incluso, pienso que mandar y publicar ahí es como quemar un proyecto.

—Ohhh.

—Bueno, vas a decir que soy envidioso otra vez.

—No, eres sincero

—Pues sí.

—¿Has leído a Guillermo Arriaga? Lo he estado leyendo con gusto,  lo cual creo se debe mucho a que en El salvaje y Retorno 201, al menos, habla sobre la zona y tiempo que viví en el Defe durante mi niñez y adolescencia en Ixtapalapa. Leí por ahí una crítica fuerte sobre su obra… pero es exitoso. Siquiera un exitoso así en Oaxaca, que no creo salga del ámbito editorial comercial, por cierto, quién será, quién será…

—Bueno, ya lo dije antes. La literatura propositiva actual no está necesariamente en las grandes editoriales: las editoriales ahora venden imagen, promueven a autores como si fueran rockstars.

—O autoras.

—Sí.

—A lo mejor van sobre las autoras: ¿será la próxima moda?

—Leí recientemente a dos plumas oaxaqueñas, y me decepcionaron. Pero eso no se dice en público, no es políticamente correcto. Digamos que no son las peores de Oaxaca, pero tampoco las mejores.

—Algunas obras de Arriaga no son de ahora, hay versiones de El salvaje  y  Retorno 201 de hace muchos años… ¿será que solo a partir de que las publican editoriales comerciales se vuelven exitosas ciertas plumas?

—Claro. Es así como se validan las obras, pero en este caso, pues es Arriaga, además.

—Necesitamos ese tipo de validación en Oaxaca, y que se publiquen las obras que están guardadas en el cajón, quien quita ya se escribieron obras chingonas y nada más falta que las descubran.

—O tal vez ya se publicaron y nadie les hizo caso. También se requiere un trabajo de crítica y rescate. Pero nadie se echa ese tiro.

El reportero acaba la transcripción en una sentada y se queda realmente pensativo, con quién platiqué en mi alucine, porque uno de los interlocutores soy yo, sin duda, pero el otro, quién es: cada vez son más fuertes las alucinaciones, con razón le dicen noescafé.

Óscar Tanat

Y el público volvió nacional a La bande-son-imaginaire

Unos 40 chavos y chavas portan vestimenta negra de terciopelo, botas de plataforma y charol, maquillaje blanco en la cara, uñas negras, estoperoles y gabardinas. Están congregados en el jardín Antonia Labastida del centro de la ciudad de Oaxaca a propósito de una convocatoria lanzada desde Radio Universidad. Como siempre, llega la policía para intimidarlos, darles a entender que no son gratos ahí. Es el año 2003, la contracultura, la banda marginal, la periferia de la urbe, choca con la imagen turística, con la Alta Cultura, con la decencia citadina, con lo políticamente correcto.

Los góticos, los punk, los dark, las tribus urbanas “eran súper marginales”. Si se juntaban cinco jóvenes para cotorrear en el jardín Conzatti, otro espacio público céntrico, la discriminación era peor: aun cuando no estuvieran bebiendo ni fumando, los vecinos llamaban a los polis y tenían que retirarse porque “eran sospechosos”.

En uno de los festivales oscuros realizados por ese tiempo, Óscar Tanat, creador de La bande-son-imaginaire, organizó un falso funeral, rentó un ataúd forrado de satín blanco, de esos que son para el tamañó de bebé, y unos 40 góticos marcharon cargando la caja por el andador turístico y otras calles hasta llegar a la Casa de la Cultura Oaxaqueña ante una sociedad escandalizada.

Este músico oaxaqueño es de San Martín Mexicapan, un barrio marginal, pesado, de la capital del estado, de la zona donde estaban todos los cholos, creció rodeado de ellos, pero sin identificarse con la música que escuchaban y su estilo de vida. Era solitario, “no sé qué diablos me llevó a la oscuridad, mi espíritu siempre ha sido así, me gustaba dormir vestido de negro, con veladoras arriba y las manos cruzadas, como si estuviera muerto”. Le producía placer cruzar el corredor turístico vestido de negro porque sabía que a la gente le incomodaba.

A la contracultura, a las tribus urbanas oaxaqueñas, cuenta, siempre les han faltado los espacios. Y los que llegan a tener, se los quitan, como ocurrió con el  Museo del Ferrocarril —hoy Museo Infantil de Oaxaca (MIO), un proyecto de la Fundación Alfredo Harp Helú—. “Cuando estaba Yadira Rodríguez como directora de ese espacio, llegaban punk, dark, teatreros, banda gay, todos, una confluencia extraordinaria, y le decían: ‘oye, quiero hacer algo’,  y ella siempre respondía que sí: no había este rollo del papel, del oficio, sino un trato humano. Ese Museo era elemental para la juventud, para la contracultura, para las tribus urbanas. Hoy  ese tipo de sitios no existen, dónde están los clubes de música subterránea o alternativa, ahora, todo en Oaxaca son mezcalerías. Antes, el folclor nos reprochaba la diferencia, en la actualidad, el folclor se volvió moda y nos devora, es un monstruo gigantesco que ya no te saca a la fuerza, sino por cuestiones económicas”.

Da la impresión de que las tribus urbanas están desapareciendo, pues aunque, por ejemplo, “la escena gótica es más grande porque Oaxaca ahorita es más abierto, quizá debido a que hace tanto calor, los chavos nada más se visten de negro para los eventos, pero es raro verlos cotidianamente, andan de civiles escondidos en la calle”.

Por si fuera poco, a nivel nacional, incluso en el ámbito de la contracultura, Oaxaca siempre ha estado marginado. “En un encuentro de música oscura en Puebla, todo el mundo me decía que si existían aquí góticos, darketos, punk.  Como que hay tribus urbanas oficiales, y normalmente son las de la capital del país, y las de ‘provincia’ qué”.

Pero resulta que La bande-son-imaginaire —integrada hoy por Óscar y Heri Ángelo Tanat y por el violinista Ramsés, de la ciudad de México— “es actualmente una banda nacional”, lo cual  lo ha “ganado a pulso, y no por hacer el proyecto en la Ciudad de México”, y ha andado de gira en Cuernavaca, Tijuana, Mexicali, Querétaro y este sábado  20 de agosto en Guadalajara,  y próximamente en Monterrey, Puebla, Guanajuato, San Luis Potosí y la CDMX.

—¿Cómo fue el inicio de La bande?

—Todo empezó en el año 2003, cuando se juntó la banda underground de Oaxaca, en tiempos que no había ni YouTube ni Facebook, como respuesta a una convocatoria en Radio Universidad de la UABJO  para reunirse en el jardín Antonia Labastida. Y fuimos.

Se generó una comunidad a la que le gustaba el metal y la música alternativa, que en ese entonces prácticamente no estaba presente en el ámbito cultural oaxaqueño: era pequeñita. Relata: surge la inquietud de hacer una banda. Tenía 19 años. Propuse  el Primer Festival de Arte Gótico en la ciudad de Oaxaca, que duró cuatro días. Pasamos películas en el cineclub El Pochote, hubo actividades en la Facultad de Bellas Artes, la Casa de la Cultura Oaxaqueña y la Casa de los Teatros. Y fundé un grupo para participar y con el que posteriormente grabamos un disco de una música extrañísima, rarísima. Después, la agrupación se disolvió.

Tras vivir en la Ciudad de México y estudiar teatro un rato, Óscar Tanat regresa a Oaxaca, se mete de lleno a la poesía, es parte del movimiento Poscorrientista.  Trabaja en la revista Jolgorio Cultural, ahorra lo que ganaba ahí, crea un estudio en su casa, jala a su hermano menor y pianista Heri, y empiezan a jugar. Había guardado su amor por el violín, en algún evento gótico  ve tocar al  Violinista Oscuro, quien se integra con ellos. Forman un terceto, crean el proyecto “En el cabaret del horror”.  Grosso modo, así nació La bande, aunque, claro, tiene que ver con una historia cultural larga, que no se dio por generación espontánea, sino  por un proceso, cosas que sucedieron en Oaxaca.

