Un asunto que puede ser ilustrativo para México se dilucida por estos días en España. La educación en ese país se rige mediante la Ley Orgánica por la que se Modifica la Ley Orgánica de Educación (LOMLOE). Con base en esa norma general, un grupo de especialistas convocados por Editorial Casals preparó un conjunto de cuatro libros para la enseñanza de lengua castellana y literatura en escuelas de nivel bachillerato.

En la presentación de estos volúmenes, la editorial manifiesta que los autores Pedro Lumbreras, Azucena Pérez, Santos Alonso y Antonio López cuidaron de plantear una propuesta de aprendizaje que genere “alumnos más autónomos y críticos, con una opinión propia sobre diversas cuestiones que se le plantean”.

Más aún, la editorial puntualiza que, de acuerdo con la LOMLOE, mediante esos libros se fomenta “el aprendizaje reflexivo y la perspectiva de género, cuidando mucho la introducción de referentes femeninos de las distintas épocas literarias”. Algo que, por cierto, hace mucha falta en un país como México.

El esfuerzo para enseñar la lengua castellana con una perspectiva actualizada en España es llamativo, pero no ha dejado de causar críticas entre quienes consideran el idioma como un elemento básico de la hegemonía política española.

Por ejemplo, el diario hispano El Debate publicó el 6 de septiembre una afligida nota en la que reprocha: “Literatura señala al español como un idioma ‘impuesto’ y ‘dominador’”. Roberto Marbán, autor de la nota informativa, expone que el nuevo libro de Lengua Castellana y Literatura derivado de la LOMLOE “no tiene una buena opinión sobre el idioma oficial en todo el Estado español. El español es señalado, en el manual que se usará a partir de este curso en Primero de Bachillerato (Editorial Casals), como un idioma impuesto por la ‘monarquía borbónica’, que provocó ‘grandes conflictos sociales y culturales’ a lo largo de nuestra historia”.

Marbán cita un párrafo extenso del libro, que en su página 187 se refiere al bilingüismo social: “En España, la monarquía borbónica en el siglo XVIII, al imponer una lengua única para todo el Estado, acabó con la convivencia entre las lenguas peninsulares. Creció la situación de diglosia –fenómeno en el que una lengua goza de mayor prestigio social y político y domina a la otra con la que convive– entre el castellano y las demás lenguas, lo que ha producido graves conflictos sociales y culturales a lo largo de la historia de España”.

El periodista acusa que el texto escolar “parece haber sido realizado por alguno de los gurús del nacionalismo periférico actual. En vez de exaltar y valorar la importancia del español por todo el mundo, se dice que su ‘imposición’ a lo largo y ancho de España ha dejado en inferioridad a los otros idiomas cooficiales y dialectos que también se hablan en nuestro país. En consonancia con los separatistas, la acción pasa por presentar al español como una lengua que domina y se impone, en detrimento de otras que son, por tanto, dominadas”.

El malestar de este castizo castellano crecería si desde América le señaláramos que la misma situación provocó su idioma entre los numerosos pueblos con lenguas propias que los invasores iberos hallaron en el siglo XVI en el continente al cual sometieron mediante las armas, la religión católica y su lengua hegemónica.

Esto fue dispuesto por el rey Fernando II desde 1512 mediante las Ordenanzas Reales para el Buen Regimiento y Tratamiento de los Indios, documento que se conoce como Leyes de Burgos: “… ordenamos y mandamos que cada uno que tuviere cincuenta indios o más encomendados, sean obligados de hacer mostrar [enseñar] un muchacho, el que más hábil de ellos le pareciere, a leer y a escribir y las cosas de nuestra fe para que aquél las muestre [enseñe] después a los otros indios […] y que si la tal persona tuviere cien indios o más que haga mostrar dos muchachos, y que si la tal persona que tuviere los dichos indios no los hiciere mostrar como dicho es, mandamos que el visitador que en nuestro nombre tuviere cargo de ello los haga mostrar a su costa”. Desde luego, al buen rey Fernando el Católico jamás se le ocurrió disponer que sus invasivos enviados aprendiesen las lenguas de las naciones sometidas.

