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Calle Murguía

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Oaxaca mutante

Santiago González*

Aquella noche no quise llegar a casa.

A una habitación no hay que entrar con angustia ni coraje. No sé exactamente en qué momento comencé a creer esto, pero aquella noche, antes de llegar a casa, sentí la necesidad de resguardarme en un bar, pedir un par de cervezas e intentar mitigar la ansiedad que había despertado en mí.

Mientras caminaba sobre la calle Murguía, luego de una jornada de venta callejera de libros, pensaba en las palabras de Jack:

“En seis años Oaxaca ya no va a ser el Oaxaca bello, cada día en Oaxaca es distinto”. Jack tiene veinte años y trabaja en un puesto de hamburguesas que desde hace dos años atiende por las noches en el primer cuadro del Oaxaca de moda.

Continúe caminando, no estaba seguro dónde ir. La luna creciente de noviembre acompañaba mi andar.

Antes de doblar sobre Porfirio Díaz me detuve en el Mezcalito, compré un par de cigarros. Volteé hacia la esquina, la gente cenaba en tacos Óscar, los reflectores del bar La Cuca atacaban la vista, turistas ebrios salían de Txalaparta y una pareja discutía afuera de Tabuko.

Con todo y pandemia, esta esquina dividida entre lo que antiguamente fueran las calles Chorro y Monterilla y hoy Matamoros y Porfirio Díaz, es el escenario de una guelaguetza etílica en donde coinciden turistas y locales extasiados en la fiesta.

Los fines de semana el jolgorio es casi coreográfico en esta encrucijada. Afuera del Mezcalito es común ver,  como si fueran guardianes del tiempo, a vagabundos, teporochos, músicos, artesanos urbanos y vendedoras de dulces.

Me hacen pensar en una cofradía nocturna permanente, pues incluso después del bacanal callejero continúan su resguardo: son testigos de primera mano del Oaxaca mutante al que quizá se refiere Jack.

Seguí caminando, algo no me cuadraba. Consulté mi ánimo y mi bolsillo antes de elegir el lugar correcto a donde ir.

Abrí dos puertas típicas de cantina para introducirme en una atmósfera humeante iluminada por un azul eléctrico que resaltaba un dibujo de la cantante de soul Amy Winehouse de un lado y Laura León, “la Tesorito”, del otro: “estoy en el Blue 69”, reafirmé mentalmente.

Pedí una promo de ámbar. La ansiedad volvía y entre trago y trago sólo rememoraba lo sucedido ese mismo día: una  señora que recorría puesto por puesto del mercado de artesanías del Carmen Alto, que angustiada pedía cualquier dato que ayudara a dar con los agresores de su hija, que aseguraba que durante la madrugada, a la altura del templo de Santo Domingo y con todo y policías, fue atacada por un par de sujetos.

En la rocola sonaba Mecano. Di dos tragos largos a mi ámbar para apaciguar una ansiedad que al final se volvió tristeza, y la tristeza en lágrimas, y las lágrimas en engañosa tranquilidad.

 “Todo estará bien”, me dijo el mesero, mientras yo corregía inconscientemente a Jack pensando que este Oaxaca mutante ya no es un Oaxaca bello.

*Este texto es resultado del taller Crónica de a pie impartido por el Colegio de Periodistas de Oaxaca.