—¿Cuándo empezó a consolidarse la agrupación?

— Recientemente, pero no creo que estemos consolidados. Digamos que el año que nos ha reportado más proyección es el 2021. Todo cerró, los conciertos fueron cancelados. De por sí, nosostros no tocábamos mucho, nuestros medios elementales eran Facebook, Youtube, las artes audiovisuales, los videos. Y como la gente se metió a internet. Hicimos un live y fue un éxito. Y una vez que se abrió la posibilidad de hacer conciertos, programamos seis o siete fechas y todas fueron lleno total.

—¿Qué pasó ahí?

—La gente nos conoció, creo que por el ocio de estar en línea. Muchos grupos se detuvieron, nosotros no, nosotros aprovechamos la inflexión de la pandemia para darnos a conocer porque nos movíamos principalmente en línea. Al parecer, la gente tenía ganas de vernos en un show en vivo, y sucedió, les gustó y convocaron a sus amigos, y estos a su amigos y así. Todo empezó a crecer. Otro punto de inflexión fue cuando nos invitaron a abrir el concierto de Hocico en el foro Plaza Condesa.

—¿Cómo los contactaron?

—Nos vieron  en redes, nunca nos habían visto tocar. Normalmente, lo que se hacía antes era buscar espacios, tocar puertas con la esperanza de que te vieran. Con nosotros no sucedió así, nos saltamos todos los pequeños bares. El único espacio que nos dio lugar aquí fue La Nueva Babel. A la ciudad de México llegamos a foros más o menos medianos y después a otros de bandas más importantes.

—Como que en Oaxaca a La bande no se le reconoce…

—Oaxaca ha pecado de chovinismo, mucho de lo propio y que se mantenga inamovible, por eso hay un comité de autenticidad  [el de la Guelaguetza]. De por sí el nombre suena a parodia, podría ser una obra de teatro. Los oaxaqueños tienen la presión de gustarle a los oaxaqueños a través de la autenticidad, y nosotros nos desmarcamos de eso en el sentido de que si bien somos oaxaqueños y el proyecto tiene muchas cosas que son plenamente oaxaqueñas, lo que pretendemos es ya no un diálogo con la nación, sino con el mundo. Tampoco queríamos ser una imitación de lo europeo para que nos adoraran en Oaxaca porque somos malinchistas.

“El proyecto se vuelve nacional, siendo de ‘provincia’, oaxaqueño. Y en el momento que se convierte en uno de los más importantes de la escena oscura, hay quienes dicen: ‘no tiene sentido’… para muchos somos un sinsentido, una excepción, una cosa surrealista, algo que no es cierto, que no puede surgir, hay incluso quienes nos han preguntado, ¿y si son oaxaqueños, o eso es marketing?”

Si como banda “naces en la CDMX y tocas ahí, ya eres banda nacional, pero si eres de ‘provincia’, no”. La bande rompió ese estigma. “Trabajamos muchísimo para lograrlo e implica la satisfacción que lo hemos hecho al margen de todas las instituciones, no somos becarios Fonca, para nosotros lo importante es el arte, yo no voy escribir: ‘La bande metió un proyecto al Fonca haber si le dan la beca y graba un disquito. No, el arte no está ahí, el verdadero arte es el que está fuera de las instituciones”.

Mucha culpa de esto la tiene Carlos Salinas de Gortari, indica. Creó el Fonca, y una vez que el Estado determina qué proyecto recibe dinero, lo oficializa y provoca que el artista se vuelva vicioso.  A La bande la sostiene el que paga su boleto, nos construimos una base de espectadores que nos sostienen, y eso es lo que nos ha vuelto nacionales: quien nos volvió una banda nacional es el público.

—¿Incluyendo al público oaxaqueño?

—Qué sucede en Oaxaca. Es un fenómeno muy complejo. Por un lado, está el comité de autenticidad que dice cómo es posible que hagan eso, con nuestras tradiciones, las desvirtúan. Pero la tradición que no se mueve está muerta. Creo que nosotros, —voy a sonar muy pretencioso—, estamos siendo parte de una renovación de la tradición, de llevarla más lejos. En Oaxaca dicen que no somos músicos, porque los músicos estudiaron en la región de la Sierra desde los cinco años, tocan un instrumento y leen nota, son académicos a su modo y tienen todo. Y de nosotros señalan: esos güeyes no, no son músicos, son teatreros, como si ser teatrero fuera inferior, además. Y los teatreros dicen que somos músicos.

“Siempre el oaxaqueño encuentra una forma de criticar al otro, en lugar celebrar, busca el punto débil para disminuir, y pica”.

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Un tercero convierte a los pintores oaxaqueños en objetos de consumo: Hugo Velez

Se puede decir que el artista visual Hugo Velez (Ciudad de México, 1965, con la aclaración de que, dice, “los oaxaqueños nacemos donde se nos hincha la gana”)  ya es “cliente” de este reportero y que antes que entrevistas, los encuentros con él siempre se convierten en amenas pláticas donde sale de todo. Básicamente porque habla sin tapujos, directo, sin eufemismos, y proporciona una radiografía sobre el arte en Oaxaca con conocimiento de causa porque lleva viviendo aquí 32 años. Por ahí va está charla.

Hugo Velez se ha mudado de vivienda-taller. Pasó de la calle Ajusco a la calle Nudo Mixteco, en la misma colonia Volcanes, ubicada al norte de la ciudad de Oaxaca, zona donde lleva 25 años, diez de ellos en el pueblo San Felipe del Agua, cuando había pocas “casotas y se vivía muy bien, aislados”.  Ha residido entre un entorno tradicional mezclado con viviendas de clase pudiente y otro popular,  ha visto el tránsito de una capital oaxaqueña a otra que parece achilangarse con sus unidades habitacionales similares a hoteles de paso y edificios de varios pisos.

—¿Cómo te está yendo a tus 57 años?

—Primero, la pandemia me pegó durísimo, al grado que decidí no producir pintura y darle más caña a los dibujos, los cuales se venden mejor, sobre todo si los pones a un precio accesible: los estuve vendiendo a precios de grabado. Después, me contactó un viejo amigo, me dijo que había visto una escultura mía —yo no les llamo esculturas, sino piezas de bronce, porque no soy escultor—, y me hizo un pedido muy grande. Quería a Apolo y las siete musas del arte. Eso me obligó a ponerme a estudiar, fue una labor de investigación muy bonita, pero también me recordó que no tenía las condiciones necesarias para trabajar piezas de cincuenta centímetros de alto. Y encontré este sitio. Es una casa muy del Oaxaca de antes, el dueño vive abajo, hay un patio súper oaxaqueño, con árboles frutales, nísperos, lima-limón, guayaba. Aquí, las piezas de bronce me llevaron seis meses de trabajo, luego me puse a pintar.

—De nuevo…

—Empecé a trabajar este tipo de cuadros —señala los que están colgados en la pared, donde hay afroaxaqueños en balcones—, vino una buena amiga y me dijo: “ah, claro, estás pintando lo que tienes aquí, un balcón y lo que se ve para allá”. Y pensé: ahí está el tema, en los balcones siempre pasa algo, un balcón es muy interesante porque conjunta varios puntos de vista. En estas piezas, tú eres parte de la escena, estás atrás o en otro balcón viendo de lejos o abajo viendo hacia arriba.

Hugo Velez está preparando su exposición individual número veinte, que en más de treinta años de pintar no son tantas, aclara, porque mis colegas que más venden tienen cuarenta o cincuenta —que en no pocas ocasiones, se las organizan, hay que decirlo—, y estoy muy contento porque voy a exponer obras de las cuatro disciplinas que sé hacer: pintura, dibujo, grabado y modelado, que en mi caso sería la palabra correcta, y no escultura. Hay la posibilidad de montarla en tres sitios de la Ciudad de México: la Fundación Sebastián, en la colonia San Pedro de los Pinos, en la galería de Ignacio Aldama, en las Lomas de Chapultepec, o en la galería Acapulco 66 de Santa María la Rivera.