Al autor de la nota publicada en El Debate parece ofenderle la resistencia lingüística que oponen los catalanes y euskaros, entre otros, frente al castellano. Qué diría el periodista si le hiciéramos ver los americanos que aquí también el castellano causó estragos irreparables en las 420 lenguas originarias que aún subsisten (y están reconocidas en el Atlas sociolingüístico de pueblos indígenas en América Latina, elaborado por la ONU), sin contar las más de 250 lenguas indígenas que se hablan y sobreviven en América del Norte. En esa región, el castellano también hizo daños antes de que los estadounidenses se apoderasen de los actuales territorios de California, Nevada, Utah, Nuevo México, Arizona, Colorado y partes de las actuales Oklahoma, Kansas y Wyoming, donde impusieron el inglés.

En España, además del castellano, hay amplios sectores de población con sus lenguas propias, que pugnan por el reconocimiento oficial. Los catalanes ya lo consiguieron, pero en ese proceso están los gallegos, valencianos, euskeras y araneses u occitanos. Además, en ese mismo país se hablan nueve “lenguas minoritarias” que tienen en conjunto más de 600 mil hablantes: aragonés, asturiano, benasqués o patués, cántabro, eonaviego, extremeño, fala, leonés y murciano.

Con independencia de lo que piensen los españoles no castellanos, al periodista de El Debate habría que confirmarle que el nuevo libro de lengua castellana y literatura que emplean en su país dice una gran verdad: el castellano es un idioma impuesto por una monarquía a más de la mitad de un continente, con lo cual fomentó la diglosia y provocó grandes conflictos sociales y culturales a lo largo de la historia. Y no olvidemos mencionar los efectos que el idioma invasor tuvo en Filipinas, donde luego se impuso la lengua de los invasores estadounidenses en detrimento del tagálog.

Por otra parte, el castellano recibió una invaluable contribución de las lenguas originarias de América para dar origen al español, ese idioma amplificado que se habla en Latinoamérica, en porciones de Norteamérica y aun en la propia España, donde los hispanohablantes americanos son denominados despectivamente como “sudacas”.

Es saludable que el sistema educativo español comience a reconocer la deuda cultural que guarda con su propia población no castellana, y sería muy recomendable que los redactores del libro de lengua castellana y literatura recordasen que el español abarca también América, continente que ha dado a las letras hispánicas algunas de sus obras más importantes, comenzando por Sor Juana Inés de la Cruz y Juan Ruiz de Alarcón, pasando por Rubén Darío y Leopoldo Lugones, hasta llegar a autores y autoras como Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Julio Cortázar, María Luisa Bombal o Elena Garro.

Sin embargo, el pendiente cultural más importante que tienen los castellanos es reconocer el negativo y duradero impacto que su imposición lingüística tuvo sobre más de 500 pueblos que habitaban América, muchos de los cuales aún tratan de mantener vivos sus propios idiomas y literaturas, como es el caso de varias lenguas que se hablan y escriben en México (por no hablar de otros países, en los que el mapuche, el arahuaco o el quechua pugnan por pervivir).

Viene bien recordar algo que expresó Miguel León-Portilla en 2013: “Las lenguas indígenas han afrontado diversos problemas y prejuicios con el paso del tiempo. Por ejemplo, cuando personajes históricos como Justo Sierra llamaron a su desaparición. Justo Sierra, quien restauró la Universidad, dijo: Hay que identificar a maestros que hablen lenguas indígenas para que nos ayuden a borrar esos dialectos que están pulverizando la unidad de México. Él creía que si había muchas lenguas se pulverizaba la unidad de la lengua”.

León-Portilla, quien dedicó su vida a rescatar la literatura en lenguas originarias de México, señalaba: “en el país se tiene una literatura muy rica en náhuatl, maya, mixteco y zapoteco. El que habla otra lengua tiene otra perspectiva. Hay quienes llegan a decir que la manera de pensar está intrínsecamente relacionada con la lengua, y eso es un tesoro que no debemos dejar morir. Las distintas lenguas de México se deben salvar y defender, pues si mueren, la humanidad se empobrece”.