—¿Ya pasó el momento difícil generado por la pandemia?

—Por la pandemia la gente dejó de comprar, pero juntó su lanita y eso empezó a activar el mercado. Aunque también sucedió, y esto  lo he platicado con varios colegas, que muchos artistas bajaron bastante sus precios.

—¿Cuál es el precio promedio de un cuadro en Oaxaca?

La cotización parte del metro cuadrado. Hay quien vende a 40 mil pesos, pero otros a 150 mil. Hay que tomar en cuenta que estos últimos seis meses, los precios de los materiales se duplicaron y que el pintor no puede subir el de sus piezas nada más porque cuestan más los óleos, por ejemplo. No funciona así. La obra se cotiza de acuerdo con los méritos, las exposiciones, el mercado.  Hay quienes tienen lista de espera para que les compren su obra, en algunos casos, esto ocurre porque su trabajo se ha vuelto cada vez más amable, se ha suavizado. En lo particular, no vendo muy caro.

—Pero además, el precio de venta de un cuadro no es lo que el pintor gana, ¿no?

—El que vende se lleva 40 por ciento.

Regresa Hugo Velez a su  itinerario tras los peores días de la pandemia. Platica que Nancy Mayagoitia convocó a un homenaje a Rufino Tamayo hace como un año: el espíritu era conmemorar el treinta aniversario luctuoso de la muerte del artista. Por lo mismo, la idea era que fuéramos treinta pintores que tuvimos que ver con Tamayo de algún modo, casi todos a través del taller de artes plásticas que lleva su nombre. No se juntaron los treinta porque muchos ya murieron y otros no quisieron participar porque el bastidor cuesta 20 mil pesos —“luego se arrepintieron, pero les dijeron que ya no”.

—Pero sí rotaron algunos, tú repetiste, ¿no?

—Ah, sí, yo tuve esta situación: me habla Nancy y me dice, “felicidades, ya se vendió tu cuadro,  tengo 15 mil pesos de anticipo, y ya vete pintando el otro”. Eso estaba estipulado, si se vendía uno, no se podía entregar hasta que hubiera otro que lo sustituyera para que se mantuvieran las treinta sandías en los bastidores y los treinta pintores. Pero a los 15 días, me habla Nancy y me dice que se echó para atrás el cliente. Yo ya tenía el otro cuadro hecho, y Eddie Martínez vendió el suyo a una persona que no era de aquí y urgía sacarlo, y como estaba el mío, pues se puso: yo estuve con dos sandías y Eddie sin exponer, después llevó otro y en las últimas semanas había no 30, sino 31 cuadros. No creas, mi trabajo no se vende tanto…

—¿Por qué?, si has manifestado  que, de los 4 mil 44 pintores que hay en Oaxaca, tú eres uno de los 44 que realmente lo son.

—El mercado de la pintura en Oaxaca es muy específico, tiene unas reglas muy locales que  no funcionan en todos los mercados.  No sé si alguien creó el mecanismo o si solo se fue dando,  pero aquí hay la posibilidad de que un tercero convierta al pintor oaxaqueño en objeto de consumo. Yo estoy seguro que ellos por sí mismos no hubieran podido llegar a donde están ahorita. ¿Conoces el taller de Rolando Rojas? Le dicen el Liverpool de Rolando Rojas, un edificio de cuatro pisos, con ocho chalanes, con abundante producción de cuadros al mes. ¿Qué aparato mercadotécnico o mercadológico existe atrás? Y no nada más es él. Está Saul Castro, Israel y no se diga Amador Montes, que es el fenómeno del gobierno actual. El gobierno no hace concurso, nada más va con Amador y le compra a él para regalarle al gringo, a la ONU, al francés, no sé,  ¿cuadros de 800 mil, un millón y medio de pesos? Fácil, fácil. Entonces, eso dista mucho de la calidad del trabajo.

—Tantos cuadros en un mes, ¿cómo le hacen?

—Bueno, si tienes a cinco personas fondeando, ya tienes cinco cuadros al mismo tiempo, y si les haces el dibujo y les dices pones aquí verde, aquí azul, aquí café, y pasas y les vas indicando, y la parte de la mano y el ojo la haces tú, pues ya sabes.  Así le hacían Leonardo da Vinci y Miguel Ángel, por eso hay tanta obra de estos grandes artistas.

—O sea, ¿tener chalanes no está mal, es normal?

—Es normal, lo que está mal es enseñarlos a que pinten como tú y a multirreproducir tu obra… aunque quizá tampoco eso está mal, pues, es una forma…

—Pero eso huele a los autores de los libros de superación personal, quienes se sabe solo firman sus  obras, pues los llamados “negros” de las editoriales los elaboran imitando su estilo, no se vale— se le comenta.

—En la Ciudad de México, por ejemplo, todo esto de lo que estamos hablando es muy mal visto, les pega en el hígado. Ahí, el ochenta o noventa por ciento de los pintores cuentan con formación académica, todos estudiaron, todos tienen un nivel cultural que respalda el trabajo. Entonces, no se puede comparar el arte mexicano en general con el arte oaxaqueño. Aquí hay un fenómeno que sucede y se vuelve a repetir: hace treinta años fue Leyva, hace veinte, Juan Alcázar, hace diez empezó lo de Amador. Ahorita está Manuel Miguel, simpático, crea una situación, es de Teococuilco, le aprendió todo a Alejandro Santiago, sobre todo su mercadotecnia, fue su chalán varios años… pero, otra vez, hay alguien que está poniendo, quitando, diciendo, haz diez de estos, veinte de estos. Al final de cuentas, la historia no los va a dejar pasar, no aportan absolutamente nada.

—Viéndolo así —se le plantea a Hugo Velez—,  el que ustedes estuvieran durante nueve meses en la calle Gurrión, a un lado del atrio del templo de Santo Domingo, adaptando el espacio como una galería y como homenaje a Rufino Tamayo, no es nada en comparación con el marketing del que hablas.

—El uso que se le ha dado por décadas a esa calle es el del ambulantaje. Siendo tan bonita, merece ser un espacio de arte público. A mí, y pienso que a los 30 restantes, me trajo cosas buenas. Difusión diaria. Y bueno, Nancy, que es complicada, pero muy talentosa e inteligente, se puso a ver cómo hacerle, a estudiar, y ahora es una jefa de las redes sociales, del TikTok, y hasta en España estaban ya replicando los videos de las sandías del homenaje a Tamayo.

—Ante una competencia como la que mencionas, que parece desleal, por los apoyos políticos, del poder económico, el marketing corporativo prácticamente…

—Pregúntale a Andriacci…

—… Se vale que estén ustedes en esa calle y que haya un respeto total…

Responde Hugo Velez: el proyecto Meninas lleva cinco años consecutivos en Madrid, España. Son bastidores de 1.60 metros por un metro de ancho. Se colocan 25 cada año de igual número de pintores en diferentes zonas estratégicas de esa ciudad. Es una cosa chingonsísima. El problema de Oaxaca siempre es económico: hasta a los pintores con lana les dolió el codo para pagar los 20 mil pesos del bastidor de las sandías, no obstante que andan vendiendo sus obras en 130 mil. “Yo pagué una y la otra la debo. La idea, en todo caso, es genial. No sé cómo calificar a los funcionarios que no tuvieron la capacidad de ver el potencial de estas sandías que le pueden dar la vuelta al mundo, porque, además, no tienen que ser treinta pintores: habemos cuatro mil en Oaxaca. Se podrían conseguir patrocinadores, montar a treinta distintos cada tres meses, colocar unas en El Llano, otras en El Tule, el Conzatti, la calle Gurrión”. En España, esas meninas, se han vuelto acervo de la ciudad si no compran las obras, interviene el fisco y le condonan impuestos al artista, todo está bien pensando y culturalmente sustentando.

 —Habría que regular el espacio público para que todos tengan oportunidades, incluyendo a los pintores que retiraron del jardín Labastida.

—De acuerdo. Y de algún modo creo que tendría que ser administrado por la autoridad, o que el ayuntamiento nombre a alguien con un cargo específico, podría ser Nancy, que es la persona que más sabe de la pintura en Oaxaca y quien más conoce a los pintores, además que a muchos los hizo.

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«Gentrifiquemos» nosotros como oaxaqueños: Fortino Torrentera

“Estoy en contra de la gentrificación, pero Oaxaca ya no puede estar más gentrificada. Los oaxaqueños debemos reapropiarnos de lo nuestro, eso es una cosa que tenemos que hacer, yo renuncio a dejar esta casa”, por ejemplo.

La casa de la que el músico, periodista y “ahora barcero” Fortino Torrentera habla es la casa familiar, la que está ubicada en la calle Porfirio Díaz, número 310, colonia Centro. Esa que fue hogar a la vez que foro de teatro, música y cultura en general y a la que “ha venido de todo: pobres, ricos, machitos, gays, hombres o mujeres”, que tiene mucha historia y esa vibra, y que ahora se ha convertido en Divino Lounge Bar.

Es un sábado alrededor de las ocho de una noche en la que va estar tocando el cantautor istmeño Juan Martínez, cuando nos sentamos con el periodista cultural decano de Oaxaca en una de las esquinas del espacio, en unos cómodos sillones negros de vinil, frente a una chelita y una coca, respectivamente.

Al frente se distingue el arco que Fortino Torrentera Ortiz,  dentista de profesión y amante de la bohemia, mandó construir para María Ninfa Olivera Santillán, directora de teatro y maestra de piano —el padre y la madre del también chingón percusionista— , a fin de darle al entorno un ambiente de escenario, de escenario artístico, que no solo se lograría, sino que nunca perdería, menos ahora que se ha convertido en una lugar para la bohemia y la expresión cultural en todos sentidos.

“Nuestra apuesta no es el turismo”, aunque no se trata de excluir a nadie, de hecho, en días de los Lunes del Cerro, “hasta de yoporo anduve, con huaraches y demás, y a mí chavito lo vestí de danzante de la pluma y  dimos botana mixe, y no entró un solo turista”, platica y añade que “aquí va a venir a tocar de todo, la próxima semana estará un grupo que canta canciones setenteras de Los Pasteles Verdes y Los Solitarios, pero también vendrán quienes están empezando y, desde luego, La Sierra Eléctrica, donde toco con Rodrigo Islas Brito”.

Ese es su apunte a la observación de este reportero sobre que la apuesta por el turismo en el estado parece demasiada: somos un país de modas y cuando pase la de Oaxaca, que quizá empezó con el mezcal, las terrazas van a estar vacías por no considerar al consumidor local, se le menciona a Fortino Torrentera en un plática que ha buscado reflejar cómo y por qué un periodista cultural devino en barcero —un término que, con todo el humor, él mismo  utilizó—, como para “documentar nuestro optimismo”, según dictaba con ironía la clásica columna “Por mi Madre Bohemios”, de Carlos Monsiváis, cuando existía un periodismo impreso que hoy prácticamente está muerto.

—Siquiera hay que «gentrificar» nosotros— se le guiña.

—Exacto. Esa debe ser la intención, que «gentrifiquemos» nosotros mismos.

—Sí —se le plantea—, porque la gentrificación que realicemos nosotros va a ser muy distinta a la de gente de fuera que supuestamente sabe mucho de mezcal, por ejemplo,  y digo supuestamente porque a la hora de hacerles ciertas preguntas simple y sencillamente no entienden, uno tiene que descartar la interrogante cuando se da cuenta que carecen de la mínima idea de lo que es ejercer el sentido de identidad o comunidad, digamos.

—Se doblan —acota Fortino—. No es fácil reapropiarnos de los espacios, es una frieguita, pero vale la pena el esfuerzo porque significa revitalizar la cultura, incluyendo la del mezcal, porque si bien mi sobrino Ulises Torrentera es el maestro —se desarrolló más en el campo y la investigación—, en términos de hábito aprendimos prácticamente juntos y hay que aprovechar esos saberes.

—Siempre me has parecido un periodista congruente, y aunque has trabajado en los medios formales, te ubico como independiente e incluso contracultural.

—Mis principios se deben a mis padres. Ellos tuvieron un periódico en Oaxaca, el tercero o cuarto creado a nivel local, que se llamaba Opinión Pública, y otro en la Ciudad de México, Meta, donde mi mamá cubría la lucha libre y el boxeo. Por ahí viene el ADN. Mi hermano José y mis sobrinos, Lilia y Ulises, también han sido periodistas. Yo empecé a trabajar en el Oaxaca Gráfico, de don Lalo Pimentel, y en El Fogonazo. Era pasadatos. Iba a la Cruz Roja, me subía a la ambulancia, llegaba a la redacción y dejaba la información para que otros le dieran forma.

En la nota roja, cuenta, entendió mucho del periodismo, como su labor social: me percaté que nosotros nada más dábamos a conocer el hecho y que nos volvíamos muy fríos,  pero que atrás había una tragedia, una familia, víctimas, y nadie apelaba a esa parte, entonces, empecé a trabajar la veta. 

Antes, a los 13 o 14 años, coordinados por Pepe Torrentera, su hermano mayor, Ulises, Alfredo y él crearon como cotorreo el semanario Transilvania News, que Sergio Javier Alcázar transmitía en su programa de radio.  Con la nota roja “entendí la parte social del periodismo, y con proyectos como ese de mi adolescencia la parte humorística, lo cual me ayudó a equilibrarme mucho”, dice.

Con el tiempo, Fortino prácticamente estuvo en todos los periódicos impresos oaxaqueños de los años ochenta, noventa y la primera década del siglo XXI, incluyendo el suplemento sobre información digital ImparOax en el periódico El Imparcial. Entrevistó a Steve Jobs y Bill Gates. A principios de los años noventa, en una expo-com realizada en la Ciudad de México que cubrió, en una conferencia de prensa, uno de aquellos dijo que los medios impresos debían diversificarse porque si no iban a morir.  Como sucedió ya.

—Cubrías de todo.

—La fuente política, al gobernador.

—No te veo en eso.

—Me divertía mucho por lo que preguntaba. Incluso en la sección de sociales escribí algunas notas. Cuando estuve de jefe de información de El Imparcial también quise conocer todo el proceso, desde la rotativa. No fue tiempo perdido, pero hoy todo eso es obsoleto, como la máquina de escribir.

—¿Cómo te fuiste perfilando al lado cultural?

—Cuando cubría la fuente política, también trabajaba en semanarios. Me ayudó mucho La Hora, donde le echábamos la mano todos a todo, incluyendo al periodismo cultural, que después cubrí en El Imparcial y sobre todo en Tiempo. Me gustó mucho porque es un área blanca, no hay sobres, no hay prebendas, solo si eres muy tonto te baila el artista o quien te dé la información.

De manera paralela, Fortino se fue convirtiendo en músico. Su madre fue directora de teatro y maestra de piano, pero con su muerte renunció a este instrumento, por un trauma de chavito  —“¿me entiendes?, no quise saber nada de él”— y se clavó en la percusión.