Esperemos que las subsiguientes ediciones en España de los libros de Lengua Castellana y Literatura que se apegan a la LOMLOE, reconozcan la deuda que el español y el castellano y sus hablantes en Europa tienen con las lenguas americanas. Es más, los europeos simplemente no podrían alimentarse con papas ni con tomates ni con chicles (ni con chiles, si se atreven a este pimiento por ellos tan temido), de no ser por las culturas agrícolas americanas, de las cuales sustrajeron esos alimentos.

Peor aún, los impugnadores de la reivindicación de lenguas nacionales quizá deban afligirse aún más con los señalamientos de intelectuales como Yásnaya Elena A. Gil, ensayista ayuujk jä’äy (mixe) nacida en Oaxaca y colaboradora de El País, medio informativo cuya inclusión en el libro de lengua castellana parece repeler al periodista Roberto Marbán, quizá porque él colabora en otro periódico.

La ensayista ayuujk jä’äy enuncia en su texto “Ëëts, atom. Algunos apuntes sobre la identidad indígena” (publicado por la Revista de la Universidad Autónoma de México en el dossier “Identidad”, en septiembre de 2017) una crítica radical contra los nacionalismos: “La creación de un mundo dividido en países, en estados nacionales, prefiguró una experiencia identitaria antes inexistente: la nacionalidad oficial. El mundo se dividió en poco más de 200 países, su creación se vio acompañada de la generación de identidades artificiales que casi siempre se contraponen o combaten experiencias identitarias nacionales que no sean las que han creado los estados. Miles de naciones y pueblos quedaron encapsulados dentro de poco más de 200 entidades legales que, más allá de su función administrativa, monopolizan la generación de experiencias de identidad. Se trata de ideologías convertidas en experiencias identitarias a través de discursos y prácticas nacionalistas”. https://www.revistadelauniversidad.mx/articles/f20fc5ef-75e2-44d0-8d5b-a84b2a87b7e3/eets-atom-algunos-apuntes-sobre-la-identidad-indigena

La autora A. Gil cuestiona el nacionalismo porque en un país como México esa ideología sirve para velar la identidad de otras naciones, como la náhuatl, la maya, la mixteca o la zapoteca (para no insistir en la ayuujk jä’äy de la propia autora): “Soy indígena en la medida en que pertenezco a una nación encapsulada dentro de un Estado que ha combatido, y combate aún, la existencia misma de mi pueblo y de mi lengua, que niega la historia de mi pueblo en las aulas, que ha intentado silenciar los rasgos contrastantes de mi experiencia como mixe mediante un proyecto de amestizamiento que intenta convertirme en mexicana”.

Este argumento contra la imposición de una nacionalidad, puede asimismo hacerse contra la imposición lingüística. Cabe considerar los cuestionamientos de Yásnaya A. Gil sobre el problema que el nacionalismo ha creado en México, pues evidencia que la imposición de una lengua hegemónica —como la que propugna el texto de Roberto Marbán— tiene consecuencias más profundas que el menoscabo de otras lenguas: “Si definimos ‘pueblo indígena’ como una nación que no formó su propio estado nacional, quedó encapsulada dentro de uno y además sufrió colonialismo, podremos ver que el rasgo indígena se crea y se explica siempre en función de la existencia de un Estado”.

En ese Estado que pretende sólo entender el español, los “indígenas” quedan sometidos a la buena voluntad y a las determinaciones unívocas de quienes hablan un idioma distinto. Tal como sucedió en 1512 al imponer el rey Fernando el Católico sus ordenanzas de Burgos. Preocupante situación en un país al que le urge democratizarse y reconocer su pluralidad cultural y lingüística, porque han transcurrido ya más de quinientos años de imposiciones, abusos y exacciones dictadas desde un idioma hegemónico con el afán de atribuirnos una vacilante “identidad”.

Escritor, promotor de arte y cronista aficionado de absurdos sociales.

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