La venita le venía de familia. Su mamá fue amiga de Juan Herrera y Rodolfo Álvarez, dos personajes de la época de oro del teatro en Oaxaca. Su hermano Pepe ha sido jazzista y  bolerista y una gran influencia para él. Con una madre que fue maestra de piano, resultó natural que se acercara a la música. A los 14 años, con Ulises y Alfredo, formó el grupo de rock The Eggs. “Hace un par de meses —relata—, un amigo que grabó en casete unas rolas mías en ese tiempo, las digitalizó. Nos dimos cuenta que, casualmente, estábamos haciendo rock rupestre casi al mismo tiempo que Rodrigo González y los rupestres de la Ciudad de México, pero sin saberlo. Dos personas que saben mucho de rock, Poncho Cueto y Gammaliel Robles —el creador del Archivo Sonoro de Oaxaca—, me dijeron que soy el primer compositor de rock en el estado. No es así como el premio nobel, pero sí una parte vivencial interesante”.

—Tus oficios de periodista y músico fueron juntos.

—El periodismo cultural amplía mucho el acervo propio y me di cuenta de que el periodismo nacional venía en declive como consecuencia de la falta de conciencia, de no estar con la gente. Poncho Cueto me preguntaba el otro día que si prefería el periodismo o la música, y le decía que preferencia no tanto, pero que mi pasión era la música.  Últimamente se ha demostrado, todavía hice la revista Tercera Voz, que fue como mi graduación, pero también ocurrió a destiempo, cuando los medios impresos estaban muriendo.

—Te decidiste por la música…

—Antes de la pandemia todavía hice algunas colaboraciones. Veo muy árido el campo del periodismo en México, ahorita cualquiera toma un celular y ya es periodista.

—Se abarató mucho— se le comenta.

—Nosotros mismos como periodistas, nos alejamos del pueblo, nos pusimos en medio, muy cerca del poder, y eso fue un error que está pesando ahorita.

—Así se está muriendo el periodismo como lo conocíamos, cerca del poder— se le señala en coincidencia.

—Sí, porque además dejó de ser un poder, está muy acotado por el régimen gubernamental. Veo difícil el panorama, hoy hacer periodismo con todo el rigor es complicado para los medios y también es complicado en el sentido de que te lean. En los dispositivos digitales la gente busca información de dos o tres párrafos.

—Recuerdo tu pregunta que siempre me hacías: si existía periodismo cultural en Oaxaca —se le acota a Fortino—. Era una interrogante profética: no existía, pero además, ya percibíamos que el buen periodismo vivía un proceso de extinción.

—Tiene que haber una sacudida para que cambie— asienta.

—Fuiste profético y eso derivo en tu persona, cambiaste de giro.

—Pues aquí estoy en mi casa, en Divino, hice un acuerdo con los que iniciaron el proyecto y yo administro la parte de la planta baja, que se llama Divino Louge Bar.

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La Guelaguetza 2022 lo tuvo todo: protestas por feminicidios, ostentación, fiestas, limosnas

Fotografía: Rafael Castro

Monetizar es el verbo de las Fiestas de Julio, Mes de la Guelaguetza 2022 en la ciudad de Oaxaca.

Aunque, claro, cada quien monetiza de una manera que recuerda lo registrado por Eduardo Galeano en su libro Patas arriba/ La escuela del mundo al revés cuando nos dice que, allá por los años 1997-1998,  “el precio de una camiseta con la imagen de la princesa Pocahontas, vendida por la casa Disney, equivale al salario de una semana del obrero que ha cosido esa camiseta en Haití, a un ritmo de 375 camisetas por hora” o que “la cadena McDonald’s regala juguetes a sus clientes infantiles” que “se fabrican en Vietnam, donde las obreras trabajan diez horas seguidas, en galpones cerrados a cal y canto, a cambio de ochenta centavos”.

Monetizan en divisas hoteles como el Parador de Alcalá o el restaurante Tizne, Cocina de Raíz, desde cuyas terrazas un turista con camisa índigena de diseñadora de moda mira el cerro San Felipe con un aire que yo engancho con la escena aquella en que, en la novela La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán, el general Ignacio Aguirre se compara con el cerro del Ajusco ante el azoro de Rosario.

Monetizan una “derrama económica de 460 millones de pesos que dejan 152 mil turistas”, según “estimación” oficial,  los sectores del gobierno estatal y los hoteleros, restauranteros y demás “prestadores de servicios”, como les llaman.

Monetizan en centavos la anciana y el anciano que recolectan las latas o los envases PET de cerveza y refresco o agua pasando con su bolsa negra para basura frente al gentío apostado durante horas para ver el Desfile de Delegaciones.

Yerbas y volovanes

Qué mejor lugar para conjugar el verbo monetizar en las Fiestas de Julio que ese cuadrángulo de la ostentación, la limosna y el cotorreo en que se convirtió, durante las dos ediciones sabatinas de esos desfiles, el tramo del andador turístico Macedonio Alcalá que va de la confluencia de las calles Abasolo-Manuel Bravo a Murguía-Matamoros.

Después que la saxofonista mixteca María Elena Ríos, sobreviviente a un intento de feminicidio, desplegara durante la primera edición de la Guelaguetza del lunes 25 de julio en la Rotonda de la Azucena una manta con la leyenda “Oaxaca Feminicida”, vamos con toda la pila a cubrir el segundo desfile, el del sábado 30 de julio.  A ver qué pasa.

Para los boletos de preventa y venta —respectivamente vendidos los días 15 de mayo y primero de junio de 2022, a  mil 331 y mil cincuenta y dos pesos, y mil 472  y mil 191 en secciones “A” y  “B”— no alcanzó el ingresó de este reportero independiente, y por eso de que trae a flor de piel el recuerdo, viene a la mente aquella vez que en un suntuoso salón del hotel Presidente de Polanco, en la Ciudad de México, le pregunté a Alberto Cortez que, después de sus días revolucionarios de los años sesenta, de qué le había servido la fama, y se encabronó, respondió, palabras más o menos, que para ganar dinero, para comprarse un Ferrari, claro, si me alcanzara con mi sueldo de reportero, ironizó,  y luego añadió que ya querría yo ser famoso como Laura Esquivel y escribir una novela como ella —lo cual me encabronó a mí, que no leía a esta autora ni borracho.

“Cada quien monetiza lo que puede en el neoliberalismo”, me digo, mientras checo la grabadora del teléfono celular, libreta y pluma.

Empezamos el recorrido por el lado norte de la ciudad, pero primero vamos a una invitación a comer. Atravesamos a pie por Xochimilco, barrio que luce tranquilo hasta la Plazuela de la Cruz de Piedra. Al iniciar la calle García Vigil, los transeúntes incrementan notablemente entre los puestos de antojitos y artesanías oaxaqueñas chinas y las ancianas sentadas en los arriates de las jardineras que monetizan una bolsa de palomitas a diez pesos, mientras que el recién inaugurado Centro Gastronómico de Oaxaca (CGO), ubicado en esa zona, empieza a monetizar “una derrama económica anual de 50 millones de pesos” después de “una inversión de 69.8 millones de pesos”, de acuerdo con datos del gobierno estatal.

Cruzamos la Alameda de León y el Zócalo, donde lo único nuevo es el guamúchil que sembraron en el lugar del laurel de los conciertos, árbol histórico que cayó recientemente. Enfilamos por la calle Bustamante, con su trajín de siempre y el comercio de todos los días, el local que monetiza las donas a 14 pesos  y la anciana sentada en la banqueta que monetiza los ramitos de yerbas medicinales —y de paso la consulta por la ansiedad— a diez pesos cada uno.

Pasamos por el parque San Francisco, lleno y misterioso, como siempre. Doblamos por Armenta y López ya a las carreras porque la cita es sobre Periférico, frente a la Comisión Federal de Electricidad, a las 3 y media .

Mientras esperamos viendo a los oaxaqueños que se desperdigan a los municipios conurbados en los taxis colectivos, pensamos si también entra en la mencionada  “derrama económica” oficial de 460 millones de pesos la monetización de las señoras que venden a 20 pesos los volovanes hawaianos, esos tentempié similares a las empanadas fritas que todo transeúnte oaxaqueño que se respete consume cotidianamente.

Relevamos la caminata por el viaje en automóvil por Periférico, Fiallo, Independencia y Nicolás del Puerto. Entramos a la marisquería que monetiza en grande en estos días, como a cien pesos las cubas y a 60 las cervezas y los refrescos.

La chica de blusa y minifalda de cuero color negro en la voz y los dos chavales en los teclados y el güiro que monetizan ahí, tocan tandas de la Sonora Dinamita, La cumbia del mole— de Lila Downs—, cantan Las mañanitas a cada rato y mandan saludos para la gente de la Ciudad de México, Monterrey, Chiapas, Edomex, que “nos visita”.  El colega toma cinco chelas al hilo, mientras que yo solo aguanto tres pepsis —ya no soy ni el 15 por ciento de lo que era antes, diría Bukowski—, más un menú diverso.

Ostentación y limosna

A las 6 de la tarde estamos plantados frente al sitio donde el sábado anterior un señor organizó la cooperacha para dos ancianas triquis que pasaron hacia el Zócalo, y le entraron con divisas los comensales de las terrazas y con pesos los turistas de a pie y los oaxaqueños apostados en las banquetas que llevaban horas esperando ahí el primer Desfile de Delegaciones, el del sábado 23 de julio.

(La escena generó sentimientos encontrados: el volver a creer en la humanidad de los espíritus conservadores y la indignación de los espíritus progres; personalmente, nos recordó al Juan Pablo Castel de El túnel, la novela de Ernesto Sabato, cuando se dice a sí mismo: “Cualquiera sabe que no se resuelve el problema de un mendigo (de un mendigo auténtico) con un peso o un pedazo de pan: solamente se resuelve el problema psicológico del señor que compra así, por casi nada, su tranquilidad espiritual y su título de generoso”; las ancianas, por su parte, se fueron rayadas).

Donde estoy apostado, delante de mí hay oaxaqueños que parecen ser oriundos de todas las regiones del estado, gritan “viva el Istmo, viva Juxtlahuaca, viva Ejutla, viva Oaxaca”; y a un lado, cuatro o cinco jóvenes que en un momento dado gritan “somos chilangos”.

Abajo, en la banqueta, circula la cerveza en todas sus modalidades: modelos y XX de lata y pico de oro o huevitos de toro en botella de vidrio; arriba, en la terraza del Parador de Alcalá,  los cocteles en vasos de vidrio y el mezcal ancestral o artesanal en copitas de veladora. El contraste de los consumidores es evidente: en lo alto, huipiles indígenas de diseñadora de moda, caras que parece acarician el viento y el sol,  mientras respiran profundo y panean el cielo azul y las nubes blanquísimas; a ras de suelo, banda de todo tipo que se organiza al más puro estilo estadio futbolero: pasan las parejas y les gritan “beso, beso, beso”, a las chavas les chiflan como antes los albañiles, “fiu, fiu”, y a los policías puras mentadas.

De repente, se apersonan un tuxtepecano —así  lo informó— con su hijo, llevan la mitad de un torito de cartón color negro, se plantan a medio andador turístico y el menor como de ocho años, luego de cruzar palabras al oído con quien se ve es su padre, empieza un discurso de varios minutos. Después, ambos monetizan esta guelaguetza oradora: por aquí y allá les dan monedas, desde la terraza del Parador de Alcalá un señor obeso de guayabera amarilla abre su cartera, saca un billete, lo hace bolita y lo avienta, cae a media calle, el niño corre y lo levanta.

La televisión oficial oaxaqueña, CORTV,  instaló una cámara con grúa en la esquina de Matamoros y Alcalá y cada determinado tiempo, el staff panea y pide a la gente que aplauda como en los programas televisivos de la farándula. Hay intentos de olas, el “Cielito lindo” suena de vez en vez, las porras también, solo falta La Chiquitibum.

Los vendedores de papas y chicharrines, cigarros y chicles monetizan en pesos. Los que gritaron “somos chilangos” ingieren cerveza y aumentan su furor, empiezan a interactuar con algunas jóvenes oaxaqueñas. Una de ellas trae pinole y le da a uno: “yo te doy pinole”, le dice uno a otro, la chica oye y piensa que fue a ella, el chavo se da cuenta e inmediatamente le aclara: “a él, a él le doy pinole”.

En la acera de enfrente una mamá tehuana está sentada en una silla en la que se nota lleva las horas, la acompañan una veinteañera con vestido amarrillo y otra mujer.  De mi lado, a unos metros, resalta una chica que después se tomará la foto con varios jóvenes de las delegaciones: a uno de la Mixteca le dará un beso en la mejilla cuando el público se lo pide.

A las 7 y 20 minutos de la tarde-noche entra al andador turístico la vanguardia del desfile: al frente, las patrulas con sus sirenas, atrás los toritos y la delegación de Tuxtepec y en seguida la comitiva del gobernador Alejandro Murat,  quien, después sabríamos por redes sociales, fue interceptado para tomarse la foto por una mujer vestida de tehuana que engañó al personal de logística y seguridad y mostró de improviso una cartulina con la leyenda “666 Feminicidios”.

La chica vestida de amarillo baila con los de la Mixteca. Los nuevos tiempos de las Guelaguetza todavía no incluyen perreo, pero por momentos parece que esto se acerca.  Los chilangos quieren ir al baño, comentan que en la farmacia aledaña monetizan la entrada al sanitario a cien pesos:  “mejor préstame una botella”, dice uno. También piden guelaguetza, y al querer atrapar lo que lanzan las mujeres de la Costa, uno tira su lata cerveza, que se riega en el piso, pero al mirar abajo descubre un chile de agua tirado: “¡un chile de agua!”, exclama, otro se lo quita y se lo pone en la bragueta. Todos ríen.

“Échenle chinas, vuelta, vuelta, vuelta”, vocifera uno, “Grita perro… viva Oaxaca”, exclama otro. Un oaxaqueño colocado al límite del cordón de seguridad le pide al chilango su copa de carrizo: consigue que le sirvan mezcal,  lo pasa, este lo toma como shot. El trámite se repetirá varias veces más.

El desfile finaliza a las 8 y 20 minutos de la noche con la delegación de Putla Villa de Guerrero y los tiliches, que son la sensación. Todo el mundo se moviliza. Nosotros vamos a contracorriente sobre el corredor turístico. Frente al atrio de Santo Domingo, los vendedores ambulantes monetizan los pantalones artesanales a 180 pesos.

“No te pusiste el pantalón, amiga”, le dice un chamaco vendedor a una turista extranjera que le compró uno. “Póntelo”, le grita cuando la chica ya ha avanzado unos pasos; “caliente”, le revira ella, mientras se burla de él con su amiga.

Más adelante, frente a los framboyanes, un grupo que porta una playera con la leyenda “No me esperes, voy a ensayar”, monetiza con extranjeros a los que les enseñan a bailar las coreografías de la Guelaguetza, y luego, frente a la Plazuela del Carmen, un grupo de músicos  jóvenes con aire de roqueros tocan una “cumbia de mi región”, que monetizan en la funda de una guitarra colocada sobre la cantera, mientras varias parejas bailan.

Más allá, en la soledad de las calles nocturnas del lado norte, una pareja de adolescentes —chaval y chavala— que no alcanzó camión de pasajeros carga la cabeza de un mono de calenda mientras camina por toda la calzada Porfirio Díaz.

Del lado contrario, en el sur, en la calle Bustamante, integrantes de las delegaciones que acaban de desfilar comen sentados en las banquetas clayudas y hamburguesas que monetizan los puestos callejeros, mientras algunos oaxaqueños que los fueron a ver hacen una fila enorme para tomar el autobús Halcón que los llevará a los municipios conurbados.

Colofón

Monetizar es verbo de la Guelaguetza 2022. Y muchos oaxaqueños están para ayudar a monetizar a los que monetizan en grande.

El colofón es el cierre de la segunda edición de la “Máxima Fiesta de los Oaxaqueños”, que los oaxaqueños solo vemos por CORTV. En la transmisión, uno de los conductores apunta que así como el “homenaje racial” de 1932 reactivó la economía de Oaxaca tras el terremoto de 1931, así la Guelaguetza 2022 la reactivará después de la pandemia —una hipótesis que enorgullecería a Milton Friedman, padre de la Escuela Monetarista o de Chicago—. Luego agradece a “las empresas aliadas” y anuncia el comercial de ellas al estilo de los comentaristas futboleros de TV Azteca.

El de la Guelaguetza 2022 es un cierre que me recuerda para qué sirve la fama —aquella pregunta que alguna vez le hice a Alberto Cortez y se encabronó—, pero también me confirma que la mujeres son las que hoy encabezan la protesta social en Oaxaca, México y el mundo.

Mientras la actriz mixteca Yalitza Aparicio acompaña al gobernador Alejandro Murat adentro de la Rotonda de la Azucena como “invitada especial”, afuera, otra mixteca, María Elena Ríos, quien no es bienvenida a la fiesta, lo espera con una pancarta que reza: “Oaxaca Feminicida”.

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Cinco propuestas de Domingo García para replantear la NOM-070 del mezcal

El mezcal se encuentra en una situación delicada. Con el boom vino la cruda. Y si bien presenta una “dinámica fuerte de éxito”, también puede enfrentar una “maquilización de todo el sector”, el reforzamiento de un sistema depredador e incluso, a largo plazo, la transnacionalización que le ocurrió al tequila, que ya no es mexicano: solo dos marcas lo son.

Domingo García es autor del libro Mezcal: un espirituoso artesanal de clase mundial (1450 Ediciones, 2019) y de otra publicación que empezará a circular en breve sobre la “modernización de la tradición”, un estudio que rompe mitos y romantizaciones, que va a contracorriente de la visión dominante que tiende “a naturalizar al mezcal como una bebida prístina, inmutable e inmemorial cuyo origen se remontaría a una época distante”: un prejuicio científico que es preciso deconstruir, dice.

Sociólogo de profesión, se encuentra de visita en Oaxaca, ofreció conferencias en La Gran Fiesta del Mezcal de Matatlán y la Feria Internacional del Mezcal de Oaxaca. En este marco realizamos la presente entrevista.

Tanto la declaración de protección a la Denominación de Origen Mezcal (DOM) como la  Norma Oficial Mexicana (NOM) 070 se publicaron en el Diario Oficial de la Federación en 1994, pero para estructurar esa DOM y evaluar el cumplimiento de la NOM-070 se necesitaba la creación del Consejo Mexicano Regulador de la Calidad del Mezcal (Comercam), hoy Consejo Regulador del Mezcal (CRM), que ocurrió el 12 de diciembre de 1997. A 25 años de eso, qué se celebrará en esa fecha, se pregunta Domingo García, y él mismo se responde:

En parte, hay una dinámica muy fuerte de éxito, una especie de boom mezcalero, en el país y particularmente en Oaxaca, pero también impactos de todo tipo: sociales, económicos, ambientales. Es paradójico, en su momento, esta NOM contribuyó a redinamizar el sector, incluso rehabilitó el mercado del mezcal hecho en bajos volúmenes, pero hoy ha perdido su valor de diferenciación del producto tradicional.

Como consecuencia, muchos están optando por la producción, comercialización y exportación de destilados de agave, es decir, por la NOM 142, la que define los criterios de bebidas alcohólicas en general en México.

Esto significa que, al no haber órganos de regulación para esta última norma, nada garantiza la calidad de los destilados, ni su trazabilidad ni los parámetros físico-químicos. Pueden ser exportados porque en las aduanas no siempre piden estos análisis. Anteriormente, el CRM ejercía una presión para que los productos no salieran de México sin certificación. Se dice que se enfrentaban así los problemas de adulteración, fraude o bebidas apócrifas, pero ahora el CRM ha perdido el monopolio, ya hay otros órganos de certificación, y por lo mismo, este Consejo también perdió la influencia que ejercía en las aduanas. Hoy en día, cualquiera que produzca un destilado de agave puede exportar sin certificación e incluso sin análisis físico-químicos, explica.

—¿Realmente se puede hacer eso?

—Sí, es lo que está pasando ahorita. Hay marcas de renombre que abandonaron la categoría de mezcal y optaron por los destilados de agave. Muchas veces hacen producto de calidad y análisis físico-químicos, pero también muchas veces les basta su prestigio para exportar. Hay un vacío jurídico y también una situación de desigualdad para quienes sí cuentan con su certificación de mezcal.

A 25 años de aquella formalización de la DOM, la NOM-070 y el entonces Comercam, continúa, puede ser la ocasión para plantearse varios puntos. Uno es la posibilidad de la regionalización de las denominaciones de origen: mezcal de Oaxaca, mezcal de Michoacán, etcétera. Tienen que ponerse las pilas todos los mezcaleros del país y repensar la norma para que refleje un poco la diferenciación de cada estado y las diferentes calidades, los métodos, las especies y las prácticas.

Incluso se puede pensar en una regionalización más restringida. Oaxaca podría plantearse hacerla dentro del estado mismo: una denominación de origen para Santa Catarina Minas, otra para Sola de Vega, una más para Ejutla, y así.

—También ampliar, ¿no? —se le expone—. Incluir a la Mixteca alta, a San Pedro Teozacoalco, hay rancherías que pertenecen a Jaltepec, Nochixtlán, en donde fermentaban en cuero de toro.

—Sí, habría que pensar en una regionalización de origen Mixteca alta, Mixteca baja, Ixcatlán… Son prácticas que también se han diluido de la norma. El problema de la NOM-070 es que es muy amplia y muy vaga. En Europa, para el vino, en una zona como del tamaño de Oaxaca hay 50 denominaciones, mientras que en México solo hay una para el mezcal en todo el país: la norma nunca ha reflejado la realidad de la práctica. Se impuso desde arriba a los productores como una copia de la denominación de origen tequila, y a estos solo les ha quedado tratar de adecuarse. El problema mayor es que no refleja las prácticas tradicionales de cada región: define dispositivos, pero no métodos específicos, prácticas, técnicas, es un tanto hueca. Es una indicación geográfica, las denominaciones de origen son indicaciones geográficas, una forma de derecho de propiedad intelectual que sirve para proteger los productos, pero no a los productores,  aunque les otorgue el monopolio para la elaboración.

“No protege a los productores, sino al producto mismo, al mezcal. La norma nunca habla de saber prácticas tradicionales. Entonces, como segundo punto puede pensarse en poner en la mesa de discusión que la NOM-070 contemple tales saberes”, precisa.

El tercer punto que incorpora es el de replantear el tema de los parámetros físico-químicos de la norma porque “son muy arbitrarios”.

Estos parámetros garantizan inocuidad, es decir, que el consumo del producto no afecte  la salud, pero en el caso del mezcal son arbitrarios porque se inspiraron en el sector de los vinos y otros más. De nueva cuenta,  se le impusieron al sector mezcalero, por eso algunos mezcales no pasan la certificación. El problema del metanol sobresale. Los umbrales de este son relativamente bajos y no hay ninguna justificación científica para afirmar que garanticen inocuidad. Esto genera dificultades porque hay muchos mezcales que son técnicamente buenos, pero que están un poquito altos de metanol y por lo mismo no entran en la norma.

El cuarto punto es reconsiderar la regulación nacional de producción de destilados porque la NOM-070 está determinada por la 142, que es la grande, pero también sigue vigente la 199, aunque haya un proyecto para suprimirla. Por eso algunos todavía están produciendo aguardiente de agave. Hay que poner en la mesa cuál es la situación sobre la regulación de alcoholes con normas oficiales mexicanas y con denominación de origen, pues existe un gran vacío jurídico, una ambigüedad que permite todo y nada, advierte.

—Ana Valenzuela planteaba que la denominación de origen y la indicación geográfica son copias de normas de Europa, no consideran muchos parámetros de México, de su historia e identidad, ¿no plantear una renovación de las normas incluso parece rebasado?

—Técnicamente, las denominaciones de origen son indicaciones geográficas, pero la familia de estas es muy grande. La forma de indicación geográfica que es denominación de origen es una indicación muy ligera, de las menos definidas y rigurosas porque tiene prácticamete un origen geográfico. Hay indicaciones más exigentes. La NOM-070 es una indicación geográfica muy amplia y muy vaga. Por eso el tema de regionalizarla. Pero, además, en México tampoco existe un órgano que regule la propiedad intelectual, el que está rigiendo todo esto es el IMPI, el Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial. Ahí hay un hueco muy grande. Nuestra NOM no sirve de nada en el extranjero y la denominación de origen vale como indicación geográfica afuera, pero en realidad no hay nada que le dé valor, credibilidad, pues no existe un órgano de la propiedad intelectual que la defina.

“Entonces, el problema no es en sí el de la denominación de origen, sino el marco en el que existe esa denominación”, indica.

Ahora, hay que ver quiénes se están sentando en la mesa para definir los criterios del mezcal. “Cuando observas la lista de los que firman, ves que hay una sobrerrepresentación de los grandes alcoholeros de México, los grandes productores de tequila, mezcal, de cerveza, hasta los de supermercados, las cámaras. Ahí  hay una coalición de intereses diversos, y la actualización de la NOM-070, que se hace cada cinco años, refleja los intereses del órgano que define los criterios. Es como un club de Tobi. La solución sería una consulta, incluir a más personas porque no están los productores, sino los grandes comercializadores, que son los que acaparan el producto y extraen riqueza de las zonas de producción”.

Así que “un quinto punto sería debatir el tema de la actualización de la NOM-070, plantearse quiénes van a participar en esa discusión, cómo incluir a otros sectores, principalmente a los productores”, cierra.

—¿Hacía dónde crees que vamos en el sector mezcal?

—Hay mucha gente involucrada , el sector ha suscitado mucha codicia, también ha estimulado bastante la actividad económica. Pero, en cierta forma, está desregulado,  y por lo mismo, cada quien hace lo que quiere y todo puede pasar. Para evitar las derivas y preservar su salud, lo primero es regularlo, paliar las lagunas jurídicas, repensar las denominaciones, poner orden. Cuando hay una desregulación se agotan los recursos y los acaparadores se convierten en depredadores. Se presenta un acaparamiento cada vez más fuerte, hay una transnacionalización del sector y también impactos ecológico-ambientales muy fuertes. Si las cosas siguen así, vamos a asistir a la maquilización general, de hecho, así ha venido operando, pero será más fuerte. Se va a reforzar ese sistema de los agentes externos que se apropian de la riqueza de una zona, de sus recursos, que dañan la salud de la gente e incluso la incapacitan, que provocan la desaparición de plantas, la contaminación de la tierra. Una dinámica que cuando llega a su límite, se desplaza a otra zona, eso se ha observado en todos los países y en todos los sectores dentro de una economía. Hay riesgo de que eso pase.

Además, añade, “observamos una dominación cada vez más fuerte de acaparadores, de intermediarios, nacionales y extranjeros, lo que me lleva a hablar también de la transnacionalización. Cada vez mayor número de marcas están siendo controladas por empresas extranjeras y quizá el riesgo a largo plazo sea la transnacionalización del sector, que es lo que le pasó al tequila, el tequila ya no es mexicano: solo hay un par de marcas que son mexicanas”.

Obra gráfica

Soid Pastrana: “Un hombre de la nube que pinta”

Es un mal día este martes 26 de julio de 2022. A los 52 años, ha fallecido el artista juchiteco Soid Pastrana. Una pena, una gran pérdida para la cultura oaxaqueña y nacional. Lo recordamos aquí con parte de una entrevista que este reportero le hiciera en septiembre de 2009 y que fue publicada en la sección cultural del periódico El Financiero.

Luego de pasar largos días de su vida en la colonia Roma de la ciudad de México, conviviendo y creando a la par de promotores culturales como Carlos Martínez Rentería y escritores como Francisco Hernández o Guillermo Fadanelli,  Soid Pastrana (Juchitán, 1970) regresa a radicar al pueblo zapoteco que siempre ha traído adentro, en particular al barrio popular y tradicional de la Sección Siete, desde donde  gesta su producción propia a la vez que emprende proyectos aquí y allá, con poetas y colegas: lo mismo ilustra una plaquette, difunde las actividades de Didxaza, “Zapotecos del Mundo” u organiza, en coordinación con el foro Tarragona, la exposición intitulada Obra gráfica de Demián Flores+Guillermo Olguín+Soid Pastrana.

—¿Con qué pintores dialogas?

Responde Soid Pastrana: “Directamente y en la actualidad, en su mayoría con los de  Juchitán y, a través de  Internet, con artistas de  la ciudad de Oaxaca, Yucatán, Tijuana, el Distrito Federal: pintores, poetas, músicos. En particular, en este momento con Demián Flores y Guillermo Olguín estamos trabajando varias proyectos al mismo tiempo, aunque cada uno con sus propuestas: Willy, por ejemplo, abrirá su espacio cultural en Nueva York y estoy ya invitado para exponer ahí. A través de mi vida, durante mi estancia en el DF, lo mismo he convivido e intercambio experiencias con Héctor Vázquez, Rocío Caballero, Leticia Luna, Natalia Toledo, Nelson Domínguez, Roberto Fabelo, Luis Miguel Valdez. Y vía las influencias artísticas, con José Luis Cuevas, Francisco Toledo, Jesús Urbieta, Remedios Varo, Boris Viskin: “Porque uno se va nutriendo de sus imágenes quiérase o no, pues a veces son tan relevantes que se tornan influencias  casi inconscientemente, aunque a la vez, por medio de ese eclecticismo,  uno se va sacudiendo y construyendo una identidad y un lenguaje propio”.

—¿A qué tipo de artistas te sientes más cercano?

—Tengo más afinidad con los poetas; de hecho, empecé como tal. Me gusta la poesía: he trabajado con  Víctor Terán,  Ludwig Amara, Leticia Luna, Francisco Hernández.  Y con Guillermo Fadanelli acabo de realizar una  serie de grabados para la revista Moho.

Autodefinido como “ti binnizá rutiee” (“un hombre de la nube que pinta”), Soid Pastrana dice que generacionalmente se identifica con los de su edad, pero aprende de los viejos y no de los jóvenes, ve cada que puede la película Nunca te vayas sin decir te quiero y escucha la rola “A la orilla de la chimenea”, de Joaquín Sabina , y admira a personajes como Nelson Mandela.

Cuando  Soid Pastrana se encierra en su estudio pone música de fondo o si no la tararea y práctica “el arte como deporte”, se enfrasca en un juego que va de la cotidianidad al mundo de la imaginación, como en el caso de su gráfica de la hamaca, digamos:  “Ahí he pasado una buena temporada de mi vida. De hecho,  en Juchitán no puedo dormir en la cama, a pesar de que tengo una King Size duermo en una hamaca, porque me relaja y sueño más. Mis hijos también siguen durmiendo en ella.

“La hamaca es sumamente importante para los juchitecos,  no sólo por el dormir sino por el amor, es una pieza fundamental dentro de un hogar. No solo cumple la función de descanso, pues, sirve también  para  follar y correr  aventuras, ya que en una sola pueden caber hasta tres gentes. De ella pende la vida y también se muere en una hamaca”.

Por eso “está llena de imágenes. Haciendo cuentas paso en ella entre ocho y diez horas durmiendo, pero además durante el día hago ahí la siesta, por lo que la tengo bien visualizada; a veces incluso amanece uno con las redes, los hilos pegados al cuerpo, y  en el momento de plasmar todo eso en el papel se va soltando y desarrollando gráficamente la referencia cotidiana de la hamaca”.